Ayer abandoné a los polluelos durante toooodo un día para cumplir con un compromiso ineludible en Barcelona. El proceso de preparación psicológica ante la perspectiva de que no me vieran cuando se levantaran fue arduo y requirió más de una reunión de grupo, pero me fui tranquila sabiendo que sólo llorarían la primera media hora y que se les pasaría según empezara su sesión matinal de Dora la Exploradora.
Salí de casa ligera, cual anuncio de quesitos light, sólo con mi bolso al hombro y el billete de avión en la mano. Nada más dejar el coche en el parking de la terminal abrí el maletero y me asusté tremendamente. ¡¡Diosss mioooo el carritoooo!! Cuando me quise dar cuenta de que no llevaba niñas en el asiento trasero que pudieran necesitarlo ya había lanzado dos o tres expresiones malsonantes y culpabilizado a Marido por no haberlo cogido, aunque él tampoco viniera en el coche. La costumbre, que es muy mala.
Tras una hora de esperas y controles, y de ponerme y quitarme los zapatos ene veces, conseguí llegar a mi flamante asiento de ventanilla. Apoyé la cabeza relajada, abrí el Ronda Iberia, regulé el aire acondicionado que amenazaba con congelarme las fosas nasales y suspiré encantada ante la perspectiva de la pequeña siesta que me esperaba en los escasos minutos de vuelo. Craso error.
Por el pasillo vi aparecer a una mujer con moño deshecho y una mancha de chocolate en la frente (malo, pensé, el desaseo personal es signo inequívoco de falta de tiempo para una misma). Llevaba una bolsa de viaje grande, tirando a muy grande (malo también, demasiado para una sola persona a no ser que fuera vendedora ambulante de fruta y no parecía ser el caso) y avanzaba por el pasillo tropezándose constantemente, como si la gente de los asientos delanteros se divirtiera poniéndole la zancadilla. De vez en cuando miraba al suelo y gritaba, unas veces hacia delante, otras hacia atrás, se paraba, avanzaba, se agachaba, se volvía a levantar, se le caía la bolsa, la recogía del suelo, pedía perdón al asiento de la derecha, se soplaba el mechón de la cara, luego al de la izquierda....y yo ya me temía lo peor.
Antes de que ella apareciera a mi vera, asomó el flequillo de Osquitar, karateka de medio metro, seguido por su hermana, una princesa lánguida y rubia que no paraba de llorar. Prometí ser buena el resto de mis días si la providencia le daba a esa familia asientos muy muy lejos del mío pero cuando vi la sonrisa forzada de la madre, abriéndose paso entre sus inmensas ojeras, como pidiéndome perdón de antemano por el viajecito que me iban a dar sus hijos, comprendí que había empezado a rezar demasiado tarde.
Amabilísima yo, me presté a cederle mi asiento a cambio de uno de los suyos al otro lado del pasillo para que pudieran ir los tres juntos, más la barriga de siete meses de la madre que hasta el momento no se había hecho notar. El avión iba repleto así que quemé mi último cartucho al preguntarle a la azafata si no sería posible ocupar un asiento al lado del piloto. Ella se disculpó sonriente, negó con la cabeza y me dio un par de caramelos de su cestita.
En fin, un pasillo de separación no parecía mucho, pero no me quedaba otra, a no ser que quisiera ir todo el camino encerrada en el baño, sentada en la taza.
Despegamos y la princesa empezó a gritar y patalear mientras su hermano trepaba por el respaldo y escupía a una pareja de ancianos que ocupaba el asiento de atrás. Yo miraba a la madre ojerosa y notaba cómo me sobrevenía una oleada de peligrosa solidaridad que logré mantener a raya hasta que ella se echó a llorar desconsolada. Aquello me pudo. Senté a la princesa rubia en mis piernas y le hice engullir el potito haciéndole creer que crecería tanto, tanto, que podría tocar las estrellas en cuanto anocheciera. Nunca falla, oye. Envalentonada por mi primer triunfo conseguí que el karateka no siguiera lamiendo la ventanilla de emergencia pero a cambio me sacó del bolso todos mis enseres personales y los esparció por el pasillo. La azafata fue recogiéndolos como Pulgarcito y me los devolvió intactos. Yo sonreía como drogada incapaz de creer que aquello me estuviera pasando a mí.
En los escasos minutos en que la madre ojerosa y su diminuta vejiga visitaban el wc por sexta vez en media hora, la princesa rubia y sus uñas de Carmen Lomana se ocuparon de arañarme todo el cuero cabelludo y parte de la oreja, justo antes de vomitarme el potito sobre mi vestido recién estrenado. Su hermano reía sin parar, dándome en la cabeza con el globito que su madre había improvisado para entretenerle. El escenario era dantesco y la madre no aparecía. Yo estaba tranquila porque sabía que no podría huir muy lejos, a no ser que hubiera hecho la mili en los paracas y escondiera uno de emergencia en la bolsa de vendedora ambulante, pero tanta micción resultaba extrema, incluso para una embarazada, y ya me estaba empezando a mosquear.
Tengo la sensación de que tardamos seis días en llegar a Barcelona. Nada más aterrizar, salí corriendo sin rumbo fijo por temor a verme obligada a acompañar a la madre ojerosa y sus dos fieras hasta la puerta y ayudarles a coger un taxi. Me escondí en el baño y desde allí les escribo estas letras. Llámenme cobarde, pero con mis Dos ya tengo bastante, ocuparme de los ajenos sería puro vicio.
viernes, 30 de julio de 2010
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Caí por aquí por una recomendación personal y, me gustó tanto lo que vi, que he decidido leerme todo lo que tienes publicado. Acabo de terminar con todos los posts de Julio y debo reconocer que hacía mucho tiempo que no me reía tanto.
ResponderEliminarMe he reido tanto que mi plural, que está trabajando a mi vera, me ha solicitado que leyera en voz alta para, al menos, reirse conmigo ....
Gracias infinitas por provocarme esas risas, de las que estaba tan necesitada, y, enhorabuena: no es fácil contar lo que cuentas tal como lo haces.
Un saludo (seguiré paseándome por aquí, si es que no te molesta, claro).
¿Molestar? Me hace una ilusión inmensa que te guste!! Pasa por aqui cuantas veces quieras! yo procuraré seguir amenizándote el paseo :)
ResponderEliminarMil gracias!
Hola, doña Eva.
ResponderEliminarQue no conocía yo esta faceta tuya tan vitaminante y supermineralizante (... joder, que mayor soy... ).
Soy el plural de Verónica, el que la pidió que te leyera en alto. Desde ya te digo que eres la culpable de unas cuantas líneas quebradas en los dibujos de ayer... Ya te llamará el cliente.
Pues eso, que me alegra que te desfogues de una manera tan cachonda y que además nos lo muestres. Prometo seguir dando la tabarra.
Besos mil ( unos cuantos para Marina ).
Don Tatio!! jajajaja benditas casualidades!!!
ResponderEliminarLos clientes se quejan siempre ;) aunque las líneas estén requeteperfectas, así que no me siento muy culpable por haberte movido esa ilustración....que hasta quebrada será chula!!
Me alegro mucho de que te guste el Blog....y me encantará saber que sigues por aquí!
Beso!