lunes, 25 de octubre de 2010

Sobre el desenganche emocional y otros difíciles quehaceres…

Decidido, esta tarde voy a recoger a Lamayor al cole merienda en mano, y nos organizamos plan madre-hija en su versión I Jornada de Adecuación Estética Conjunta. Que me voy a cortarle el pelo, vamos, y ya que mis pies entran en una peluquería por primera vez en siglos, aprovecharé para igualarme y sanear la peluca.

Nada más entrar, una inquietante señorita de pelo asimétrico y uñas bicolores nos quita los abrigos y los condena a descansar manga con manga sobre un perchero de diseño incierto, regalándonos una sonrisa de través que me hace estremecer y recordar los teaser de las pelis de miedo. Nunca me gustaron las peluquerías y mi tensión cervical desde que atravesamos el umbral lo demuestra sobradamente.

Mientras recorremos interminables pasillos llenos de cabinas futuristas y fotos de cabezas, millones de olores dulzones amenazan con colapsarnos las respectivas pituitarias. Lamayor apenas se percata de ello, acostumbrada como está a meter la nariz en todos los botes de plastilina que pilla durante su horario lectivo.

Precedidas por dos señoritas de estrecha bata blanca por donde asoman ambas dos generosidades genéticas y/o quirúrgicas, llegamos a una sala repleta de sillas que sujetan sobre los hombros de sus víctimas unos extraños cascos, cuya misión es lobotomizar al tiempo que te fijan las mechas. No lo advierten en ninguna etiqueta, pero yo lo sé.

- Estáis de suerte - me dice alegremente un Ángel de Charlie de cintura imposible y botas mosquetero hasta medio muslo. A esta hora apenas hay clientes así que podremos atenderos a las dos a la vez.

- ¿Estás de coña?, ¿Separarme YO de MINIÑA y dejarla en vuestras garras para que la tuneéis a vuestro antojo? - pienso mientras digo - ¡Uy, qué bien, así tardaremos menos! Siempre he sido una cochina cobarde cuando la bata de una peluquera me mira directamente a los ojos, quizá eso explique los incomprensibles looks que llevé durante mi adolescencia.

Siento del verbo sentar a Lamayor en uno de los silloncitos alineados frente a un espejo descomunal que ya lo querría para sí Mocedades, mientras siento del verbo sentir una punzada dolorosísima cuando desliza su mano por el hueco de la mía y la aleja para acomodarse la capita que acaban de ponerle sobre los hombros. Ella se mira en el espejo y sonríe. Se siente taaaan mayorrrr.


Con suaves pero insistentes tironcitos, la terrorista con tijeras que el destino me adjudica en suerte me arrastra hasta otro sillón a miles de kilómetros de miniña. Mientras coloco el pelucón sobre el túnel de lavado observo con pavor que la única vista que la postura me permite son unos horrendos focos de discoteca que algún desalmado decorador, confiado en haber dado esquinazo por fin a su daltonismo, ha colocado alegremente en el techo. Contorsiono espalda y cuello hasta que consigo divisar en la lejanía el sillón de Lamayor, de espaldas, con su diminuta cabecita asomando por la capa como si fuese una bola de helado. Ella no gira la cabeza, no se mueve, atenta al espejo que le devuelve su reflejo de persona independiente haciendo cosas de mayores. Me dan ganas de llamarla y hacerle una mueca cómplice, no sé muy bien si para evitar que se asuste o para recordarle que me tiene a su espalda, vigilante y protectora, asegurándome de que nada malo le pase. Jamás.


Qué mal rato estoy pasando pordiosss, y no sólo porque esta mujer no para de friccionarme el cuero cabelludo con todo tipo de sustancias gelatinosas, también porque acabo de ser consciente de que Lamayor no me necesita tanto como yo a ella. Trato desesperadamente de que mi poder mental haga voltear aquella pequeña bolita de helado para que me mire, mientras ella contesta a las preguntas de la mosquetera sobre su cole y sus amigos, en un tono desesperadamente bajo, inaudible para una madre desesperada y sicótica que teme estar siendo apartada de tan crucial rito de iniciación.

La siguiente media hora tarda días en transcurrir. A mi espalda…¿Sólo las puntas o capeamos algo más? ¿Te hidrato? ¿Te acondiciono? ¿Te tiño de verde? Y yo a todo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja y la boca seca como un tronco de leña.


Un momento, que parece que la capita con bola de helado se está moviendo. ¿Ves que guapa? - oigo que grita la mosquetera como para dar por finalizada la sesión. Sin apenas mirarse para comprobar el resultado, Lamayor sale corriendo hasta donde yo sufro mi destierro y me regala una enorme y gratificante petición de aprobación que hace que casi me derrita ¿Te gusta mamá? ¿Aquestoyguapa? Beso y requetebeso su cabeza recién pelada mientras exagero a voz en grito lo maravilloso del resultado.

Salimos de allí por fin, con las manos entrelazadas, ella con una nueva experiencia en su haber y yo con un corte de pelo cuanto menos inquietante. De camino a casa la noto más alta, más viva, más risueña e infinitamente más charlatana mientras me explica que su hermanita Lapequeña no puede cortarse el pelo porque casi no tiene dientes, incomprensible asociación que hace que me ría a carcajadas y casi mate de un susto al pobre transeúnte que pasaba por allí. Nunca fui muy discretita en mi forma de reír pero esta vez reconozco que me sirve para descargar nervio acumulado.

Nada más cerrar la puerta de casa oigo cómo va a contarle la experiencia a Lapequeña y a Lanana, cuidadora oficial de la familia que en este momento está tirada en el suelo recogiendo cientos de macarrones esparcidos por el salón. Por salud mental, jamás pregunto qué sucede en el suelo del salón durante mi ausencia así que me disculparán si no desentraño el misterio...

Mientras subo a cambiarme de ropa y a gritar delante del espejo por el corte de pelo que la brujamala ha perpetrado durante mi breve ausencia de consciencia, cachis cuánta aliteración en apenas dos palabras, oigo cómo Lamayor grita y llora escandalosamente. Bajo corriendo, saltando los escalones de seis en seis y aterrizo en el salón con los pies juntos, la espalda recta y los brazos en cruz, justo a tiempo para sacarle un macarrón de la nariz que se ha colado allí nosesabecomo y que en su camino ha conseguido hacerle alguna que otra dolorosa heridita. Beso sanador en cada lágrima más uno de propina en la nariz maltrecha, acurrucamiento en el regazo materno y leve sonrisa que se dibuja en la boca de una mamá aliviada porque vuelve a saberse necesitada.

…Espero sepan disculparme el egoísmo…

martes, 19 de octubre de 2010

Labuela

A lo largo de la historia, desde Caperucita a Iker Casillas, se ha demostrado con suficiente firmeza lo importante que es tener presente en la vida de uno a Labuela, ese ser amoroso que da besos en metralleta, lleva caramelos en el bolso y siempre huele a jabón.
En las familias normalmente hay dos ejemplares, por lo que este caudal de amor incondicional y permisividad total viene casi siempre por duplicado.

En realidad tienen tantas ganas de malcriar reservadas desde que sus niños eran pequeños y se veían obligadas a cumplir su función de educadoras firmes, que cuando su hijo o hija les obsequia con un nieto o nieta, se desatan el corsé y empiezan a regalar tolerancias por doquier.

Cuando llegas a su casa, le entregas una niña con coletas que se esconde tímidamente entre tus piernas y cuando te vas de allí, lo haces acompañada de una especie de Gormiti de la lava, tamaño infante, que grita y corre como un endemoniado, sucio, exhausto y despeinado, pero inmmmmensamente feliz.

Y no es para menos porque en casa de Labuela reina la libre expresión. Para empezar, no existen los cuadernos; se puede pintar en el suelo, en el techo o sobre el parquet. Eso va en gustos. Estoy convencida de que las famosas pinturas de Altamira no son más que el resultado de la visita de un retoño que desplegaba toda su sensibilidad artística cuando iba a Santander a pasar los veranos en la cueva de los abuelos. En un momento dado, Labuela tendría algo que hacer - despedazar algún animal o algo - y cuando quiso darse cuenta, zas, ya había cogido el niño los pigmentos minerales y el carbón vegetal. Lejos de castigarle, ella le dedicaría algún gesto de cariño a modo de mamporrazo en la cabeza con el as de bastos, acompañado de un gruñido grave y sonoro que traducido vendría a significar algo así como “Verás cuando vengan tus padres”. Pero poco más.

Del mismo modo que Labuela no conoce los cuadernos, desconoce las contraindicaciones alimenticias. Un niño en casa de Labuela come todo lo que se le antoje y cuando se le antoje. Y yastá!. Lo ingerido puede estar contemplado dentro de la pirámide del dietista perfecto …o no. Se puede comer a las dos…o no. Se puede merendar a las tres y luego a las cuatro y también a las cinco. Se puede comer chorizo con chocolate o pan mojado en coca cola. Se puede comer en la mesa, en la alfombra o de pie en la encimera de la cocina mientras se baila con la música de los anuncios de la tele y se chapotea en el agua del fregadero. Para un niño la casa de Labuela es como para un adulto trabajar en Google.

Y es que para Labuela, sus criaturitas jamás hacen nada mal y nada es suficiente con tal de verles sonreír. Recuerdo que en casa de mi propio ejemplar de Labuela había dos coches de época que vivían expectantes sobre una repisa en el salón y con los que mi padre jamás pudo jugar de niño porque eran reliquias antiquísimas y como tal debían ser tratadas. Yo bajaba al parque con esos dos coches en la mochila para triturarles los ejes contra la arena y después desencajar las ruedas para hacerme unos pendientes, todo ello ante la mirada embelesada de Labuela que sonreía ante mi desmesurado torrente creativo. Y si mi padre se quejaba por la injusticia, ella le mandaba callar y me defendía...como debe ser!

Y todo esto si hablamos de un niño sano… pero si el nieto enferma, a ojos de Labuela gana un montón de puntos extra, porque cuidarle le dará oportunidad de decir hasta la saciedad su frase favorita “...pero cómo van a dar asco, hooombre, si son mocos de ángel”… ¿Ven cuánto derroche de amor y cuánta distorsión de la realidad? Si en lugar de en las vías respiratorias el virus infantil se instala en la función estomacal, el apelativo “de ángel” podrá seguir siendo aplicado a toda sustancia que el mamífero convaleciente expulse de sí al exterior, sin importar textura, cuantía, ni olor. Infinito es el amor de Labuela.

Por todo ello y mucho más, Abuelas, un millón de gracias por existir. Sin vosotras, la infancia sería infinitamente más aburrida …y nadie nos vería guapos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Bolso de Madre

A las madres se las diferencia con facilidad entre la multitud, por muy homogénea y compacta que ésta sea. Hagan la prueba. Si van bizcas y asfixiadas empujando un carrito que incluye bebéquellora, la tarea resultará de una facilidad próxima a la vagancia; en caso de inexistencia de carrito, simplemente hay que poner atención a un detalle la mar de revelador.

Una madre siempre, siempre, camina oblicua, en perfecto ángulo de cincuenta grados con respecto al suelo que pisa. Esta contorsión lateral viene provocada por la inclinación del hombro sobre el que descansa el famoso sacobolso, una especie de petate que ella carga a modo de divina cruz y que jamás combina con lo que lleva puesto, por la pereza tremebunda que da hacer el trasvase de enseres de uno a otro ejemplar. Junto a la cartera o monedero tamaño baño cohabitan toallitas, kleenex, galletas desmenuzadas, un chupete con pelos, pastidecor de tres colores, horquillas, gomas, un minibrik de zumo de uva, la cámara de fotos, las llaves que abren casas y coches y las de plástico que tienen música; el móvil que recibe llamadas y otro por el que salen pompas de jabón, un mañanito lamido con anterioridad y devuelto al envoltorio, un globo que espera ser inflado, un calcetín sin pareja, crema de manos, la funda de las gafas de sol sin las gafas de sol, papeles y tickets de compra de todas las tiendas legales conocidas y dos huevos duros.

Cualquier cosa que un mamífero necesite a largo del día y si me apuran, de su vidantera, cabe en un bolso de madre. Sin duda alguna.

Es posible que esta sherpa de espalda curva utilizara antes alguno de los clásicos diseños de moda; quizá uno de esos bolsos pequeños que duermen como pollitos bajo la axila, en los que si metes el cacao ya no hay sitio para más y tienes que salir de casa sin llaves. Pero eso era antes, cuando no sentía necesidad ninguna de garabatear el abecedario, en su versión mayúsculas y minúsculas y por colores, sobre el mantelito del restaurante antes de que trajesen la comida o cuando ni se le pasaba por la cabeza lanzar pelotitas de colores y desperdigarlas por toda la consulta del médico en los momentos de espera.

Un día comí con una madre a la que no le gustaba el menú que había pedido y sacó del bolso un tupper con croquetas de pollo y una macedonia que llevaba por si acaso. Riquísimo todo, oye. Otro día sentí frío y me obsequió con una mantita estilo patchwork que había hecho con los papeles de las chuches que tenía almacenados en el doble fondo del bolso. Ella era apañada, de eso no cabe duda, el resto me temo que nos resignamos a almacenar porquería con la esperanza de que algún día tenga su minuto de uso y gloria.

Adicionalmente, un bolsodemadre puede albergar una muda limpia por si al retoño se le olvida por un instante que hace meses que no lleva pañal y decide gritar mamapís en algún sitio público lo suficientemente concurrido para dificultar toda carrera. Espera cariño, espera, que buscamos un baño bonito - dirá ella nerviosa. No mamá, ya pis - dirá el retoño contorsionándose hacia el suelo para señalar el charquito. Es en ese momento cuando mamácguiver sacará de su bolso todo tipo de artefactos que logren subsanar el desastre. Toallitas, la muda limpia y una fregona con palo incluido que deja olor a lavanda si la fuga tiene lugar en casa de alguna amiga a la que se tenga cierto cariño. Si no, nada.

Algunos bolsosdemadre esconden también un libro, ¿Recuerdas? Ese conjunto de hojas cosidas a un lomo de extensión variable, que tiende a reposar y coger polvo sobre la mesilla de noche. Las madres más audaces llevan uno siempre consigo por si pueden echarse un parrafito o dos en el atasco mañanero o en lo que dura un paso de cebra que coincida en espacio y tiempo con la salida de una boca de metro.

Teniendo en cuenta su volumen y contenido, entenderán que la prueba más difícil para un bolsodemadre sean los aeropuertos. El momento de pasar tamaño ejemplar por la cinta que todo lo ve es en extremo vergonzoso, si tenemos en cuenta que el gordo que hay apostado frente a la tele va a descubrir toda la gente que vive dentro. Es una suerte que los terroristas internacionales no lleven bolsosdemadre, porque entre tanta porquería dime tú a mí quien es el guapo que iba a descubrir la bomba.

lunes, 4 de octubre de 2010

Estornudos, reuniones y demás incompatibilidades

Si es que debería habérmelo imaginado. ¡Seré tooonta! Los mocos llevan días rondando amenazantes por casa y no he sido capaz de ponerles freno a tiempo. Pensé que los anticuerpos infantiles cumplirían la función propia de su rango y condición, pero va a ser que no.

A las cinco de la mañana un extraño vozarrón me despierta de mis ensoñaciones, naturales y normales dada la hora que era. “Donde está jarabe que tengo la voz muy rara” , oigo que alguien dice desde la puerta de nuestra habitación. Asustada despierto a Marido para preguntarle si había traído a algún amigo a dormir a casa sin consultármelo pero no, es Lamayor, con voz de barítono ruso y treinta y nueve de fiebre.

Como un resorte corro al armario buscando la cofia de enfermera mientras Marido trae el pack de Apiretal + termómetro + pinzas para que no se te cierren los ojos en mitad de los cuidados paliativos. Ducha con agua fresquita para bajar la fiebre, pijama limpio y vuelta a su camita. Me instalo junto a ella, convertida ahora en una pequeña estufa con desordenado flequillo sobre la frente y le canto alguna canción, incomprensible entre bostezo y bostezo.

Dormir, lo que se dice dormir, poco, como podrán imaginar. A las ocho me sobresalta la llamada de la mujer todopoderosa que nos ayuda en casa. Entre toses me dice que está en similar situación febril pero en otra cama a dos autobuses de aquí. Imposible ir a cuidarte, le digo, esta tarde te llamo para ver como estás.

Respiro hondo, ooommmm, no pasa nada, todo se arregla. Me meto en la ducha para ver si me despejo y logro deshacerme de los nervios a base de esponja y espuma y cuando salgo encuentro a Marido dando su dosis de jarabe a Lapequeña, que sufre la misma fiebre que Lamayor por pura imitación simpática hacia su hermana.

Sentados en torno a la mesa, los adultos sin mocos de la casa desarrollamos Plan de Acción. Tú llevas a una a casa de tus padres, yo a otra a casa de los míos. Listo.

A las ocho treinta horas suena el móvil de Marido. Nosequé fuego en la oficina me obliga a salir escopetado. Stop. ¿Llevas tú a las niñas? Gracias!… ¿Y mi reunión? - pregunto súper súper retóricamente mientras oigo la puerta cerrarse.

Respiro hondo, oooommmmm, no pasa nada, todos se arregla. Monto a las dos en el coche mientras aviso a mi madre de que le llevo doble regalo. Ella encantada, así son las madres. Aún así me siento un poco culpable por abandonar a Lasniñas en semejante estado y por el palizón que supondrá para Labuela luchar con doble ración de mocos y estados febriles así que mientras atravieso la barrera de la urbanización miro con ojos candorosos a Juan Carlos, el guarda de seguridad, por si existiera o existiese la posibilidad de que me cuide a Lasniñas durante la hora y pico que dure mi reunión. Sin siquiera bajarme del coche compruebo que tras los cristales de la garita tres niños lloran y revuelven los papeles. Maldición, pienso, alguna otra madre de la urba, en similares y extremas condiciones, se me ha adelantado.

Llego a casa de mis padres, dejo a Lasniñas dándoles mil besos y nueva dosis de Apiretal. Algo más tranquila pero igual de culpable por no quedarme a repartir besos sanadores conduzco hasta la oficina, me siento en la sala de reuniones y sin apenas abrir la boca lanzo un tremendo estornudo que riega por aspersión a los convocados de las primeras filas. Mmmm tienes muy mala cara, ¿Pero por qué has venido, mujer? Haber llamado para avisar… Una sonrisa interminable se me dibuja en la cara como si hubiese muerto por congelación instantánea, crionizada tipo Walt Disney pero con traje sastre y tacón. No, hombre, noooo, ¡Cómo me voy a perder esto! Con lo que me gustan a mí las gimkanas y llegar asfixiada a todas partes…
Notejode.