Estoy convencida de que tras cada uno de los embarazos y partos que una mujer sufre en su vida, algún ser inidentificado y de incógnito le dispara directamente sobre los ojos un rayo cegador que borra parte de sus recuerdos. De otra forma no se explica que sistemáticamente caigamos en las garras de la fertilidad sucesiva, una y otra vez, una y otra vez, y nos dediquemos a procrear como si no hubiera un mañana. Aún no estoy en condiciones de afirmar cuándo se produce esta anulación de la retentiva relativa al dolor pre y postparto, ni quien empuña la dichosa pistolita, pero lo averiguaré, ¡vivedios!
Sé que no es en el mismo hospital en que das a luz porque es norma de obligado cumplimiento para las parturientas bajar cada peldaño de la escalera que da a la calle repitiendo el mantra unaynomás, unaynomás, unaynomás.....Qué bonita criatura! Pero una y no más! Después te acomodas como puedes en el asiento trasero del coche y sonríes victoriosa sin pensar que en breve tendrás que ponerte de nuevo en pie y salir a la calle, a no ser que quieras vivir allí hasta que el niño empiece el colegio y tengas que acercarte a comprarle el uniforme.
En las sucesivas revisiones ginecológicas tampoco, porque la herida sigue recordándote a cada paso su presencia y la tirantez de los puntos te hace plantearte por qué demonios no vendremos con cremalleras de serie para evitar este tipo de inconvenientes. Que tampoco costaba tanto invertir en un buen diseño previo, hombre.
Podría ser en las enemil visitas al pediatra, cuando tu rollizo bebé va de báscula en báscula y de jeringa en jeringa como si estuviese en Proyecto Hombre. Eso sí podría ser, mira tú; que los pediatras, ante el temor a quedarse sin feligreses, hayan puesto en marcha una conjura sindical y silenciosa para achicharrarte las neuronas y dejarte en blanco, desprotegida ante una nueva llamada de la madre naturaleza.
Sobre el momento cronológico tampoco hay acuerdo. Calculando a ojo, me atrevería a decir que suele ser tras un año más o menos desde que el nuevo ser vive en casa. De repente un día, al empezar a empaquetar los diminutos patucos de la primera puesta, sientes una tristeza tremenda porque crees que ya no volverás a sentir el calor y el olor de una piel de bebé en el momento de nacer. ¡Zas! ¡Tampillao! Ahí es, día arriba, día abajo, cuando el láser achicharrador ha hecho su trabajo en tu cerebelo y te ha dejado patas arriba, nunca mejor dicho.
La semana pasada, Lapequeña cumplió once meses. Desde entonces me mantengo vigilante y a la defensiva ante cualquier signo externo de ataque con arma de fuego. El verano y las piscinas no son buen escenario para ello. Ayer sin ir mas lejos, lancé a mi sobrino al agua de una patada voladora cuando me apuntaba con su pistolita de agua a cuatro chorros. Mi hermana me miró atónita pero en el fondo entendió mi ansiedad, espero. El hecho de que no me coja el teléfono desde entonces no significa nada.
Seguiré con mis pesquisas, pero si dentro de un mes se me pone cara de haba y hago pucheros al ver a una embarazada intentando andar erguida y ocultar sus andares de pingüino, significará que he fracasado en mi intento de autoprotegerme. Again.
viernes, 3 de septiembre de 2010
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