De todos los perros famosos, cosmopolitas y salaos de la historia: Milú, Snoopy, Idefix, Rex Eldeantena3, Pancho Eldelalotería…yo tuve que elegir ser el más rancio de todos, el del hortelano, el pesao, el que no se contenta con nada, el incapaz de disfrutar con su propia comida ni dejar en paz la sobremesa de los demás.
El pasado viernes, harta de amenazar con hacerlo y no hacerlo nunca, huí de casa en busca de paz espiritual y cerveza Mahou, a revivir mis veinte años bailando el Sufremamón de la orquesta Armonía en la plaza del pueblo.
Cerré la puerta de casa con mi mochila al hombro dejando a Lasniñas convenientemente cuidadas hasta el día siguiente pero llorando al unísono vetetuasaberporqué. La sensación de liberación me duró exactamente dos rellanos de escalera, momento en el que me planteé seriamente anular los planes, rehacerme el moño y engancharme de nuevo al DVD de Tarta de fresa. A fuerza de amenazas y empujones me obligué a mí misma a salir del portal, meterme en el coche y recoger a Lasamigas que esperaban ya requeteguapas en el sitio acordado.
La noche no pudo empezar mejor: charla a cuatro voces hablando todas a la vez, repaso de vidas y planes futuros, y demás temas vitales como zapatos vs sandalias con calcetines, la incompatibilidad congénita del rosa y el rojo o la geolocalización de las nuevas tiendas Sephora.
Superé el bache de las nueve de la noche de forma bastante digna y sin que apenas nadie notara mis ganas de hacer pucheros, porque no paré de imaginármelas recién bañadas, oliendo a gominola y encaramadas a sus tronas como implacables jueces de silla que esperan sus cenas gritando y lamiéndose el dedo gordo del pie.
El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Reencuentros con viejos amigos, abrazos y achuchones a miles, ocho años sin verte son muchos años sin verte, qué guapa estás, pues anda que tú, si sigo bailando no se qué será de mi prótesis de cadera… y así hasta que vimos salir el sol, nos quedamos tranquilas y nos fuimos a dormir sabiendo que la tierra seguiría rotando a la mañana siguiente con total normalidad.
El momento de meter mi maltrecho cuerpo dentro de las sábanas fue de lo más laborioso si tenemos en cuenta que me dejé la coordinación y el enfoque sobre el adoquinado de la plaza y las calles colindantes. Al despegarme los vaqueros del cuerpo y tratar de colocarlos plegaditos sobre el respaldo de la silla algo hizo clin clin en vertiginosa caída y posterior choque contra el suelo. Me agaché a recogerlo y descubrí una mini horquilla rosa de hellokitty que me miraba desde el suelo con gesto de reprobación… ¿Qué leches haces aquí y por qué no estás cantando canciones de Loslunis sentada frente a la tele? ¿Eh?… Como un barreño de agua helada sobre mi despeinada cabellera aquella sensación de descoloque terminó de rematarme. No podía contestar, y no sólo porque no sabía qué decir sino porque me vería obligada a decírselo ¡a una horquilla! Deseé con todas mis fuerzas poder teletransportarme a casa a devolver la horquilla quehabla a su legítima dueña, respirar el olor del pan recién tostado y recibir besos untados de mermelada pero sabía que debía esperar y aguantarme, como pago por unas horas de más que merecida libertad.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
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