martes, 3 de agosto de 2010

In the ghettoooo...

Aunque no queramos, incluso aunque a veces lo neguemos, los padres con hijos pequeños tendemos a organizarnos en guetos de estructuras homogéneas donde nos encontramos cómodos, nos lamemos mutuamente las heridas y nos dejamos querer. Dentro nos sentimos fuertes y sin miedo a que nos tachen de poco profundos e insustanciales si nuestras conversaciones diarias se reducen a cacas, purés y cronologías estimativas de la dentición humana.

El fin de semana pasado, organizamos una de estas reuniones hijomasónicas junto a unos amigos que vinieron a pasar dos días a casa en amor y compañía. La contraseña para abrir la puerta y dejarles pasar fue sencilla y no requirió acuerdo previo ¿Has hecho ya puré? - escuché tras la puerta, con la cara pegada a la mirilla. Correcto. De 6 verduras y pollo. No hizo falta más comunicación. Sabíamos que a partir de ese momento, hablaríamos el mismo idioma.

Losamigos aportaron a la camada una pequeña muñeca de menos de dos años que hizo las delicias de Lamayor y Lapequeña durante todo el fin de semana. Lamuñeca entró en casa como yo en las rebajas de Zara, feliz, mirándolo todo, tocándolo todo, cogiéndolo todo y luego soltándolo en cualquier rincón cuando creía no ser vista. Nosotros sonreíamos gustosos porque no tuvimos ninguna necesidad de amordazar a Pocoyó y a Pato y esconderlos en el sótano, como solemos hacer cuando nos visitan parejas sin hijos, para que no vean que nuestros mejores amigos ahora son de felpa. Puzzles, rotus y mordedores camparon a sus anchas por el salón sin miedo a ser detenidos y encarcelados por agrupación ilegal. Nos sentíamos tan sueltos que incluso dejamos los DVDs de Disney en la estantería y no desempolvamos la serie de cine serbocroata que sacamos como atrezzo para impresionar a las visitas.

Durante todo el fin de semana la mesa estaba puesta a la una y media, como hace la gente de bien. Si durante la comida, una de las hijas del grupo - porque en este tipo de grupos los hijos se colectivizan, como en las sectas - decide de motu proprio comer en brazos de padre o madre y meter los deditos en el arroz en repetidas ocasiones, nadie mirará al progenitor con ojos de reprobación ni de hay que ver que mal estás educando a tu hija. Entre nosotros nos entendemos, y si la criaturita tiene en ese momento unas ganas locas de tocar el arroz será porque sus sentidos están despertando a la gastronomía del lugar y le gusta experimentar texturas nuevas. Punto. De igual modo tú podrás ausentarte un momento al baño sabiendo que si a Lapequeña se le atasca un trozo de manzana en el espacio interno comprendido entre el velo del paladar y la entrada del esófago y la laringe, siempre habrá cerca un padre adiestrado en la maniobra del meñique y del golpe en la espalda para invitarle a salir.

Tras la ingesta de alimentos disfrutamos de una o dos siestas de hora y media de duración aproximada, como si agentes del Mosad disfrazados de vecinos playeros hubieran echado gas paralizante por las ventanas de casa. Nos levantamos todos en pijama y con gorro de dormir, con la marca de la almohada en la mejilla y sin disimulos del tipo perdón, me quedé traspuesto un momento viendo la 2.

Despues de la siesta y de un breve baño en la piscina cargados con dos Samsonite a rebosar, bañamos nuevamente a las niñas - esta vez con jabón y sin manguitos - y salimos de casa dispuestos a rescatar de la tradición española la tan estimada y nunca bien ponderada meriendacena. El menú consistió en elevadas dosis de gusanitos, palotes, chespiritos al jamón y dos gofres. Todo muy nutritivo. Mientras Lamayor y Lamuñeca correteaban, y Lapequeña se conectaba al biberón bomba, apenas nos sentimos obligados a intercambiar palabra alguna. Pasamos la tarde mirando los posavasos y disfrutando de los breves minutos de silencio que proporciona el autoentretenimiento infantil. Es cierto que en un par de ocasiones intentamos sacar una conversación intelectual al azar, pero como no cuajó, perdimos de nuevo la mirada entre el posavasos y el servilletero. Tan ricamente.

De vuelta a casa antes de las 11, con las niñas ya desnucadas sobre sus respectivas camitas, todos nos hicimos abiertamente los longuis para no tener que sacar la botella de vino que con tan buenas intenciones compré. La velada a la luz de la luna sonaba bien pero en la tele echaban Callejeros Playeros y preferimos criticar con saña la condición humana, entre cabezada y cabezada. A las doce todos planchando la oreja... los del Mosad otra vez.

... A pesar de que él se bebió todas mis cervezas, que ella acabó con las reservas familiares de leche y que Lamuñeca nos obsequió con una pintura rupestre en la pared del pasillo, estoy deseando que vuelvan...la verdad.

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