Son las ocho de la noche y estoy absolutamente agotada. El día no ha sido ni mejor ni peor que los que le precedieron pero no sé por qué tengo el espíritu y las piernas de capa caída hoy, será que han cambiado la hora y me ha sentado como si me vendaran los ojos y me dieran tres vueltas.
Miro el reloj una y otra vez con la esperanza de que en el último vistazo sean ya las diez de la noche y hayamos dado por concluido el proceso infernal de realización de cenas y persecuciones en pareja para ver quien pilla a la niña y la mete en la trona. Como Lapequeña es pequeña, aún no se le ha despertado este gusto por el jaleíllo nocturno que parece perseguir a mi familia desde tiempos inmemoriales. A las nueve cero cero, duerme como una bendita. Yupiyupi jei.
Acostar a Lamayor es otra cosa, mariposa. Pertrechados con corazas anti chantaje emocional y demás truquillos de infantes, Marido y la que suscribe nos preparamos para pasar la siguiente media hora pintando flores o jugando al parchís de los pitufos, dependiendo de lo que la jefa tenga a bien disfrutar. Pasados unos minutos, damos por finalizado el tiempo de expresión lúdicofestiva y, después de tres avisos sin soniquete taurino por no molestar al vecino relajao, conseguimos que Lamayor suba a su habitación, se lave los dientes e introduzca su cuerpontero bajo las sábanas (aypordios, quien pudiera!). Entonces comienza el calvario.
Papiiiiiiiiii subeeeeeeeeee. Hoy tú me lees cuento.
¿Los tres cerditos otra vez, hija? Papá relee el cuento por decimoséptima vez en lo que va de semana, repasando modelos de tabicaje y materiales de construcción con la precisión de un experto jefe de obra. Beso y a dormir. Apenas ha llegado al salón cuando se oye…
Mamiiiiiiiiii subeeeeeeeeee. Hoy tú me cantas.
Y ahí me tienen, con los deseos al sol sobre una hamaca playera remojados en daiquiri y el cuerpo preparándose presuroso para arrancar a cantar La abeja Maya, entonando lo que una puede, que es poco, para que nos vamos a engañar. Lo intento, juro que lo intento, pero no puedo parar de bostezar. La luz tenue que sale del plátano colgado de la pared tampoco es que ayude mucho a mantenerme despierta, algo que sólo logran las palmaditas de Lamayor delante de mi cara. Bien, mami, bien! Ahora una nueva, que no se conozca nunca. Deduzco que quiere una canción inédita así que me arranco con el primer bis, que no sale mucho mejor de tono, la verdad. Noten cómo la cosa empeora por momentos, por favor, y tengan en cuenta que ahora me toca hacer de cantautora de rima rápida, sin posibilidad de recurso a discografía ajena. Busco entre la masa informe de vocabulario que me queda despierto en el cerebro, busco y rimo, busco y rimo, hasta que la afasia me puede y me deja muerta. Entonces pego un grito de cierre que me permita salir del lance con cierta dignidad. Yastabien! A dormir y no lo digo más!!
Tiene gracia que con este nivel de entonación y garbo canturero soñara de pequeña con ser india o estrella del rock. Lo de india no tiene explicación alguna, lo sé, quizá sólo fuese un gusto temprano por los penachos de plumas y el look village people …pero lo de estrella del rock, me van a perdonar… Todas las noches me metía en la cama imaginándome subida a un escenario, deleitando a cientos de personas con mis gorgoritos, mi ritmo de baile vertiginoso y mi look ochentero imposible, que para eso era la década natal de las ensoñaciones.
Por la sabiduría que da la edad, hoy sé a ciencia cierta que jamás podría hacerlo… y no por vergüenza o falta de oído, ojo, que peores cosas se han visto; simplemente porque los conciertos empiezan ya dadas las diez y a esa hora, me van a perdonar, pero una ya no está pa ná.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
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