Dicen las habladurías que una mudanza siempre es eso, una mudanza, imprevisible y caótica, independientemente del número de hijos que deambulen entre sus cajas. Créanme que la versión con dos es bastante más devastadora para la prestancia y el ánimo del ser humano en general y del padre o madre en particular.
Salimos hace cinco días de la antigua casa y hasta ayer a las ocho de la tarde no encontramos a Lapequeña, camuflada como estaba entre embalajes de todo pelaje, tamaño y condición. A día de hoy aún continúan en paradero desconocido seis cojines de sofá, una cuna, el mando de la tele y la Epilady. Sí. Correcto. Llevamos días sin poder conectar el Plus, con las cervicales al descubierto y todos sin depilar.
Al darnos cuenta de que nuestra convivencia con las cajas iba para largo, hemos optado por hacernos superamigos íntimos osea e incorporarlas a nuestra vida cotidiana con habilidad y cierta maña. Comemos sobre caja, cenamos sobre caja, nos subimos a caja para coger otra caja y hasta acostamos a Lapequeña en caja a la espera de que aparezca la cuna que se perdió en otra caja. Lo parece, pero no he entrado en bucle.
Durante los dos primeros días de estancia en la nueva casa nos alimentamos exclusivamente de bayas de Goji porque todos nuestros esfuerzos por encontrar las cajas portadoras del letrero cocina resultaron inútiles. Por suerte descubrimos pronto una farmacia a la vuelta de la esquina capaz de proveer de potitos a los miembros de la familia que aún carecen de dientes. Poco después descubrimos el telepizza, el telechino y el teletransporte a casa de unos amigos y vecinos de urbanización que nos proveyeron de gazpacho y pan bimbo hasta el primer día hábil en que abrió carrefour. Entonces hicimos compra del tipo Pongameustedunpocodetodo. De todo excepto sal, como manda la tradición, único alimento que la providencia te hace olvidar en todos los traslados para obligarte a socializar con los vecinos más cercanos. En nuestro caso tuvimos suerte porque descubrimos en el fondo de una amiga caja un salero con la inscripción Estuve en Mijas y me acordé de ti, repleto de sal yodada fina de mesa. Genial. Ya no hay que sonreír al vecino del perro!
La nueva casa es infinitamente más grande que la anterior así que ver colocadas nuestras antiguas pertenencias sobre sus paredes viene a ser lo mismo que ver aparcado el coche de Ken en una plaza para minusválidos. Mires donde mires sólo verás paredes blancas y desnudas como en un manicomio. Esto hace rato que dejó de llamarse minimalismo para convertirse en el más pornográfico de los nudismos decorativos. Para intentar compensar, me empeño diariamente en montar los ocho paneles japoneses que nos esperan dentro de su caja - ¿Dónde si no?- pero su complejidad supera con creces la escasa materia gris que me queda agazapada entre las nubes de polvo que esta casa me obliga a respirar. Me paso todo el día con una bata de flores y un pañuelo en la cabeza, como las campesinas de Fellini pero sin mijita de glamour, con una eterna duda circunvalándome los rulos ¿Y esto de dónde ha salido? ¿Qué hago, lo tiro o no lo tiro?. Abrimos cajas. Colocamos enseres. Plegamos cajas. Esto no termina jamás. Abrimos cajas. Colocamos enseres. ¿Siempre he tenido tantos zapatos? Desde hace años sospecho que tengo demasiados pero nunca imaginé que colocarlos me llevaría más de seis horas de reloj. Cuando descubrí que era la tercera vez que colocaba el mismo par, entendí el misterio: mientras yo colocaba, Lapequeña los cogía, chupaba la suela y los volvía a meter en la caja de origen. Y así durante horas, como si fuésemos un dúo cómico y éste su número estrella.
Amparándonos en la teoría ancestral del Déjalesquesentretengan, transmitida de padres a hijos desde tiempo inmemorial y que consiste básicamente en poner al alcance de los cachorros cualquier artilugio que sea capaz de distraerles diez segundos, hemos visto a Lasniñas salir airosas de las situaciones más comprometidas: Lamayor jugando entre cajas de clavos de puntas oxidadas, comprobando la viabilidad de los enchufes, apilando bombillas, afilando cuchillos... Esta misma mañana la he visto aparecer por la puerta del salón blandiendo la Black&Decker a lo Lara Croft and the Guardian of light y casi me da una apoplejía. Detrás iba Lapequeña con la cabeza enrollada en cinta americana como si fuese un diminuto y sonriente faquir. Pasado el terror inicial, Marido y yo sonreímos, henchidos de orgullo y baba contenida.
Aunque estos momentos mudanza son los únicos que te dan la posibilidad de beber gazpacho en copas de cava sin parecer retrasado mental, cada noche me duermo aterrada pensando si nos habremos dejado a alguna de Lasniñas en el contenedor del cartón. Y eso mina la salud de cualquiera. Estoy tan descentrada que ni siquiera me he dado cuenta de que Lapequeña ha aprendido a gatear solita y entre cajas...¿Dónde si no?...
viernes, 13 de agosto de 2010
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