En uno de nuestros devenires turísticos veraniegos, concretamente en el último, justo antes de llegar a casa por fin y gritar aquello de “De aquí no me mueven ni los geooos“ mientras caes sobre el sofá como si te hubieras soltado de la pértiga y tomas inmediata posesión del mando a distancia, algo horrible sucedió.
Abandonamos el hotel con vistas, haciendo exhaustivo recuento de hijas, maletas y chupetes, pero nos olvidamos de pedir a todos los muñecos, en sus versiones de felpa y goma, que manifestaran su presencia entre nosotros numerándose a gritos. Enquehora. Al llegar a casa comprobamos con estupor que Winnie The Pooh no venía con nosotros.
Despacito, como el que busca desactivar una bomba, y procurando que el pánico no hiciera mella en nuestros músculos faciales, revisamos maleta por maleta, las doscientas del tirón, sin éxito alguno. Allí estaban Elena - con sus shorts excesivos y su bicicleta con cesta - la panda de enanos mineros, el nenuco grande, el nenuco mediano, el nenuco pequeño, pero ni rastro de ese oso tiñoso y despeluchado sin el que Lamayor es incapaz de dormir desde que cumplió el año.
… Y de repente llegó la noche con su fea costumbre de mandarnos a todos a la cama… “Mami, chupete, mantita y pú que hay que dormir” Tomayá - me exclamé a mí misma con decisión. Todos los días hay que tirar de cloroformo para llevarla a la cama y hoy lo pide voluntariamente y sin coacción.
“Cariño, Pooh ha decidido quedarse un par de días más en la playa, pero como no le hemos dejado mucho dinero, seguro que pronto vuelve”
Nosotros, partidarios siempre de no mentir jamás a Lasniñas, caímos en las garras del engaño más vil por temor a oír llantos y más llantos hasta altas horas de la madrugada. Tenemos recias convicciones, cierto, pero también mucho sueño acumulado.
Una vez superada la prueba de la primera noche, pasé días llamando a familiares, amigos, hoteles, puestos de socorro, hospitales y casas de acogida por si alguien había visto a Pooh y tenía a bien devolvérnoslo de forma voluntaria. Incluso reservé algún dinerito de la compra diaria para un más que improbable pago de rescate, pero nadie llamó.
Las noches siguientes resultaron auténticas pruebas de fuego. Después de trece cuentos, seis canciones y cuatro adivinanzas conseguíamos que Lamayor aceptara dormir sin berrinche de por medio. En el mismo instante en que veíamos cómo sus ojos se entornaban lo más mínimo, salíamos de la habitación haciendo el moonwalker, sigilosos como cacos, hasta que una pregunta nos paraba bajo el dintel “Mami, papi, ¿anone está hoy pú?"
Como esto de mentir es un negro pozo sin fondo que te succiona por la cabeza y te deja los pies colgando, cada día nos vemos obligados a superar nuestra propia mentira haciendo al joven Pooh protagonista de las más descabelladas aventuras. Desde el pasado 1 de septiembre el dichoso oso ha sido piloto de cazas, banderillero, pintor de nubes, cowboy, adiestrador de guacamayos, cantante de tangos, mariscador, jugador del Racing …vamos que si un día llama al timbre y le veo aparecer con los ojos llenos de experiencias y las maletas llenas de pegatinas no me iba a extrañar lo más mínimo, tal es mi convicción de que nos ha abandonado por una vida mejor.
No es la opción más chupi, lo sé… ¿Pero quien no se ha creído alguna vez alguna de sus propias mentiras para ser feliz? ...¿Eh?
lunes, 27 de septiembre de 2010
lunes, 20 de septiembre de 2010
Merendola en Cibeles
Autoetiquetarte a ti misma como abnegada madre, carente total de un correcto corte de pelo, bolso de temporada y demás vida social, tiene su aspecto positivo, he descubierto. Tus amigas más solidarias desarrollan entonces ante ti una especie de fiebre por adoptarte y hacerte partícipe de sus planes más chulos. Desde que ésta mi nueva condición se hizo pública y notoria, he ido a los mejores estrenos, me he colado en las mejores exposiciones y hasta conseguí in extremis un autógrafo del exnovio de Falete tras correr sólo tres calles detrás de su furgoneta.
Ayer domingo le tocó el turno a mi amiga Marina y a la Cibeles Madrid Fashion Week, cuánto apellido pordios, con todo su glamour, su autobronceador, su botox, sus flashes deslumbrantes y sus famosos de mediopelo.
El qué me pongo para el evento no fue tarea fácil dado que en el armario dispongo de varios cientos de miles de departamentos estancos divididos en: ropa de embarazada de verano, ropa de embarazada de invierno, ropa de antes de los embarazados (jajajajajajaja quemeparto), chandals, camisones y un disfraz de enfermera de la última fiesta a la que fuimos, allá por el 2002. Visto el panorama, aguanté estoicamente la respiración pinzándome la nariz, me enfudé los vaqueros de batalla, me subí a unos zancos y recé por llegar a la cita sin esguinzarme de forma salvaje.
Jesusito de mi vida pero cómo quieren que nos pongamos eeeso y salgamos de casa sin pudor alguno, me pregunté y me pregunté y me pregunté…. Faldas tubo con tela de saco, camisas de corchopán con insignias militares, zapatos de plexiglás, flores con rayas, rayas con cuadros, cuadros con flores...¿Y qué ha sido de todas las normas sobre combinación y permutación de elementos que nos enseñaron el superpop y nuestras hermanas mayores? ¿Eh?…¡Cuánta desazón!
La fiesta post desfile fue de lo más chic. Cava y más cava ¿Pero dónde habrán puestos estos hombres el grifo de Mahou y las aceitunas rellenas? Un señor muy amable nos ofreció una bandeja con minibarritas energéticas y eso fue lo único con que pudimos rellenarnos el hueco de las muelas hasta que localicé en el maxibolso que llevaba al hombro, un paquete de Chiquilín que guardo en el compartimento secreto por si la hora de la merienda de Lasniñas me sorprende fuera del hogar.
Venciendo toda vergüenza saqué las galletas del bolso y con ellas bajo el brazo nos apostamos las dos tras una columna temiendo ser vistas e invitadas a abandonar el recinto de forma amistosa. Nada más lejos. Como si del vídeo de Thriller se tratara, el crujir de las galletas y su rastro de migas sobre nuestra pechera atrajo a más de veinte tops que nos rodearon en tiempo record, mirándonos como quien teme sufrir una hipoglucemia inminente. Repartimos las vituallas generosamente, como buenas hermanas pero siempre de puntillas, eso sí, para tratar de igualarnos en tronío y apostura; y luego las vimos desaparecer con sus cinturitas imposibles y sus clavículas al aire, corriendo presurosas a confesarse al baño por los pecados cometidos.
Hartas de cava y empachadas de glamour, conseguimos salir finalmente de aquel mar de audis y descapotables y nos dirigimos con ansia al Cañas&Tapas mas cercano a brindar por nosotras, por el tobillo ancho, la arruga, la cana venidera y la cadera de rápido crecimiento. Tanrícamente.
Ayer domingo le tocó el turno a mi amiga Marina y a la Cibeles Madrid Fashion Week, cuánto apellido pordios, con todo su glamour, su autobronceador, su botox, sus flashes deslumbrantes y sus famosos de mediopelo.
El qué me pongo para el evento no fue tarea fácil dado que en el armario dispongo de varios cientos de miles de departamentos estancos divididos en: ropa de embarazada de verano, ropa de embarazada de invierno, ropa de antes de los embarazados (jajajajajajaja quemeparto), chandals, camisones y un disfraz de enfermera de la última fiesta a la que fuimos, allá por el 2002. Visto el panorama, aguanté estoicamente la respiración pinzándome la nariz, me enfudé los vaqueros de batalla, me subí a unos zancos y recé por llegar a la cita sin esguinzarme de forma salvaje.
Jesusito de mi vida pero cómo quieren que nos pongamos eeeso y salgamos de casa sin pudor alguno, me pregunté y me pregunté y me pregunté…. Faldas tubo con tela de saco, camisas de corchopán con insignias militares, zapatos de plexiglás, flores con rayas, rayas con cuadros, cuadros con flores...¿Y qué ha sido de todas las normas sobre combinación y permutación de elementos que nos enseñaron el superpop y nuestras hermanas mayores? ¿Eh?…¡Cuánta desazón!
La fiesta post desfile fue de lo más chic. Cava y más cava ¿Pero dónde habrán puestos estos hombres el grifo de Mahou y las aceitunas rellenas? Un señor muy amable nos ofreció una bandeja con minibarritas energéticas y eso fue lo único con que pudimos rellenarnos el hueco de las muelas hasta que localicé en el maxibolso que llevaba al hombro, un paquete de Chiquilín que guardo en el compartimento secreto por si la hora de la merienda de Lasniñas me sorprende fuera del hogar.
Venciendo toda vergüenza saqué las galletas del bolso y con ellas bajo el brazo nos apostamos las dos tras una columna temiendo ser vistas e invitadas a abandonar el recinto de forma amistosa. Nada más lejos. Como si del vídeo de Thriller se tratara, el crujir de las galletas y su rastro de migas sobre nuestra pechera atrajo a más de veinte tops que nos rodearon en tiempo record, mirándonos como quien teme sufrir una hipoglucemia inminente. Repartimos las vituallas generosamente, como buenas hermanas pero siempre de puntillas, eso sí, para tratar de igualarnos en tronío y apostura; y luego las vimos desaparecer con sus cinturitas imposibles y sus clavículas al aire, corriendo presurosas a confesarse al baño por los pecados cometidos.
Hartas de cava y empachadas de glamour, conseguimos salir finalmente de aquel mar de audis y descapotables y nos dirigimos con ansia al Cañas&Tapas mas cercano a brindar por nosotras, por el tobillo ancho, la arruga, la cana venidera y la cadera de rápido crecimiento. Tanrícamente.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
El perro del hortelano
De todos los perros famosos, cosmopolitas y salaos de la historia: Milú, Snoopy, Idefix, Rex Eldeantena3, Pancho Eldelalotería…yo tuve que elegir ser el más rancio de todos, el del hortelano, el pesao, el que no se contenta con nada, el incapaz de disfrutar con su propia comida ni dejar en paz la sobremesa de los demás.
El pasado viernes, harta de amenazar con hacerlo y no hacerlo nunca, huí de casa en busca de paz espiritual y cerveza Mahou, a revivir mis veinte años bailando el Sufremamón de la orquesta Armonía en la plaza del pueblo.
Cerré la puerta de casa con mi mochila al hombro dejando a Lasniñas convenientemente cuidadas hasta el día siguiente pero llorando al unísono vetetuasaberporqué. La sensación de liberación me duró exactamente dos rellanos de escalera, momento en el que me planteé seriamente anular los planes, rehacerme el moño y engancharme de nuevo al DVD de Tarta de fresa. A fuerza de amenazas y empujones me obligué a mí misma a salir del portal, meterme en el coche y recoger a Lasamigas que esperaban ya requeteguapas en el sitio acordado.
La noche no pudo empezar mejor: charla a cuatro voces hablando todas a la vez, repaso de vidas y planes futuros, y demás temas vitales como zapatos vs sandalias con calcetines, la incompatibilidad congénita del rosa y el rojo o la geolocalización de las nuevas tiendas Sephora.
Superé el bache de las nueve de la noche de forma bastante digna y sin que apenas nadie notara mis ganas de hacer pucheros, porque no paré de imaginármelas recién bañadas, oliendo a gominola y encaramadas a sus tronas como implacables jueces de silla que esperan sus cenas gritando y lamiéndose el dedo gordo del pie.
El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Reencuentros con viejos amigos, abrazos y achuchones a miles, ocho años sin verte son muchos años sin verte, qué guapa estás, pues anda que tú, si sigo bailando no se qué será de mi prótesis de cadera… y así hasta que vimos salir el sol, nos quedamos tranquilas y nos fuimos a dormir sabiendo que la tierra seguiría rotando a la mañana siguiente con total normalidad.
El momento de meter mi maltrecho cuerpo dentro de las sábanas fue de lo más laborioso si tenemos en cuenta que me dejé la coordinación y el enfoque sobre el adoquinado de la plaza y las calles colindantes. Al despegarme los vaqueros del cuerpo y tratar de colocarlos plegaditos sobre el respaldo de la silla algo hizo clin clin en vertiginosa caída y posterior choque contra el suelo. Me agaché a recogerlo y descubrí una mini horquilla rosa de hellokitty que me miraba desde el suelo con gesto de reprobación… ¿Qué leches haces aquí y por qué no estás cantando canciones de Loslunis sentada frente a la tele? ¿Eh?… Como un barreño de agua helada sobre mi despeinada cabellera aquella sensación de descoloque terminó de rematarme. No podía contestar, y no sólo porque no sabía qué decir sino porque me vería obligada a decírselo ¡a una horquilla! Deseé con todas mis fuerzas poder teletransportarme a casa a devolver la horquilla quehabla a su legítima dueña, respirar el olor del pan recién tostado y recibir besos untados de mermelada pero sabía que debía esperar y aguantarme, como pago por unas horas de más que merecida libertad.
El pasado viernes, harta de amenazar con hacerlo y no hacerlo nunca, huí de casa en busca de paz espiritual y cerveza Mahou, a revivir mis veinte años bailando el Sufremamón de la orquesta Armonía en la plaza del pueblo.
Cerré la puerta de casa con mi mochila al hombro dejando a Lasniñas convenientemente cuidadas hasta el día siguiente pero llorando al unísono vetetuasaberporqué. La sensación de liberación me duró exactamente dos rellanos de escalera, momento en el que me planteé seriamente anular los planes, rehacerme el moño y engancharme de nuevo al DVD de Tarta de fresa. A fuerza de amenazas y empujones me obligué a mí misma a salir del portal, meterme en el coche y recoger a Lasamigas que esperaban ya requeteguapas en el sitio acordado.
La noche no pudo empezar mejor: charla a cuatro voces hablando todas a la vez, repaso de vidas y planes futuros, y demás temas vitales como zapatos vs sandalias con calcetines, la incompatibilidad congénita del rosa y el rojo o la geolocalización de las nuevas tiendas Sephora.
Superé el bache de las nueve de la noche de forma bastante digna y sin que apenas nadie notara mis ganas de hacer pucheros, porque no paré de imaginármelas recién bañadas, oliendo a gominola y encaramadas a sus tronas como implacables jueces de silla que esperan sus cenas gritando y lamiéndose el dedo gordo del pie.
El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Reencuentros con viejos amigos, abrazos y achuchones a miles, ocho años sin verte son muchos años sin verte, qué guapa estás, pues anda que tú, si sigo bailando no se qué será de mi prótesis de cadera… y así hasta que vimos salir el sol, nos quedamos tranquilas y nos fuimos a dormir sabiendo que la tierra seguiría rotando a la mañana siguiente con total normalidad.
El momento de meter mi maltrecho cuerpo dentro de las sábanas fue de lo más laborioso si tenemos en cuenta que me dejé la coordinación y el enfoque sobre el adoquinado de la plaza y las calles colindantes. Al despegarme los vaqueros del cuerpo y tratar de colocarlos plegaditos sobre el respaldo de la silla algo hizo clin clin en vertiginosa caída y posterior choque contra el suelo. Me agaché a recogerlo y descubrí una mini horquilla rosa de hellokitty que me miraba desde el suelo con gesto de reprobación… ¿Qué leches haces aquí y por qué no estás cantando canciones de Loslunis sentada frente a la tele? ¿Eh?… Como un barreño de agua helada sobre mi despeinada cabellera aquella sensación de descoloque terminó de rematarme. No podía contestar, y no sólo porque no sabía qué decir sino porque me vería obligada a decírselo ¡a una horquilla! Deseé con todas mis fuerzas poder teletransportarme a casa a devolver la horquilla quehabla a su legítima dueña, respirar el olor del pan recién tostado y recibir besos untados de mermelada pero sabía que debía esperar y aguantarme, como pago por unas horas de más que merecida libertad.
jueves, 9 de septiembre de 2010
¿Celos de Madre?
Que tener hijos es cosa de dos es biológicamente indiscutible, estarán de acuerdo conmigo. Aquello de papá pone una semillita en mamá, las abejas y las flores, la serpiente en la cueva... Excepto la inmaculada concepción y algún que otro divino desliz, todos las demás procreaciones de la historia han sido indefectiblemente en pareja, al menos en su inicio.
Durante el embarazo, la balanza que sustenta los porcentajes de participación comienza claramente a inclinarse del lado materno. Yo soy el doble de mí misma y tú continúas en el mismo botón del cinturón desde el 98, es un reproche la mar de típico, acompañado casi siempre de algún gemidito lastimero, empujón, puñetazo y demás gestos de dudoso gusto.
En el momento del parto los ratios se disparan hasta el escándalo. El ayudar a respirar de forma pausada y sujetar la mano con firmeza, si bien es amoroso y nos llena de agradecimiento, se queda algo escasito en esos picos de dolor desgarrador y sobrehumano, en los que te gustaría aullar y despedazar algo con los dientes antes de volver a tu cueva. Después llegan la convalecencia, la lactancia, el descuelgue de carnes, el desajuste hormonal, el desquicie, el caos existencial de dónde habré puesto yo mi yo… y en estos menesteres, papá casi siempre ha salido a comprar tabaco; obligado, eso sí, porque ese cuerpo no es el suyo y toda empatía tiene su límite.
Durante el resto de vida de los retoños, cada cual se las apaña como puede o le dejan. Llega el momento de los pactos y las negociaciones duras, en las que casi siempre gana uno y pierde otra, para qué engañarnos.
Y de repente un día, después de haber estado doce horas ininterrumpidas escuchando sollozos y gritos, recibiendo mordiscos y lametones, corriendo con el pelo lleno de galleta, subiendo, bajando, ahora al suelo, ahora arriba, ahora quiero andar, ahora quiero vomitarte en el vestido, ahora caerme y darte un susto de muerte, ahora atragantarme hasta ponerme color berenjena, ahora salir del probador y hacer que vengas a por mí con los pantalones por las rodillas…. de pronto escuchas un “Noooo, tú nooo, quiero que me acueste papá” …. ¿Mande? … Incapaz de sostener tu propia cara de acelga abandonas la habitación cabizbaja pero orgullosa del amor de tus criaturas hacia su Padre, con mayúsculas.
Quiero que me columpie papá, tú no, que no eres fuerte, quiero en hombros de papá, papá, papá, papáááá…. ¡¡¡Aaaaaahhhh!!! Pues ahí os quedáis con vuestro padre, que yo me voy al Casino a jugarme vuestro dinero de la universidad - se dibuja en un bocadillo sobre tu cabeza mientras oyes un portazo imaginario.
Pero no, no son celos, no confundan, yo no lo denominaría así, es la misma sensación que cuando escuchas de boca de tu jefe tu evaluación anual y ves que el variable sigue con ese síndrome Peterpan que le impide crecer y hacerse grande… y es que hay veces en que darlo todo, todo, todo, absolutamente todo, no es suficiente. O sí, pero no nos lo parece.
Durante el embarazo, la balanza que sustenta los porcentajes de participación comienza claramente a inclinarse del lado materno. Yo soy el doble de mí misma y tú continúas en el mismo botón del cinturón desde el 98, es un reproche la mar de típico, acompañado casi siempre de algún gemidito lastimero, empujón, puñetazo y demás gestos de dudoso gusto.
En el momento del parto los ratios se disparan hasta el escándalo. El ayudar a respirar de forma pausada y sujetar la mano con firmeza, si bien es amoroso y nos llena de agradecimiento, se queda algo escasito en esos picos de dolor desgarrador y sobrehumano, en los que te gustaría aullar y despedazar algo con los dientes antes de volver a tu cueva. Después llegan la convalecencia, la lactancia, el descuelgue de carnes, el desajuste hormonal, el desquicie, el caos existencial de dónde habré puesto yo mi yo… y en estos menesteres, papá casi siempre ha salido a comprar tabaco; obligado, eso sí, porque ese cuerpo no es el suyo y toda empatía tiene su límite.
Durante el resto de vida de los retoños, cada cual se las apaña como puede o le dejan. Llega el momento de los pactos y las negociaciones duras, en las que casi siempre gana uno y pierde otra, para qué engañarnos.
Y de repente un día, después de haber estado doce horas ininterrumpidas escuchando sollozos y gritos, recibiendo mordiscos y lametones, corriendo con el pelo lleno de galleta, subiendo, bajando, ahora al suelo, ahora arriba, ahora quiero andar, ahora quiero vomitarte en el vestido, ahora caerme y darte un susto de muerte, ahora atragantarme hasta ponerme color berenjena, ahora salir del probador y hacer que vengas a por mí con los pantalones por las rodillas…. de pronto escuchas un “Noooo, tú nooo, quiero que me acueste papá” …. ¿Mande? … Incapaz de sostener tu propia cara de acelga abandonas la habitación cabizbaja pero orgullosa del amor de tus criaturas hacia su Padre, con mayúsculas.
Quiero que me columpie papá, tú no, que no eres fuerte, quiero en hombros de papá, papá, papá, papáááá…. ¡¡¡Aaaaaahhhh!!! Pues ahí os quedáis con vuestro padre, que yo me voy al Casino a jugarme vuestro dinero de la universidad - se dibuja en un bocadillo sobre tu cabeza mientras oyes un portazo imaginario.
Pero no, no son celos, no confundan, yo no lo denominaría así, es la misma sensación que cuando escuchas de boca de tu jefe tu evaluación anual y ves que el variable sigue con ese síndrome Peterpan que le impide crecer y hacerse grande… y es que hay veces en que darlo todo, todo, todo, absolutamente todo, no es suficiente. O sí, pero no nos lo parece.
martes, 7 de septiembre de 2010
El mismo temor, la misma lluvia
En verano no debería llover, ni muchísimo menos tronar, y menos un domingo, que es de muy mala educación.
La versión individualista de esta historia te permitiría pasar una tarde melancólica en casa; una de esas tardes grises de manta y peli, ingiriendo helado a manos llenas y sin la menor intención de levantarte del sofá hasta que el roce del skay te produjera una alarmante quemazón local. Quizá hablarías horas con una amiga, o con dos, o con tres, leerías algo pendiente, te conectarías para ver qué anda sucediendo en el mundo...y poco más.
Pasar una tarde encerrada en casa con niños en edad de experimentar con su entorno quizá genere un pelín más de ansiedad y desazón. Si a eso añades que el verano y sus planes vacacionales tienden a alejar del hogar a familiares y amigos a quienes pedir socorro, el resultado es ciertamente devastador.
Es en estas tardes cuando a tus vecinos les da por empujar lentamente las paredes colindantes que os separan, hasta que tu casa queda reducida al mínimo habitable por ley; los techos se derriten sobre tu cabeza, el suelo se te pone de puntillas y tú, en medio y con cara de queso de sandwich, te ves obligada a pasar horas y horas y horas inventando un mundo paralelo para entretener a Lasniñas. ¡Ay, Lasniñas! Esos seres angelicales que hacen las delicias de cuantos las conocen en situaciones normales outdoor, desarrollan en las tardes de lluvia una tendencia psicótica que les hace reír, gritar y llorar, todo a un tiempo y a unos decibelios anormalmente disparatados según las ordenanzas municipales. Igual que expertos zapadores, y con una proactividad digna de elogio, se encargarán de efectuar cuantas demoliciones sean necesarias en mobiliario y decoración al tiempo que plantan a su paso minas terrestres en forma de galleta untada en saliva y colacao por todo el salón, pasillo y parte inferior de la escalera.
Temerosa por tu salud mental y harta de decir quenooooooooooo cada minuto y medio, optas por relajar los nervios y las normas educativas y aquello se vuelve Gomorra. ¡Haaala! Saltar en la cama desde el armario, comerse el jabón, cortar con los dientes los cables del teléfono y desencajar el lavabo de la pared con sus pequeñas manos de deditos angelicales, todas ellas actividades que con sol estarían absolutamente prohibidas, en días de lluvia son pasadas por alto como si en lugar de padres y educadores fuésemos concejales de urbanismo de moral algo laxa.
La reacción más sana para tu psiquis sería salir corriendo y sentarte en la acera a esperar que la lluvia te calara hasta los huesos y se llevara por el desagüe tanto kilo de tensión acumulada. Si no fuera porque dejarías abandonado dentro del receptáculo al padre de las criaturas que después estaría esperándote con los ojos llenos de rencor y un palo de golf escondido tras la espalda, sería una opción a considerar.
Por todo ello, y por más cosas que no cuento por puro pudor, Marido y yo nos sentamos atemorizados cada noche a ver Eltiempo. Abrazados en el sofá y rezando a cuantas deidades conocemos con mano en cuestiones climatológicas - de Ra a la Virgen de la Cueva - celebramos con palmitas los soles y sollozamos temblorosos ante las nubes. Si las predicciones anuncian lluvia, sabemos que no podemos venirnos abajo; es hora de ser fuertes y de encargar cantidades industriales de pizzas, DVDs de Mickey y dardos tranquilizantes.
La versión individualista de esta historia te permitiría pasar una tarde melancólica en casa; una de esas tardes grises de manta y peli, ingiriendo helado a manos llenas y sin la menor intención de levantarte del sofá hasta que el roce del skay te produjera una alarmante quemazón local. Quizá hablarías horas con una amiga, o con dos, o con tres, leerías algo pendiente, te conectarías para ver qué anda sucediendo en el mundo...y poco más.
Pasar una tarde encerrada en casa con niños en edad de experimentar con su entorno quizá genere un pelín más de ansiedad y desazón. Si a eso añades que el verano y sus planes vacacionales tienden a alejar del hogar a familiares y amigos a quienes pedir socorro, el resultado es ciertamente devastador.
Es en estas tardes cuando a tus vecinos les da por empujar lentamente las paredes colindantes que os separan, hasta que tu casa queda reducida al mínimo habitable por ley; los techos se derriten sobre tu cabeza, el suelo se te pone de puntillas y tú, en medio y con cara de queso de sandwich, te ves obligada a pasar horas y horas y horas inventando un mundo paralelo para entretener a Lasniñas. ¡Ay, Lasniñas! Esos seres angelicales que hacen las delicias de cuantos las conocen en situaciones normales outdoor, desarrollan en las tardes de lluvia una tendencia psicótica que les hace reír, gritar y llorar, todo a un tiempo y a unos decibelios anormalmente disparatados según las ordenanzas municipales. Igual que expertos zapadores, y con una proactividad digna de elogio, se encargarán de efectuar cuantas demoliciones sean necesarias en mobiliario y decoración al tiempo que plantan a su paso minas terrestres en forma de galleta untada en saliva y colacao por todo el salón, pasillo y parte inferior de la escalera.
Temerosa por tu salud mental y harta de decir quenooooooooooo cada minuto y medio, optas por relajar los nervios y las normas educativas y aquello se vuelve Gomorra. ¡Haaala! Saltar en la cama desde el armario, comerse el jabón, cortar con los dientes los cables del teléfono y desencajar el lavabo de la pared con sus pequeñas manos de deditos angelicales, todas ellas actividades que con sol estarían absolutamente prohibidas, en días de lluvia son pasadas por alto como si en lugar de padres y educadores fuésemos concejales de urbanismo de moral algo laxa.
La reacción más sana para tu psiquis sería salir corriendo y sentarte en la acera a esperar que la lluvia te calara hasta los huesos y se llevara por el desagüe tanto kilo de tensión acumulada. Si no fuera porque dejarías abandonado dentro del receptáculo al padre de las criaturas que después estaría esperándote con los ojos llenos de rencor y un palo de golf escondido tras la espalda, sería una opción a considerar.
Por todo ello, y por más cosas que no cuento por puro pudor, Marido y yo nos sentamos atemorizados cada noche a ver Eltiempo. Abrazados en el sofá y rezando a cuantas deidades conocemos con mano en cuestiones climatológicas - de Ra a la Virgen de la Cueva - celebramos con palmitas los soles y sollozamos temblorosos ante las nubes. Si las predicciones anuncian lluvia, sabemos que no podemos venirnos abajo; es hora de ser fuertes y de encargar cantidades industriales de pizzas, DVDs de Mickey y dardos tranquilizantes.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Women in Black
Estoy convencida de que tras cada uno de los embarazos y partos que una mujer sufre en su vida, algún ser inidentificado y de incógnito le dispara directamente sobre los ojos un rayo cegador que borra parte de sus recuerdos. De otra forma no se explica que sistemáticamente caigamos en las garras de la fertilidad sucesiva, una y otra vez, una y otra vez, y nos dediquemos a procrear como si no hubiera un mañana. Aún no estoy en condiciones de afirmar cuándo se produce esta anulación de la retentiva relativa al dolor pre y postparto, ni quien empuña la dichosa pistolita, pero lo averiguaré, ¡vivedios!
Sé que no es en el mismo hospital en que das a luz porque es norma de obligado cumplimiento para las parturientas bajar cada peldaño de la escalera que da a la calle repitiendo el mantra unaynomás, unaynomás, unaynomás.....Qué bonita criatura! Pero una y no más! Después te acomodas como puedes en el asiento trasero del coche y sonríes victoriosa sin pensar que en breve tendrás que ponerte de nuevo en pie y salir a la calle, a no ser que quieras vivir allí hasta que el niño empiece el colegio y tengas que acercarte a comprarle el uniforme.
En las sucesivas revisiones ginecológicas tampoco, porque la herida sigue recordándote a cada paso su presencia y la tirantez de los puntos te hace plantearte por qué demonios no vendremos con cremalleras de serie para evitar este tipo de inconvenientes. Que tampoco costaba tanto invertir en un buen diseño previo, hombre.
Podría ser en las enemil visitas al pediatra, cuando tu rollizo bebé va de báscula en báscula y de jeringa en jeringa como si estuviese en Proyecto Hombre. Eso sí podría ser, mira tú; que los pediatras, ante el temor a quedarse sin feligreses, hayan puesto en marcha una conjura sindical y silenciosa para achicharrarte las neuronas y dejarte en blanco, desprotegida ante una nueva llamada de la madre naturaleza.
Sobre el momento cronológico tampoco hay acuerdo. Calculando a ojo, me atrevería a decir que suele ser tras un año más o menos desde que el nuevo ser vive en casa. De repente un día, al empezar a empaquetar los diminutos patucos de la primera puesta, sientes una tristeza tremenda porque crees que ya no volverás a sentir el calor y el olor de una piel de bebé en el momento de nacer. ¡Zas! ¡Tampillao! Ahí es, día arriba, día abajo, cuando el láser achicharrador ha hecho su trabajo en tu cerebelo y te ha dejado patas arriba, nunca mejor dicho.
La semana pasada, Lapequeña cumplió once meses. Desde entonces me mantengo vigilante y a la defensiva ante cualquier signo externo de ataque con arma de fuego. El verano y las piscinas no son buen escenario para ello. Ayer sin ir mas lejos, lancé a mi sobrino al agua de una patada voladora cuando me apuntaba con su pistolita de agua a cuatro chorros. Mi hermana me miró atónita pero en el fondo entendió mi ansiedad, espero. El hecho de que no me coja el teléfono desde entonces no significa nada.
Seguiré con mis pesquisas, pero si dentro de un mes se me pone cara de haba y hago pucheros al ver a una embarazada intentando andar erguida y ocultar sus andares de pingüino, significará que he fracasado en mi intento de autoprotegerme. Again.
Sé que no es en el mismo hospital en que das a luz porque es norma de obligado cumplimiento para las parturientas bajar cada peldaño de la escalera que da a la calle repitiendo el mantra unaynomás, unaynomás, unaynomás.....Qué bonita criatura! Pero una y no más! Después te acomodas como puedes en el asiento trasero del coche y sonríes victoriosa sin pensar que en breve tendrás que ponerte de nuevo en pie y salir a la calle, a no ser que quieras vivir allí hasta que el niño empiece el colegio y tengas que acercarte a comprarle el uniforme.
En las sucesivas revisiones ginecológicas tampoco, porque la herida sigue recordándote a cada paso su presencia y la tirantez de los puntos te hace plantearte por qué demonios no vendremos con cremalleras de serie para evitar este tipo de inconvenientes. Que tampoco costaba tanto invertir en un buen diseño previo, hombre.
Podría ser en las enemil visitas al pediatra, cuando tu rollizo bebé va de báscula en báscula y de jeringa en jeringa como si estuviese en Proyecto Hombre. Eso sí podría ser, mira tú; que los pediatras, ante el temor a quedarse sin feligreses, hayan puesto en marcha una conjura sindical y silenciosa para achicharrarte las neuronas y dejarte en blanco, desprotegida ante una nueva llamada de la madre naturaleza.
Sobre el momento cronológico tampoco hay acuerdo. Calculando a ojo, me atrevería a decir que suele ser tras un año más o menos desde que el nuevo ser vive en casa. De repente un día, al empezar a empaquetar los diminutos patucos de la primera puesta, sientes una tristeza tremenda porque crees que ya no volverás a sentir el calor y el olor de una piel de bebé en el momento de nacer. ¡Zas! ¡Tampillao! Ahí es, día arriba, día abajo, cuando el láser achicharrador ha hecho su trabajo en tu cerebelo y te ha dejado patas arriba, nunca mejor dicho.
La semana pasada, Lapequeña cumplió once meses. Desde entonces me mantengo vigilante y a la defensiva ante cualquier signo externo de ataque con arma de fuego. El verano y las piscinas no son buen escenario para ello. Ayer sin ir mas lejos, lancé a mi sobrino al agua de una patada voladora cuando me apuntaba con su pistolita de agua a cuatro chorros. Mi hermana me miró atónita pero en el fondo entendió mi ansiedad, espero. El hecho de que no me coja el teléfono desde entonces no significa nada.
Seguiré con mis pesquisas, pero si dentro de un mes se me pone cara de haba y hago pucheros al ver a una embarazada intentando andar erguida y ocultar sus andares de pingüino, significará que he fracasado en mi intento de autoprotegerme. Again.
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