En estos últimos días me he sentido tan identificada con Margarita Seisdedos que albergo cierto susto en mi interior. El día 22 tuvo lugar la función de Navidad en el cole de Lamayor y pasó lo que tenía que pasar, que me comporté como la loca que soy sin que nadie pudiera impedírmelo.
En contra de cuantos consejos di en el anterior post, me fui al Salón de Actos acompañada de Marido y de una amiga, cargando con la cámara de vídeo, la cámara de fotos, la cámara de los lores, la de los comunes y la de comercio. Entre velados empujones y pellizcos al bies me hice sitio en primera fila para poder ver de cerca a Miniña cantando ese villancico inaudible y siguiendo una coreografía imposible junto a otros veinte miniseres tuneados de igual modo pastoril. Ni que decir tiene que Lamía era la más guapa, la que mejor llevaba el ritmo y a la que mejor quedaba el mandil. Juré que no iba a llorar, ni una lagrimica siquiera, pero antes de abrirse el cortinaje de terciopelo rojo que ocultaba a los artistas ya había empapado sin pudor alguno un par de pañuelitos empuntillados que guardaba escondidos en el escote, bajo la tira del sostén.
Como las mudanzas tienen una querencia mala a perder cualquier cosa que en algo se estime, el vestido que lucía Lartista para la ocasión tuvo que ser improvisado en el último momento. Disfraz originario de Caperucita, hábilmente customizado con flores de fieltro cosidas al bajo, pañuelo payés en rojo chispa sujeto con sendas pinzas floridas y zurrón. ¡Ay el zurrón! El zurrón merece capítulo aparte. Harta de recorrerme tiendas y showrooms sin localizar ninguno digno, me dirigí a una tienda de telas por consejo de Lamiga Sabia y diez minutos después ya estaba yo zurciendo frente a la chimenea, rodete en alto, con el piquito de la lengua asomando por la comisura de los labios, la rebeca calada sobre los hombros y las gafas de tricotar en la punta Lanariz. Para ser la primera vez que cogía una aguja desde aquellos tapetes en punto de cruz con que Lasmonjas nos amenizaban las clases de Pretecnología de los viernes tarde, no estuvo mal, oiga.
Como me sobraba algo de tela - frase de madre donde las haya- le hice unos calentadores a juego que sujeté a sus diminutas espinillas con sendas tiras de raso rojo. Vamos, que Laniña iba que quitaba del todo el sentío y no es que lo diga yo, que también fueron de la misma opinión su padre y ambas abuelas, conocidos todos ellos por su objetividad y juicio ecuánime.
La actuación estuvo bien, al menos la imagen velada que pude apreciar entre las múltiples lágrimas y continuos disparos de mi propio flash, ambos dos elementos cegadores que me hicieron ver la actuación como si estuviese en el fondo de una pecera. Cuando terminó quise subir al escenario para abrazarla y besuquearla pero unas manos me lo impidieron, quiero pensar que fue Marido, pero es posible que fuese la Guardia Civil, avisada con antelación por los asistentes de la fila de atrás que no oían nada con mis gritos de plañidera groupie.
Si esto ha sido así tal cual lo cuento, sin dejarme apenas nada, no quiero ni imaginarme el día en que Misniñas recojan emocionadas el Nobel de Medicina, juren la Constitución como primera Presidenta de Gobierno o disfruten del primer permiso penitenciario. Allí estaré yo con el visón hasta los tobillos y el rímel corrido, orgullosa de cualquier cosita que hagan y recordándoles continuamente que se calcen, se quiten el flequillo de la frente, anden erguidas y se coman el pollo.
lunes, 27 de diciembre de 2010
jueves, 16 de diciembre de 2010
Quince ideas para sobrevivir a una entrañable Navidad Conniños.
1.Empieza a tomar ansiolíticos antes del día 22.
2.Dado que tu prole tendrá vacaciones desde ese mismo día hasta el 10 de enero, es decir dos semanas grandes y gordas, vete pensando a qué alomadre o alopadre vas a recurrir. A tal efecto son muy socorridas Lasabuelas, Lasamigas o Lasquepasen por allí. Criar camadas conjuntamente con otras hembras del grupo es práctica común desde nuestros antepasados primates y mira qué bien nos ha ido y cómo hemos evolucionado de hermosos. No sufrir, pordioss!!
3.Si en la Función del colegio le toca en suerte pastorcillo/a, reutiliza disfraz del año pasado aunque al crío le quede el traje prieto, prieto, como si le hubieras disfrazado de Catwoman. Cuanto menos inviertas en coser nuevos trajecillos más tiempo tendrás para desvelarte y dejarte los ojos en otros menesteres.
4.No vayas a la Función del cole cargada con seis cámaras como si trabajaras en Reuters. Disfruta del baile del año y moquea libremente y a tu antojo viendo a tu enano aterrorizado en mitad de un belén viviente, mientras otras madres hacen fotos como japos y luego te las pasan por mail. Eso queda muy moderno y ayuda a socializar de una forma bárbara.
5.Si tienes la enoooooorme suerte de organizar alguno de los saraos o eventos festivaleros en tu casa, baja al parque, coge una piedra no arcillosa de tamaño considerable y rompe el horno. La pularda no deja de ser una gallinácea cebada a más no poder y además está pasadísima de moda. El mismo día D podrás correr al Rodilla más cercano con cara de circunstancias; la ley te ampara, no lo dudes.
6.Para las cenas que se desarrollen en casa ajena, léase padres o suegros, conviene hacerse previamente un esguince, preferentemente de tobillo. En caso de que lo intentes y lo intentes y no consigas romperte nada, siéntate en la silla más alejada del pasillo o cocina para evitar tener que levantarte a recoger. Si esto tampoco es posible porque tu cuñada la avispada se te ha adelantado, coge al primer bebé que pilles y siéntalo en tus rodillas. Si ya consigues que se quede dormido en tu regazo eso te da derecho a no levantarte hasta que te vayas a casa borrashaperdía a las tres de la mañana. Ojo con la vejiga en este último caso, no vaya a ser.
7.Si durante alguno de los ágapes te sientan en la mesa de Losniños argumentando tu reciente experiencia maternal, y te ves obligada a pasar parte de la noche apartando los piñones de la lombarda de todos los platitos, aguanta la respiración hasta perder el conocimiento y pasar a un feliz estado de inconsciencia.
8.Nunca vistas a tus hijos con pichis llenos de lazos, borlas o merceditas de terciopelo rojo. Recuerda que ellos serán los que elijan tu asilo.
9.Espera a que Tupequeño se tire encima el árbol de navidad por tercera vez o devore con ansia el musgo del belén, antes de poner ambos elementos ornamentales en sitio seguro. Tener algo nuevo por lo que regañarles te alejará de la monotonía, alegrará tus días y te devolverá a una nueva juventud.
10.Si eres afortunada y consigues reunir a todas tus amigas en un aquelarre navideño, aprovecha y besa mucho a tus amigas con hijos; abrázalas, recorre sus facciones con tus dedos temblorosos de emoción y hazte fotos con ellas para luego colgarlas en internet como si de una estrella del pop se tratase. Es posible que pase muuuuucho tiempo hasta que vuelvas a verlas.
11.Si al ir a vestirte para el evento ves que la ropa preembarazo no te pasa de las caderas y el espejo te devuelve la viva imagen de una morcilla con pelo ondulado, no te desanimes, píntate de rojo los labios y vete en albornoz. Así podrás empapuzarte de turrón y polvorones sin miedo a herir a nadie cuando te estalle la cremallera. ¡Qué un día es un día, mujer!
12.Dado que toda madre recienparida pierde todo atisbo de atractivo para el resto de machos de su especie no pertenecientes a su camada, aprovecha el momento muérdago y dale un abrazapretao a ese primo de tu marido al que tan bien está sentando el gimnasio. ¡Que un día es un día, mujer!
13.Si hay que cantar, se canta. Déjate el glamour en el paragüero de la entrada y agarra la pandereta yomerremendaba yomerremendé antes de lo hagan tus hijos y las consecuencias sean mucho peores para el común de los tímpanos. Hacerles un corro para que bailen también está permitido siempre que no les grabes en vídeo y ellos nunca jamás lleguen a saberlo ni a recordarlo. El asilo, you know…
14.El día de la Cabalgata recuerda salir de casa convenientemente pertrechada como un antidisturbios. Y disfraza de igual modo a todos tus vástagos, incluida Labuela. Pasarte la tarde en Urgencias por un caramelazo en un ojo no mola nada y ya sabemos todos que los pajes tienen muy mala follá y que tras subirse a la carroza adquieren una fuerza titánica digna del mejor de los pentatletas.
15.Si después de romperte la cabeza y los tacones pateándote las calles para elegir los mejores presentes, tu hijo te pregunta cómo es posible que los Reyes traigan regalos de Oriente envueltos en bonito papel de El Corte Inglés, tírate al suelo, hazte la muerta y espera muy muy quieta a que se canse y se vaya. Que las fiestas se acaban ya y no estás tú para respuestas metafísicas.
Por todas estas razones y a pesar de todas ellas, os deseo a todos muy Feliz Navidad … y que la fuerza os acompañe en vacaciones, compañeros.
2.Dado que tu prole tendrá vacaciones desde ese mismo día hasta el 10 de enero, es decir dos semanas grandes y gordas, vete pensando a qué alomadre o alopadre vas a recurrir. A tal efecto son muy socorridas Lasabuelas, Lasamigas o Lasquepasen por allí. Criar camadas conjuntamente con otras hembras del grupo es práctica común desde nuestros antepasados primates y mira qué bien nos ha ido y cómo hemos evolucionado de hermosos. No sufrir, pordioss!!
3.Si en la Función del colegio le toca en suerte pastorcillo/a, reutiliza disfraz del año pasado aunque al crío le quede el traje prieto, prieto, como si le hubieras disfrazado de Catwoman. Cuanto menos inviertas en coser nuevos trajecillos más tiempo tendrás para desvelarte y dejarte los ojos en otros menesteres.
4.No vayas a la Función del cole cargada con seis cámaras como si trabajaras en Reuters. Disfruta del baile del año y moquea libremente y a tu antojo viendo a tu enano aterrorizado en mitad de un belén viviente, mientras otras madres hacen fotos como japos y luego te las pasan por mail. Eso queda muy moderno y ayuda a socializar de una forma bárbara.
5.Si tienes la enoooooorme suerte de organizar alguno de los saraos o eventos festivaleros en tu casa, baja al parque, coge una piedra no arcillosa de tamaño considerable y rompe el horno. La pularda no deja de ser una gallinácea cebada a más no poder y además está pasadísima de moda. El mismo día D podrás correr al Rodilla más cercano con cara de circunstancias; la ley te ampara, no lo dudes.
6.Para las cenas que se desarrollen en casa ajena, léase padres o suegros, conviene hacerse previamente un esguince, preferentemente de tobillo. En caso de que lo intentes y lo intentes y no consigas romperte nada, siéntate en la silla más alejada del pasillo o cocina para evitar tener que levantarte a recoger. Si esto tampoco es posible porque tu cuñada la avispada se te ha adelantado, coge al primer bebé que pilles y siéntalo en tus rodillas. Si ya consigues que se quede dormido en tu regazo eso te da derecho a no levantarte hasta que te vayas a casa borrashaperdía a las tres de la mañana. Ojo con la vejiga en este último caso, no vaya a ser.
7.Si durante alguno de los ágapes te sientan en la mesa de Losniños argumentando tu reciente experiencia maternal, y te ves obligada a pasar parte de la noche apartando los piñones de la lombarda de todos los platitos, aguanta la respiración hasta perder el conocimiento y pasar a un feliz estado de inconsciencia.
8.Nunca vistas a tus hijos con pichis llenos de lazos, borlas o merceditas de terciopelo rojo. Recuerda que ellos serán los que elijan tu asilo.
9.Espera a que Tupequeño se tire encima el árbol de navidad por tercera vez o devore con ansia el musgo del belén, antes de poner ambos elementos ornamentales en sitio seguro. Tener algo nuevo por lo que regañarles te alejará de la monotonía, alegrará tus días y te devolverá a una nueva juventud.
10.Si eres afortunada y consigues reunir a todas tus amigas en un aquelarre navideño, aprovecha y besa mucho a tus amigas con hijos; abrázalas, recorre sus facciones con tus dedos temblorosos de emoción y hazte fotos con ellas para luego colgarlas en internet como si de una estrella del pop se tratase. Es posible que pase muuuuucho tiempo hasta que vuelvas a verlas.
11.Si al ir a vestirte para el evento ves que la ropa preembarazo no te pasa de las caderas y el espejo te devuelve la viva imagen de una morcilla con pelo ondulado, no te desanimes, píntate de rojo los labios y vete en albornoz. Así podrás empapuzarte de turrón y polvorones sin miedo a herir a nadie cuando te estalle la cremallera. ¡Qué un día es un día, mujer!
12.Dado que toda madre recienparida pierde todo atisbo de atractivo para el resto de machos de su especie no pertenecientes a su camada, aprovecha el momento muérdago y dale un abrazapretao a ese primo de tu marido al que tan bien está sentando el gimnasio. ¡Que un día es un día, mujer!
13.Si hay que cantar, se canta. Déjate el glamour en el paragüero de la entrada y agarra la pandereta yomerremendaba yomerremendé antes de lo hagan tus hijos y las consecuencias sean mucho peores para el común de los tímpanos. Hacerles un corro para que bailen también está permitido siempre que no les grabes en vídeo y ellos nunca jamás lleguen a saberlo ni a recordarlo. El asilo, you know…
14.El día de la Cabalgata recuerda salir de casa convenientemente pertrechada como un antidisturbios. Y disfraza de igual modo a todos tus vástagos, incluida Labuela. Pasarte la tarde en Urgencias por un caramelazo en un ojo no mola nada y ya sabemos todos que los pajes tienen muy mala follá y que tras subirse a la carroza adquieren una fuerza titánica digna del mejor de los pentatletas.
15.Si después de romperte la cabeza y los tacones pateándote las calles para elegir los mejores presentes, tu hijo te pregunta cómo es posible que los Reyes traigan regalos de Oriente envueltos en bonito papel de El Corte Inglés, tírate al suelo, hazte la muerta y espera muy muy quieta a que se canse y se vaya. Que las fiestas se acaban ya y no estás tú para respuestas metafísicas.
Por todas estas razones y a pesar de todas ellas, os deseo a todos muy Feliz Navidad … y que la fuerza os acompañe en vacaciones, compañeros.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Benito, el gordito
Hace días leí un artículo donde una fantástica Elsa Punset decía que la fase de enamoramiento entre dos personas era calcada química y sintomatológicamente a un desorden obsesivo compulsivo y que la única razón por la que no es considerada enfermedad común es porque tendrían que encerrarnos a todos. Ese sólo pensar en el otro, ese echar de menos su contacto físico y su olor hasta casi la obsesión; el poco miedo a abrirte y que otra persona te influya y te cambie, ese querer atarte sin miedo la soga al cuello…
Todo eso que los expertos denominan limerencia cuando hablan del amor en pareja, a mí me recuerda todo y más a la fase postparto, si exceptuamos claro los puntos de sutura, el andar de pingüino y los sujetadores de copas como carpas de circo. Porque eso es exactamente lo que se siente en el momento en que un señor tuneado con mascarilla, bata y guantes a juego, que habla como Dark Vader y que por cierto te acaba de hacer muchísimo daño, te pone sobre el pecho una especie de perrito caliente enrollado en cienes y cienes de paños blancos. Un trozo de ti que huele a ti y que te necesita mucho más de lo que nadie te necesitó jamás.
Punset continua diciendo que sería imposible, y sobre todo muy muy agotador, mantener ese mismo ritmo de locura y desajuste emocional el resto de la vida en pareja y que poco a poco esos sentimientos son sustituidos por otros, ni mejores ni peores, sólo diferentes. En el caso de la relación madreloca Vs hijo, esto no aplica, mevanaperdornar. Saber que pasarás el resto de tu vida enamorada como el primer día de alguien que se mete el dedo en la nariz, salta en los charcos y se ríe a carcajadas si oye la palabra pedo, asusta y agota… y mucho. Pero es lo que hay, vete acostumbrando. Éste no es un amor cualquiera, ah no, es inamovible y a veces tan poco razonable como el gordo que se niega a abandonar una alcaldía playera. Da igual los desplantes que el retoño te haga, lo poco que te llame al móvil o las veces que se limpie tus besos con la manga del abrigo; jamás pensarás que recibes menos de lo que das, es el amor más desinteresado y poco orgulloso que he conocido en mi vida. Si hubiese un “cole de amores” seguro que éste pobre se llamaría Benito y sería el gordito bonachón al que roban el bocata y zurran en el recreo.
Me arranco con un ejemplo; hace algunas semanas Marido y yo nos escapamos a Venecia a pasar cuatro días de amor, libertad condicional, gnocchis y botas de agua. El momento salir de casa con las maletas y dejar dentro a Lasniñas fue muy duro porque odio profundamente las despedidas, es algo congénito, qué le voy a hacer, soy capaz de llorar en cero coma segundos si veo a dos personas abrazarse y decirse adiós con la manita, razón principal por la que no me apunto a Gran Hermano.
El viaje resultó espectacular o más, aunque debo reconocer que en un par de ocasiones estuvimos a punto de preguntar a alguno de los padres que paseaban por la calle si no tendría inconveniente en dejarnos abrazar a su hijo unos segundos y luego devolverle al cochecito, sólo para apaciguarnos un poco el mono que llevábamos colgado de la mochila.
Al volver a casa, subimos las escaleras corriendo como si en la puerta alguien nos fuese a dar una medalla o en su defecto una botellica de agua y un bocata de algo rico.
Hoooola yastamooos en caaaasa…
Lamayor corrió como las locas a abrazarse a nuestras piernas y después de unos minutos de tregua cariñosa y besos a chorrón miró las maletas y preguntó ¿…Y mi regalito? Lapequeña, no. No dijo nada, cierto es que aún no sabe hablar pero eso no le excusa porque tampoco se movió; se agazapó en los brazos de quien la tuviera encima, saltando de una a otra abuela y ni me miró. Le hice cucamonas vergonzosas para un adulto, salté, brinqué, reí exageradamente…y nada. Intenté cogerla y me rechazó. Una, dos, mil veces. Al final accedió a echarse en brazos de su padre y desde allí arriba me miró altanera sin permitirme acercarme a ella ni un milímetro. Reconozco que me dolió como una pedrada en el lomo y que cada nuevo rechazo dolía más y más pero no desfallecí ni me tiré al suelo clamando al cielo entre desgarradores gritos de dolor. Esperé paciente, le di su tiempo hasta que me permitió estrujarla y meter la nariz en los pliegues de su cuello y a la media hora ya estaba todo olvidado. Sin rencores… ¿Dónde se ha visto eso?
En otro escenario, y con otro partenaire enfrente, tamaño desplante habría desencadenado una huída por mi parte y mi ego lastimado, acompañada de golpe de melena en giro Bisbal y frases sobreimpresionadas en rotulo luminoso tipo “pues anda que no valgo yo nada ...te habrás creído tú, mediometro…” Pero con Lasniñas es imposible, ni lo intento, claudico y me resigno a padecer este desorden emocional rayano en la locura durante el resto de mis días.
Perunacosa tevoyadecir… cuando venga melosa a pedirme dinero para el piercing o para el Interrail, lo que sea que suceda antes, hablaremos. Que Benito el gordito orgullo tiene poco, pero yo memoria tengo un rato.
Todo eso que los expertos denominan limerencia cuando hablan del amor en pareja, a mí me recuerda todo y más a la fase postparto, si exceptuamos claro los puntos de sutura, el andar de pingüino y los sujetadores de copas como carpas de circo. Porque eso es exactamente lo que se siente en el momento en que un señor tuneado con mascarilla, bata y guantes a juego, que habla como Dark Vader y que por cierto te acaba de hacer muchísimo daño, te pone sobre el pecho una especie de perrito caliente enrollado en cienes y cienes de paños blancos. Un trozo de ti que huele a ti y que te necesita mucho más de lo que nadie te necesitó jamás.
Punset continua diciendo que sería imposible, y sobre todo muy muy agotador, mantener ese mismo ritmo de locura y desajuste emocional el resto de la vida en pareja y que poco a poco esos sentimientos son sustituidos por otros, ni mejores ni peores, sólo diferentes. En el caso de la relación madreloca Vs hijo, esto no aplica, mevanaperdornar. Saber que pasarás el resto de tu vida enamorada como el primer día de alguien que se mete el dedo en la nariz, salta en los charcos y se ríe a carcajadas si oye la palabra pedo, asusta y agota… y mucho. Pero es lo que hay, vete acostumbrando. Éste no es un amor cualquiera, ah no, es inamovible y a veces tan poco razonable como el gordo que se niega a abandonar una alcaldía playera. Da igual los desplantes que el retoño te haga, lo poco que te llame al móvil o las veces que se limpie tus besos con la manga del abrigo; jamás pensarás que recibes menos de lo que das, es el amor más desinteresado y poco orgulloso que he conocido en mi vida. Si hubiese un “cole de amores” seguro que éste pobre se llamaría Benito y sería el gordito bonachón al que roban el bocata y zurran en el recreo.
Me arranco con un ejemplo; hace algunas semanas Marido y yo nos escapamos a Venecia a pasar cuatro días de amor, libertad condicional, gnocchis y botas de agua. El momento salir de casa con las maletas y dejar dentro a Lasniñas fue muy duro porque odio profundamente las despedidas, es algo congénito, qué le voy a hacer, soy capaz de llorar en cero coma segundos si veo a dos personas abrazarse y decirse adiós con la manita, razón principal por la que no me apunto a Gran Hermano.
El viaje resultó espectacular o más, aunque debo reconocer que en un par de ocasiones estuvimos a punto de preguntar a alguno de los padres que paseaban por la calle si no tendría inconveniente en dejarnos abrazar a su hijo unos segundos y luego devolverle al cochecito, sólo para apaciguarnos un poco el mono que llevábamos colgado de la mochila.
Al volver a casa, subimos las escaleras corriendo como si en la puerta alguien nos fuese a dar una medalla o en su defecto una botellica de agua y un bocata de algo rico.
Hoooola yastamooos en caaaasa…
Lamayor corrió como las locas a abrazarse a nuestras piernas y después de unos minutos de tregua cariñosa y besos a chorrón miró las maletas y preguntó ¿…Y mi regalito? Lapequeña, no. No dijo nada, cierto es que aún no sabe hablar pero eso no le excusa porque tampoco se movió; se agazapó en los brazos de quien la tuviera encima, saltando de una a otra abuela y ni me miró. Le hice cucamonas vergonzosas para un adulto, salté, brinqué, reí exageradamente…y nada. Intenté cogerla y me rechazó. Una, dos, mil veces. Al final accedió a echarse en brazos de su padre y desde allí arriba me miró altanera sin permitirme acercarme a ella ni un milímetro. Reconozco que me dolió como una pedrada en el lomo y que cada nuevo rechazo dolía más y más pero no desfallecí ni me tiré al suelo clamando al cielo entre desgarradores gritos de dolor. Esperé paciente, le di su tiempo hasta que me permitió estrujarla y meter la nariz en los pliegues de su cuello y a la media hora ya estaba todo olvidado. Sin rencores… ¿Dónde se ha visto eso?
En otro escenario, y con otro partenaire enfrente, tamaño desplante habría desencadenado una huída por mi parte y mi ego lastimado, acompañada de golpe de melena en giro Bisbal y frases sobreimpresionadas en rotulo luminoso tipo “pues anda que no valgo yo nada ...te habrás creído tú, mediometro…” Pero con Lasniñas es imposible, ni lo intento, claudico y me resigno a padecer este desorden emocional rayano en la locura durante el resto de mis días.
Perunacosa tevoyadecir… cuando venga melosa a pedirme dinero para el piercing o para el Interrail, lo que sea que suceda antes, hablaremos. Que Benito el gordito orgullo tiene poco, pero yo memoria tengo un rato.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Como el cangrejo
Superdiscrepo de la gente que dice que tener hijos te echa años encima. Tener hijos rejuvenece que es una barbaridad. Es posible que tu físico no se haya percatado aún de ello, pueser; el pobre estará todavía algo convulso después del tren que le ha pasado por encima, mientras trata de adecuarse a nuevos volúmenes y redondeces dignas del mejor y más grande de los delantales. Pero tu psiquis sí. Ella te vio el otro día saltando como una chinche, muerta de alegría porque habían caído cuatro copos y podías bajar a la calle a hacer bolas de nieve, tirárselas al portero de la finca y esconderte luego tras un contenedor.
Y es que mientras tratamos de que Losniños se hagan adultos y piensen, vivan y razonen como adultos, ellos nos enseñan a volver a hacer cosas de niños….Gritar de alegría si ves un parque al doblar una esquina de cualquier ciudad desconocida, agacharte a recoger la pegatina del papel de un bollo tirado en la calle mientras gritas yujuuu, recuperar el sabor del pan con nocilla al tomarte la merienda rechupada que ellos no quieren, tararear “Soy una taza, una tetera…” en mitad de una reunión, llegar a una cena elegantosa con la cáscara de un plátano saliendo por el bolsillo del abrigo, intercambiar pegatinas con las demás madres para la colección que Tuniña guarda bajo la almohada pero que en realidad estás haciendo tú…
Hasta los adultos más adultos, vestidos con corbatas y zapatos de adultos, que toman decisiones importantísimas y de muchos ceros de adultos, tienen su pequeña regresión personal al final del día, momento en que se tiran al suelo y persiguen a gatas un coche conducido por un enano azul de edad incierta y un pato amarillo; o hablan por el móvil y comentan con el consejero delegado el último informe del día mientras portan sobre la calva un velo de princesa que su retoño acaba de colocarle de través.
Pero todo tiene un límite, queridos. El domingo pasado llamé a una amiga a las diez de la noche y la encontré haciendo pretecnología aplicada con los agravantes de nocturnidad, alevosía y suplantación de personalidad. A su hija le habían mandado como deberes de fin de semana la realización de un álbum de fotos con imágenes de sus familiares y allegados más cercanos y la vaguería dominguera les había impedido remangarse y ponerse a ello hasta el último momento. Fatal. Habíamos quedado pero ella no pudo cenar porque tenía que recortar, así recortaba, así, así. En paralelo, su marido y a la sazón padre de la criatura, tuvo que salir en bata y zapatillas a asaltar el primer chino de guardia que se cruzara en su camino, con la que estaba cayendo y sin nada medianamente impermeable con que cubrirse los rulos. Objetivo: comprar unos Carioca de 36 colores que tuvieran tinta fresca y no reseca por la pérdida de lo que viene siendo la tapa común y que les facilitara la realización de pies de foto chulis y de gran amplitud cromática…Ay virgencita, cuánto se perdió con la desaparición del Letraset…
Ambos dos mano a mano, y con la niña ya roncando plácidamente, dieron rienda suelta a su creatividad en forma de mariposillas voladoras y flores de colores que entremezclaron de forma magistral con las fotos de los yayos y los titos de aquel verano en Menorca. Que digo yo que saldría más a cuenta recortar fotos del QueMeDices, que ya vienen maquetadas y comentadas con expresiones tipo peroquefuerrrrte, que fuerrrrte que fuerrrrte el Tito Enrrrrrique en bañadorrr, y alegar una filiación desconocida y espontánea con los Iglesias Preysler, que total, con todos los que son, tres miembros más o menos no se iban a notar… Otra opción es pasar el trance de la autoproducción artística del álbum cubalibre en mano y con música de fondo de Donato & Estéfano, hecho que quizá mole y genere risas memorables y múltiples.
Concluyo suplicando a quien corresponda que establezca ciertos límites, pordiosss. Pretecnología SÍ, si no se convierte en vicio y te obliga a asistir a reuniones de grupo de autoayuda para padres adictos al olor a témpera; madres con sudaderas de HelloKitty y pendientes de ositos, que dicen chachipiruli, no, por favor. Mantengamos la dignidad y la compostura aunque sólo sea en público, que nos hemos convertido en madres, sólo eso, no en avatares de Leticia Sabater…
Y es que mientras tratamos de que Losniños se hagan adultos y piensen, vivan y razonen como adultos, ellos nos enseñan a volver a hacer cosas de niños….Gritar de alegría si ves un parque al doblar una esquina de cualquier ciudad desconocida, agacharte a recoger la pegatina del papel de un bollo tirado en la calle mientras gritas yujuuu, recuperar el sabor del pan con nocilla al tomarte la merienda rechupada que ellos no quieren, tararear “Soy una taza, una tetera…” en mitad de una reunión, llegar a una cena elegantosa con la cáscara de un plátano saliendo por el bolsillo del abrigo, intercambiar pegatinas con las demás madres para la colección que Tuniña guarda bajo la almohada pero que en realidad estás haciendo tú…
Hasta los adultos más adultos, vestidos con corbatas y zapatos de adultos, que toman decisiones importantísimas y de muchos ceros de adultos, tienen su pequeña regresión personal al final del día, momento en que se tiran al suelo y persiguen a gatas un coche conducido por un enano azul de edad incierta y un pato amarillo; o hablan por el móvil y comentan con el consejero delegado el último informe del día mientras portan sobre la calva un velo de princesa que su retoño acaba de colocarle de través.
Pero todo tiene un límite, queridos. El domingo pasado llamé a una amiga a las diez de la noche y la encontré haciendo pretecnología aplicada con los agravantes de nocturnidad, alevosía y suplantación de personalidad. A su hija le habían mandado como deberes de fin de semana la realización de un álbum de fotos con imágenes de sus familiares y allegados más cercanos y la vaguería dominguera les había impedido remangarse y ponerse a ello hasta el último momento. Fatal. Habíamos quedado pero ella no pudo cenar porque tenía que recortar, así recortaba, así, así. En paralelo, su marido y a la sazón padre de la criatura, tuvo que salir en bata y zapatillas a asaltar el primer chino de guardia que se cruzara en su camino, con la que estaba cayendo y sin nada medianamente impermeable con que cubrirse los rulos. Objetivo: comprar unos Carioca de 36 colores que tuvieran tinta fresca y no reseca por la pérdida de lo que viene siendo la tapa común y que les facilitara la realización de pies de foto chulis y de gran amplitud cromática…Ay virgencita, cuánto se perdió con la desaparición del Letraset…
Ambos dos mano a mano, y con la niña ya roncando plácidamente, dieron rienda suelta a su creatividad en forma de mariposillas voladoras y flores de colores que entremezclaron de forma magistral con las fotos de los yayos y los titos de aquel verano en Menorca. Que digo yo que saldría más a cuenta recortar fotos del QueMeDices, que ya vienen maquetadas y comentadas con expresiones tipo peroquefuerrrrte, que fuerrrrte que fuerrrrte el Tito Enrrrrrique en bañadorrr, y alegar una filiación desconocida y espontánea con los Iglesias Preysler, que total, con todos los que son, tres miembros más o menos no se iban a notar… Otra opción es pasar el trance de la autoproducción artística del álbum cubalibre en mano y con música de fondo de Donato & Estéfano, hecho que quizá mole y genere risas memorables y múltiples.
Concluyo suplicando a quien corresponda que establezca ciertos límites, pordiosss. Pretecnología SÍ, si no se convierte en vicio y te obliga a asistir a reuniones de grupo de autoayuda para padres adictos al olor a témpera; madres con sudaderas de HelloKitty y pendientes de ositos, que dicen chachipiruli, no, por favor. Mantengamos la dignidad y la compostura aunque sólo sea en público, que nos hemos convertido en madres, sólo eso, no en avatares de Leticia Sabater…
lunes, 29 de noviembre de 2010
Reality show
Interior. Noche. Sofá del salón.
Marido y la que suscribe nos disponemos a sentarnos frente a la tele e ingerir cualquier tipo de conglomerado indigesto que los señores televiseros tengan a bien programar en la parrilla. Tres de las neuronas que nos quedan vivas claman a gritos ver algo que nos les requiera ni el más mínimo roce entre ellas, así que optamos por presionar el cinco en el mando, sabiendo que la altura intelectual de lo que sea que salga por la pantalla siempre será menor de cero. Llegamos justo a tiempo para ver el comienzo de un nuevo real show… “PADREVIVIENTES”. ¡Tomayá!
Tres hombres y tres mujeres, solteros, sin descendencia y hasta hoy desconocidos entre sí, son abandonados en una isla desierta durante ocho semanas. Tras ser arrojados desde un helicóptero y llegar a nado, y sin resuello, hasta la costa, deberán pasar por taquilla para recoger las únicas pertenencias que podrán considerar suyas durante su estancia en la isla: tres hijos ficticios como tres soles de gordos que deberán cuidar amorosamente si quieren ganar el concurso y luego dedicarse a largar vivencias por los platós.
Cada concursante deberá cuidar y amar a sus tres hijos, ayudarles con los deberes del colegio y dejarles en su clase correspondiente cada mañana sin confundirse. Cada noche, deberá bañar a los niños, preparar cenas, dar cenas, leer un libro, más una canción con mímica, más una baile opcional; por la mañana darles el desayuno, vestirles, enseñarles a que se cepillen los dientes y peinarles para que estén listos y oliendo a limpito a las ocho treinta de la mañana. Además, deberá llevar a cada niño a una cita con el pediatra, con la enfermera que vacuna, el dentista, un corte de pelo y una piscina de bolas.
Para amenizar la estancia y poner a prueba el estado de nervios paterno, cada niño practicará dos deportes acuáticos y uno cardiovascular e irá a clases de música o danza a días alternos. Cada niño tendrá a su vez tres amiguitos íntimos que cumplirán años dentro de las fechas del concurso, haciendo necesaria la realización de tartas y sándwiches por parte de los concursantes, además de diferentes disfraces de flores y/o frutas para los respectivos hijos de, por supuesto, tamaños y tallas diversas y nunca concordantes.
Cada concursante deberá ir de tiendas con al menos dos niños y arreglárselas para que alguien le cuide al tercero, probarse tres pares de pantalones sin que ninguno de ellos se le escape del probador y conseguir pagar sin que muerdan a nadie en la cola. Además, deberán asistir a reuniones en el cole, guardería y comunidad de vecinos y encontrar tiempo al menos una vez por semana para pasar una tarde en el parque o entorno socializador similar. Deberá entablar conversaciones educadas y mínimamente inteligentes con los demás padres de la isla, evitando a toda costa los insultos personales y las competiciones para ver qué hijo es mejor y cual es capaz de eructar más alto. El edredoning está totalmente permitido, si es que les queda algo de vida y prestancia de ánimo al finalizar cada jornada maratoniana… porque lo que es ginseng no hay…
Tras ocho semanas de extenuación constante, se realizará un test individual en el que cada concursante deberá recordar una serie de datos imprescindibles. A saber: el día del cumpleaños de cada niño, su altura, peso, talla de zapatos y de ropa, nombre de su pediatra, peso del niño al nacer, su longitud, el tiempo que duró el parto y posibles alergias alimenticias. El color favorito de cada niño, su segundo nombre, el mote que le han puesto los macarras de su clase, su comida favorita, canción favorita, bebida favorita, juguete preferido, cuento preferido, el miedo que da más susto y lo que quieren ser de mayores. Nombre de su profesor/a, nombre de sus mejores amiguitos de clase y el nombre de al menos tres dibujitos de la tele, nombre del canal en el que los echan y número del dial.
Como prueba final y de postgrado, deberá ser capaz de llamar a cada uno de los niños sin comenzar su nombre por las sílabas iniciales de los nombres de sus dos hermanos ficticios. Pabli- Nuri- Macarenaaaaa. No, eso no. Muy mal.
Finalmente, los tres niños de cada concursante le nominarán o no para abandonar la isla, basándose en lo bien o mal que haya cumplido con sus obligaciones y la cantidad de chuches y/o monedas de euro con que haya sido capaz de sobornarles para conseguir sus fines.
El ganador no recibe un duro, sólo una flor de miga de pan con su nombre grabado en cada hoja, elaborado por las manitas y los abalorios de sus vástagos ficticios. También el privilegio de ser llamado Mamá y Papá, con mayúsculas, al menos durante esas ocho semanas.
De vuelta a su realidad y a su pueblo, cada concursante - si no ha quedado bizco y demasiado tocado a nivel anímico y cognoscitivo - tendrá la opción de volver a repetir la experiencia, en cuyo caso el concurso durará el resto de su vida.
Divertido, ¿no?... Participen, hombre, participen…
Marido y la que suscribe nos disponemos a sentarnos frente a la tele e ingerir cualquier tipo de conglomerado indigesto que los señores televiseros tengan a bien programar en la parrilla. Tres de las neuronas que nos quedan vivas claman a gritos ver algo que nos les requiera ni el más mínimo roce entre ellas, así que optamos por presionar el cinco en el mando, sabiendo que la altura intelectual de lo que sea que salga por la pantalla siempre será menor de cero. Llegamos justo a tiempo para ver el comienzo de un nuevo real show… “PADREVIVIENTES”. ¡Tomayá!
Tres hombres y tres mujeres, solteros, sin descendencia y hasta hoy desconocidos entre sí, son abandonados en una isla desierta durante ocho semanas. Tras ser arrojados desde un helicóptero y llegar a nado, y sin resuello, hasta la costa, deberán pasar por taquilla para recoger las únicas pertenencias que podrán considerar suyas durante su estancia en la isla: tres hijos ficticios como tres soles de gordos que deberán cuidar amorosamente si quieren ganar el concurso y luego dedicarse a largar vivencias por los platós.
Cada concursante deberá cuidar y amar a sus tres hijos, ayudarles con los deberes del colegio y dejarles en su clase correspondiente cada mañana sin confundirse. Cada noche, deberá bañar a los niños, preparar cenas, dar cenas, leer un libro, más una canción con mímica, más una baile opcional; por la mañana darles el desayuno, vestirles, enseñarles a que se cepillen los dientes y peinarles para que estén listos y oliendo a limpito a las ocho treinta de la mañana. Además, deberá llevar a cada niño a una cita con el pediatra, con la enfermera que vacuna, el dentista, un corte de pelo y una piscina de bolas.
Para amenizar la estancia y poner a prueba el estado de nervios paterno, cada niño practicará dos deportes acuáticos y uno cardiovascular e irá a clases de música o danza a días alternos. Cada niño tendrá a su vez tres amiguitos íntimos que cumplirán años dentro de las fechas del concurso, haciendo necesaria la realización de tartas y sándwiches por parte de los concursantes, además de diferentes disfraces de flores y/o frutas para los respectivos hijos de, por supuesto, tamaños y tallas diversas y nunca concordantes.
Cada concursante deberá ir de tiendas con al menos dos niños y arreglárselas para que alguien le cuide al tercero, probarse tres pares de pantalones sin que ninguno de ellos se le escape del probador y conseguir pagar sin que muerdan a nadie en la cola. Además, deberán asistir a reuniones en el cole, guardería y comunidad de vecinos y encontrar tiempo al menos una vez por semana para pasar una tarde en el parque o entorno socializador similar. Deberá entablar conversaciones educadas y mínimamente inteligentes con los demás padres de la isla, evitando a toda costa los insultos personales y las competiciones para ver qué hijo es mejor y cual es capaz de eructar más alto. El edredoning está totalmente permitido, si es que les queda algo de vida y prestancia de ánimo al finalizar cada jornada maratoniana… porque lo que es ginseng no hay…
Tras ocho semanas de extenuación constante, se realizará un test individual en el que cada concursante deberá recordar una serie de datos imprescindibles. A saber: el día del cumpleaños de cada niño, su altura, peso, talla de zapatos y de ropa, nombre de su pediatra, peso del niño al nacer, su longitud, el tiempo que duró el parto y posibles alergias alimenticias. El color favorito de cada niño, su segundo nombre, el mote que le han puesto los macarras de su clase, su comida favorita, canción favorita, bebida favorita, juguete preferido, cuento preferido, el miedo que da más susto y lo que quieren ser de mayores. Nombre de su profesor/a, nombre de sus mejores amiguitos de clase y el nombre de al menos tres dibujitos de la tele, nombre del canal en el que los echan y número del dial.
Como prueba final y de postgrado, deberá ser capaz de llamar a cada uno de los niños sin comenzar su nombre por las sílabas iniciales de los nombres de sus dos hermanos ficticios. Pabli- Nuri- Macarenaaaaa. No, eso no. Muy mal.
Finalmente, los tres niños de cada concursante le nominarán o no para abandonar la isla, basándose en lo bien o mal que haya cumplido con sus obligaciones y la cantidad de chuches y/o monedas de euro con que haya sido capaz de sobornarles para conseguir sus fines.
El ganador no recibe un duro, sólo una flor de miga de pan con su nombre grabado en cada hoja, elaborado por las manitas y los abalorios de sus vástagos ficticios. También el privilegio de ser llamado Mamá y Papá, con mayúsculas, al menos durante esas ocho semanas.
De vuelta a su realidad y a su pueblo, cada concursante - si no ha quedado bizco y demasiado tocado a nivel anímico y cognoscitivo - tendrá la opción de volver a repetir la experiencia, en cuyo caso el concurso durará el resto de su vida.
Divertido, ¿no?... Participen, hombre, participen…
lunes, 22 de noviembre de 2010
Libertad condicional
Esta mañana me he levantado con cierta neurastenia, de eso que no te encuentras a ti misma, ahora triste, ahora ya no, ahora ríes, ahora no. El puñetero espejo, en un intento por devolverme algo malo malísimo que le he hecho en otra vida, ha decidido escupirme a la cara la imagen de dos ojeras chorreantes como los relojes blandos de Dalí, acompañadas de una piel gris y con manchas, como de gato, y de un pelo que misteriosamente ha decidido autocardarse por voluntad propia... Todo mal, muy mal.
En otro momento de mi vida habría solucionado tal desazón con un carajillo en el bar de abajo y un par de cigarros sin filtro antes de meterme de lleno en la vorágine matinal, pero eso ya me da reparo, oye, que desde que una se convierte en madre y se le adjudica cierto respeto social, salir de un bar a las 8 de la mañana está fatalmente visto, aunque salgas peinada y sin el rímel corrido y no lleves allí dentro desde la noche anterior.
Como el momento nicotina queda descartado porque en la terraza hace un frío polar y se me podrían congelar las meninges, y meter la cabeza en el mueble bar también por si luego tengo que conducir maquinaria pesada, no me queda más remedio que entregarme por entero al mundomatutano, con respeto y emoción, engullendo todo tipo de crispitos y crujitos al jamón, haaala, como si mañana fueran a cerrar la fábrica y a esconder la llave matarile rile rile.
Por temor a que alguna de mis criaturas me vea mascando con fruición y a doble moflete algo que a ellas les prohíbo sistemáticamente, me veo en la obligación de esconderme en el wc para poder comer libremente y a manos llenas.
¿Qué haces aquí, mamá? …Estaba tardando ya…
Cosas mías, cariño - digo mientras me elimino todo rastro de migas naranjas del bigote y la punta de la nariz.
¿Y estás comiendo Doritos sin que sea el cumple de un niño?
Maldiciendo esta capacidad suya de observación que en otros momentos me hace enorgullecer hasta una peligrosa hinchazón casi rayana al explote, arrugo y escondo la dichosa bolsita que hace un ruido tremendo, como de tormenta en voz en off, y me voy cabizbaja hasta el salón con la sensación de haber sido pillada en algo muy feo.
Y es que manda huevos (Trillo dixit, yo también puedo) hace quince años me escondía de mis padres para poder fumar y… ¿ahora me escondo de mis hijas para poder comer ganchitos? … ¿Pero esto qué es? ¿Qué invento es éste? ¿Dónde se ha quedado mi libertad individual e intransferible? - me pregunto a pleno grito mientras alzo mi puño al cielo con un atardecer rojo al fondo. Pues lo que viene siendo anulada por completo - contesta el público al unísono, como un solo ser.
Y es que cuando una sale del hospital con el retoño en brazos en realidad no salen dos personas, si no una; bueno, un engendro de ciencia ficción con un cerebro y dos cuerpos. A partir de ese momento sufrirás un desdoblamiento tal que a veces creerás enloquecer. Cuando se caiga al suelo, te dolerá a ti. Si tiene fiebre, tú serás la que no duerma. Si llora, sentirás su tristeza. Cuando estés mucho tiempo a su lado querrás huir y en cuanto te vayas estarás deseando volver. Muy neurótico y muy poco libre todo. Es como una de esas pelis en las que se pseudolibera al reo poniéndole antes un collar que explotará si se aleja más de x kilómetros a la redonda de la cárcel. Y es que aunque la Constitución y tu ficha de antecedentes del Ministerio del Interior digan lo contrario, en realidad ya nunca serás libre porque nunca podrás dejar de pensar en ellos. Resígnate. Nunca podrás escapar … y mucho menos comer doritos libremente por la casa, sin que sea el cumpleaños de alguno de tus amiguitos.
En otro momento de mi vida habría solucionado tal desazón con un carajillo en el bar de abajo y un par de cigarros sin filtro antes de meterme de lleno en la vorágine matinal, pero eso ya me da reparo, oye, que desde que una se convierte en madre y se le adjudica cierto respeto social, salir de un bar a las 8 de la mañana está fatalmente visto, aunque salgas peinada y sin el rímel corrido y no lleves allí dentro desde la noche anterior.
Como el momento nicotina queda descartado porque en la terraza hace un frío polar y se me podrían congelar las meninges, y meter la cabeza en el mueble bar también por si luego tengo que conducir maquinaria pesada, no me queda más remedio que entregarme por entero al mundomatutano, con respeto y emoción, engullendo todo tipo de crispitos y crujitos al jamón, haaala, como si mañana fueran a cerrar la fábrica y a esconder la llave matarile rile rile.
Por temor a que alguna de mis criaturas me vea mascando con fruición y a doble moflete algo que a ellas les prohíbo sistemáticamente, me veo en la obligación de esconderme en el wc para poder comer libremente y a manos llenas.
¿Qué haces aquí, mamá? …Estaba tardando ya…
Cosas mías, cariño - digo mientras me elimino todo rastro de migas naranjas del bigote y la punta de la nariz.
¿Y estás comiendo Doritos sin que sea el cumple de un niño?
Maldiciendo esta capacidad suya de observación que en otros momentos me hace enorgullecer hasta una peligrosa hinchazón casi rayana al explote, arrugo y escondo la dichosa bolsita que hace un ruido tremendo, como de tormenta en voz en off, y me voy cabizbaja hasta el salón con la sensación de haber sido pillada en algo muy feo.
Y es que manda huevos (Trillo dixit, yo también puedo) hace quince años me escondía de mis padres para poder fumar y… ¿ahora me escondo de mis hijas para poder comer ganchitos? … ¿Pero esto qué es? ¿Qué invento es éste? ¿Dónde se ha quedado mi libertad individual e intransferible? - me pregunto a pleno grito mientras alzo mi puño al cielo con un atardecer rojo al fondo. Pues lo que viene siendo anulada por completo - contesta el público al unísono, como un solo ser.
Y es que cuando una sale del hospital con el retoño en brazos en realidad no salen dos personas, si no una; bueno, un engendro de ciencia ficción con un cerebro y dos cuerpos. A partir de ese momento sufrirás un desdoblamiento tal que a veces creerás enloquecer. Cuando se caiga al suelo, te dolerá a ti. Si tiene fiebre, tú serás la que no duerma. Si llora, sentirás su tristeza. Cuando estés mucho tiempo a su lado querrás huir y en cuanto te vayas estarás deseando volver. Muy neurótico y muy poco libre todo. Es como una de esas pelis en las que se pseudolibera al reo poniéndole antes un collar que explotará si se aleja más de x kilómetros a la redonda de la cárcel. Y es que aunque la Constitución y tu ficha de antecedentes del Ministerio del Interior digan lo contrario, en realidad ya nunca serás libre porque nunca podrás dejar de pensar en ellos. Resígnate. Nunca podrás escapar … y mucho menos comer doritos libremente por la casa, sin que sea el cumpleaños de alguno de tus amiguitos.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Tigres, tigres…leones, leones…
En un par de meses se nos casa la pequeña Meri, la más dulce y entrañable de cuantas amigas conservo del instituto. Su despedida de soltera fue discretamente organizada por una prima suya de la que no tuvimos noticia hasta el día en que nos inundó el mail con los detalles del ágape. Cena y copas ganaron de lejos a una infravotada velada con bomberos semidesnudos y zapatos llenos de champán. Cómo se nota que nos hacemos mayores… cagüen…
Al llegar al restaurante ya teníamos lista una enorme mesa redonda que incluía un disco giratorio central tipo japonés, colocado sólo para ayudarnos en la difícil tarea de actualizar perfiles vitales antes de entregarnos por entero al vino. Por riguroso orden fuimos colocando nuestro móvil frente a nosotras, con las fotos de los hijos respectivos en modo perfectamente visible. Como si de una ouija inducida por hábiles dedos se tratase, el plato comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj, permitiéndonos conocer los adelantos de todos los vástagos de las allí presentes, sin necesidad de piar como gallinas pidiendo fotos por doquier. Tremenda idea la del disco, ojo, desde aquí insto a la cadena VIPs a valorar la idea e instaurar una “mesa para madres con fotos de hijos” en todos sus restaurantes.
Previendo que quince mujeres sentadas a una misma mesa traerían consigo demasiados decibelios escondidos en los bolsos, el maitre, resabiado él, nos confinó al más recóndito lugar del restaurante, asegurándonos que se trataba del mejor reservado disponible. Lo mismo debió venderle a la mesa contigua, otras quince mujeres en ruidosa celebración, pero carentes de disco giratorio central porque a juzgar por lo limitado de su edad y lo exiguo de su perímetro abdominal, bien podrían intercambiar politonos, pero lo que son fotos de hijos...
Los cruces de miradas y cuchicheos marujiles se hicieron cada vez más evidentes a medida que las botellas de Protos fueron desfilando coquetas por las mesas. Mesadelasmadres Vs Mesadelasconcintura: la tragedia se mascaba en el aire. De haber nacido hombres, habríamos solucionado la rivalidad inexistente amparándonos en el ancestral “solteros contra casados”, o como dos ejércitos de torsos desnudos tiran de ambos extremos de una cuerda hasta que uno de los equipos cae al barro. Y después… ¡A tomar juntos caja y media de botellines! Pero somos mujeres y no se nos da bien el barro – excepto si tenemos a Patrick Swayze sentado a horcajadas tras de nosotras susurrándonos al oído- así que preferimos limar asperezas lanzándonos miradas envenenadas e hirientes dardos voladores de mesa a mesa.
Codazo, codazo…. Para mí que ese aparente desaliño tan propio de los 90 ya no está de moda, ¿No? Codazo, codazo… No, nena, no, ahora lo reinterpretan en una versión más limpia y lujosa a base de sprays texturizantes de pelo y toque rosa en las mejillas. Risitas. No gires tanto la cara que no te oigo, coño. Pues yo no me paso dos horas delante del espejo para simular que no me he peinado, la verdad. Donde esté la triple capa de rímel…que no parpadeo desde las 7 por miedo a que se me queden abrochados los ojos... Codazo, codazo… Pide que le traigan unas lentejitas a la de azul, por favor, que ni con plomos en el tanga pasaba la báscula de Cibeles. Ssschss…Más bajo, pordiosss. Ese jersey se lo pongo yo a Mimayor y aún le está estrecho de sisa. Carcajada. Codazo. Carcajada. Búsqueda y detección visual de nueva víctima y vuelta a empezar…. Codazo, codazo… ¿Pero tú has visto a la de los anillos?...
Respecto a los comentarios sibilinos de la mesa contigua ni imaginármelos quiero. Que no. Que el Telva de este mes dice que la mujer que ronda los 35 está en la plenitud de su vida mental y física y pienso creérmelo a pies juntillas, con fe ciega, sin cuestionarme nada, mientras no se me demuestre lo contrario.
Antes de dar por concluida la cena alguien propuso un brindis. ¡¡Por nosotras!! Y por una vez, las treinta copas chocaron. Afortunadamente, aún queda algo en lo que las mujeres siempre estarán de acuerdo, sea cual sea su edad y el número de hijos, o en su defecto gatos, que les esperen pacientes en casa.
Al llegar al restaurante ya teníamos lista una enorme mesa redonda que incluía un disco giratorio central tipo japonés, colocado sólo para ayudarnos en la difícil tarea de actualizar perfiles vitales antes de entregarnos por entero al vino. Por riguroso orden fuimos colocando nuestro móvil frente a nosotras, con las fotos de los hijos respectivos en modo perfectamente visible. Como si de una ouija inducida por hábiles dedos se tratase, el plato comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj, permitiéndonos conocer los adelantos de todos los vástagos de las allí presentes, sin necesidad de piar como gallinas pidiendo fotos por doquier. Tremenda idea la del disco, ojo, desde aquí insto a la cadena VIPs a valorar la idea e instaurar una “mesa para madres con fotos de hijos” en todos sus restaurantes.
Previendo que quince mujeres sentadas a una misma mesa traerían consigo demasiados decibelios escondidos en los bolsos, el maitre, resabiado él, nos confinó al más recóndito lugar del restaurante, asegurándonos que se trataba del mejor reservado disponible. Lo mismo debió venderle a la mesa contigua, otras quince mujeres en ruidosa celebración, pero carentes de disco giratorio central porque a juzgar por lo limitado de su edad y lo exiguo de su perímetro abdominal, bien podrían intercambiar politonos, pero lo que son fotos de hijos...
Los cruces de miradas y cuchicheos marujiles se hicieron cada vez más evidentes a medida que las botellas de Protos fueron desfilando coquetas por las mesas. Mesadelasmadres Vs Mesadelasconcintura: la tragedia se mascaba en el aire. De haber nacido hombres, habríamos solucionado la rivalidad inexistente amparándonos en el ancestral “solteros contra casados”, o como dos ejércitos de torsos desnudos tiran de ambos extremos de una cuerda hasta que uno de los equipos cae al barro. Y después… ¡A tomar juntos caja y media de botellines! Pero somos mujeres y no se nos da bien el barro – excepto si tenemos a Patrick Swayze sentado a horcajadas tras de nosotras susurrándonos al oído- así que preferimos limar asperezas lanzándonos miradas envenenadas e hirientes dardos voladores de mesa a mesa.
Codazo, codazo…. Para mí que ese aparente desaliño tan propio de los 90 ya no está de moda, ¿No? Codazo, codazo… No, nena, no, ahora lo reinterpretan en una versión más limpia y lujosa a base de sprays texturizantes de pelo y toque rosa en las mejillas. Risitas. No gires tanto la cara que no te oigo, coño. Pues yo no me paso dos horas delante del espejo para simular que no me he peinado, la verdad. Donde esté la triple capa de rímel…que no parpadeo desde las 7 por miedo a que se me queden abrochados los ojos... Codazo, codazo… Pide que le traigan unas lentejitas a la de azul, por favor, que ni con plomos en el tanga pasaba la báscula de Cibeles. Ssschss…Más bajo, pordiosss. Ese jersey se lo pongo yo a Mimayor y aún le está estrecho de sisa. Carcajada. Codazo. Carcajada. Búsqueda y detección visual de nueva víctima y vuelta a empezar…. Codazo, codazo… ¿Pero tú has visto a la de los anillos?...
Respecto a los comentarios sibilinos de la mesa contigua ni imaginármelos quiero. Que no. Que el Telva de este mes dice que la mujer que ronda los 35 está en la plenitud de su vida mental y física y pienso creérmelo a pies juntillas, con fe ciega, sin cuestionarme nada, mientras no se me demuestre lo contrario.
Antes de dar por concluida la cena alguien propuso un brindis. ¡¡Por nosotras!! Y por una vez, las treinta copas chocaron. Afortunadamente, aún queda algo en lo que las mujeres siempre estarán de acuerdo, sea cual sea su edad y el número de hijos, o en su defecto gatos, que les esperen pacientes en casa.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Frases de madre
Sentencias, trabalenguas, acertijos y amenazas varias que jamás hay que olvidar para intentar no volver a repetir. Evitaremos así que se propaguen y vaguen errantes por los siglos de los siglos…
No pongas esa cara que te va a dar un aire: Siempre he sido muy dada a las muecas y a la dramaturgia en general, así que esta frase la oí hasta la hartura! En mi defensa debo decir que jamás entendí qué significaba aquello de que me diera un aire. Durante años le tuve pánico a cualquier tipo de brisa, a asomar la cabeza por la ventanilla del coche y a los secadores de pelo.
Nunca cierres con cerrojo la puerta del baño / Cierra siempre con cerrojo cuando nosotros nos vayamos…¡¡Cuánta contradicción en las órdenes que se refieren a puertas!! Así no hay quien se aclare, hombre ya... ¿Y si vosotros os vais y yo me quedo en el baño? ¿Qué pasa entonces? ¿Mi plano de realidad entra en bucle y estalla?
Otra muy buena a la par que contradictoria era aquella de … Cállate la boca y contéstame!... Sólo aplicable a las madres que eran mentalistas de profesión….
Después de la leche nada eches: Que ya sabemos todos que esto del “orden de los factores” no afecta a los dichos maternos. No es lo mismo que bebas leche y luego zumo, a que bebas zumo y luego leche, aunque luego queden todos juntos en el estómago en plan bacanal y se lo pasen teta entre ácidos. En el primer caso el estómago se colapsa y explota, y en el segundo sólo se asusta.
¿Y si te pasa algo en la calle, qué, eh? : En mis tres décadas de existencia jamás me ha pasado nada en la calle, o por lo menos nada que implicara desnudarme en público. A cambio he tenido que cargar con un sentimiento de pavor absoluto ante la idea de salir de casa con la ropa interior deshilachada. Es ver un tanga con la goma floja y empezar a hiperventilar, oye.
Verás cómo me quite la zapatilla… Mi favorita. Daba igual lo que estuvieras haciendo, sabías que “coger la zapatilla” respondía a una absoluta incorrección de tus actos y conllevaba horribles consecuencias, aunque la amenaza jamás llegara a cumplirse. Siguiendo con los miedos infundados, no puedo ver una zapatilla de estar por casa. Me causan ansiedad. Toda la vida he ido con botas de pocero por el parqué, me siento mucho más segura.
Mejor que llores tú a que tenga que hacerlo yo. Drama dramático donde los haya. Esto servía para justificar que te bajaran en volandas del árbol, que te quitaran la navaja suiza de las manos y que no te dejaran bucear en la negra oscuridad del enchufe… Es la frase más cortarrollos del imaginario materno.
Tráeme el chisme ese que está ahí… ¿Dónde mamá? ¡En el segundo cajón! ¿Pero de dónde mamá? En el salón, hija, en el salón, en el armario de al lado del de las copas ¿De qué copas, mami? Mira déjalo, que tardo menos yendo yo!
Ni maquinitas ni maquinitos. Que ya está bien de subirse al elefante que trota, hombre, que no te voy a dar otros cinco duros ni ahora ni nunca… Tremenda sentencia para negar o dar por concluido algo, que espero poder lanzar algún día a la cara de mi jefe. ¡Ni reunión ni reuniona!…
Como vaya, voy a ir. Frase de la familia de la zapatilla pero un poco más enrevesada en su sintaxis. Deja de hacer lo que sea que estés haciendo y sal por patas. No hay más consejo que dar.
¡¡Cuelga el teléfono de una vez!! …que os acabáis de ver y lleváis una hora... Y lo peor es que era absolutamente cierto. Contra ésta no tengo nada que objetar...pero qué duro era tener quince años sin tarifa plana!!
Ni jo, ni ja. Y dale otra vez con buscar masculinos y femeninos a todo!! Que vivan las madres adelantadas a su tiempo que ya en los ochenta defendían la bisexualidad!
Un día cojo la puerta y me voy: Cada mañana me levantaba sudorosa y angustiada temiendo que mi madre hubiera desaparecido y se hubiera llevado la puerta en su huída. Nunca lo hacía… porque nos quería mucho y porque la puerta era blindada.
No te lo vuelvo a decir. También en su versión “Es la última vez que te lo digo”. Creo que es la frase más repetida de la historia de la humanidad, que curiosamente puede darse hasta cinco y seis veces en la misma discusión aunque siempre se disfrace de orgulloso ultimátum.
Sácate el dedo de la nariz que se te va a dar de sí. Dudo que exista precedente médico alguno que lo sostenga pero yo no me saqué ni un moco en toda mi infancia por miedo a que el orificio explorado se quedara del tamaño de mi dedo. Podría haberlo solucionado en todo caso explorando el orificio parejo… cachis, qué pena no haberlo pensado antes…
¿Piensas salir así? ¿Con los riñones al aire?... Como si ambos órganos fuesen tatuados sobre la piel y no bajo capas y capas de dermis varias. Aún hoy siento respeto por las camisetas ombligueras porque creo que son responsables de la mitad de los casos de cistitis a nivel mundial.
¿Mamá me das dinero? ¡Y un jamón con chorreras! Juro que a día de hoy, aún desconozco el significado de esta expresión ¿Para qué las chorreras? ¿Y por qué en un jamón?
Tienes la habitación que parece un dormitorio de monos!!. Y es que durante la infancia se tiene una irremediable tendencia biológica a no recoger nada que previamente se haya caído al suelo. Sólo si es una chuche y está llena de arena, en cuyo caso, se puede recoger y comer con total seguridad.
Cuando tú vas yo ya he vuelto tres veces: Ésta era la frase preferida de la madre de Chenoa, pero no por ello incierta o carente de veracidad, que viene a ser lo mismo. Da igual lo que quieras esconder, una madre lo ve todo porque tiene muchos más ojos que tú. Asúmelo.
A que voy yo y lo encuentro….Y lo mejor es que iba, y lo encontraba. Años después descubres que dar a luz te concede un tremendo poder mental para encontrar cosas ocultas a ojos profanos e inexpertos.
No abras a nadie. Como resultado de esta orden, en mi casa hace siglos que nadie lee el contador del agua y he sido denunciada en innumerables ocasiones por la Comunidad. Gracias, mamá.
Como te tragues el chicle se te van a pegar las tripas. ¡Cómo se aprovechaban de nuestros escasos conocimientos en cuanto a funciones básicas estomacales y procesos digestivos se refiere! Era tragarte el chicle e imaginarte acto seguido tus tripas amalgamadas y convertidas en blandiblú. Si hay algún médico en la sala, es hora de acabar con el mito, por favor.
Cálzate, que el frio entra por los pies... Y si ya confluían en el mismo espacio/ tiempo, pies descalzos y pelo mojado, para que os voy a contar…
No te acerques tanto a la tele que te vas a quedar ciega. Si hay algún oculista en la sala, que hable ahora o calle para siempre... porque yo tengo mis reservas, la verdad.
Ya verás cuando se lo diga tu padre. A veces se lo decía, a veces no. A veces aparecía papá en la habitación con cara de Predator, a veces no. Una suerte. Una lotería. Y a ti sólo te quedaba rezar…
Para mí que esa chica no te conviene como amiga… A las dos semanas exactas de gritar y llorar en defensa de “esa chica”, aparecías en casa con su puñal clavadito en la espalda. Por supuesto, mamá estaba allí para curar heridas y dar besos sanadores.
…Y concluyo por no aburrir…
Lo mejor es que ahora, tras leer esto y hacer breve examen de conciencia, creo que he repetido el 90% de estas sentencias en mis tres años de experiencia en esto del gremio materno. Faaatal!
Debido a la edad de mis criaturitas, esperaré un rato más para atreverme con el archifamoso …. “Mieeeentras viiiivas baaajo miii teeecho…”, no sea que se me vayan en serio y se lleven la puerta.
No pongas esa cara que te va a dar un aire: Siempre he sido muy dada a las muecas y a la dramaturgia en general, así que esta frase la oí hasta la hartura! En mi defensa debo decir que jamás entendí qué significaba aquello de que me diera un aire. Durante años le tuve pánico a cualquier tipo de brisa, a asomar la cabeza por la ventanilla del coche y a los secadores de pelo.
Nunca cierres con cerrojo la puerta del baño / Cierra siempre con cerrojo cuando nosotros nos vayamos…¡¡Cuánta contradicción en las órdenes que se refieren a puertas!! Así no hay quien se aclare, hombre ya... ¿Y si vosotros os vais y yo me quedo en el baño? ¿Qué pasa entonces? ¿Mi plano de realidad entra en bucle y estalla?
Otra muy buena a la par que contradictoria era aquella de … Cállate la boca y contéstame!... Sólo aplicable a las madres que eran mentalistas de profesión….
Después de la leche nada eches: Que ya sabemos todos que esto del “orden de los factores” no afecta a los dichos maternos. No es lo mismo que bebas leche y luego zumo, a que bebas zumo y luego leche, aunque luego queden todos juntos en el estómago en plan bacanal y se lo pasen teta entre ácidos. En el primer caso el estómago se colapsa y explota, y en el segundo sólo se asusta.
¿Y si te pasa algo en la calle, qué, eh? : En mis tres décadas de existencia jamás me ha pasado nada en la calle, o por lo menos nada que implicara desnudarme en público. A cambio he tenido que cargar con un sentimiento de pavor absoluto ante la idea de salir de casa con la ropa interior deshilachada. Es ver un tanga con la goma floja y empezar a hiperventilar, oye.
Verás cómo me quite la zapatilla… Mi favorita. Daba igual lo que estuvieras haciendo, sabías que “coger la zapatilla” respondía a una absoluta incorrección de tus actos y conllevaba horribles consecuencias, aunque la amenaza jamás llegara a cumplirse. Siguiendo con los miedos infundados, no puedo ver una zapatilla de estar por casa. Me causan ansiedad. Toda la vida he ido con botas de pocero por el parqué, me siento mucho más segura.
Mejor que llores tú a que tenga que hacerlo yo. Drama dramático donde los haya. Esto servía para justificar que te bajaran en volandas del árbol, que te quitaran la navaja suiza de las manos y que no te dejaran bucear en la negra oscuridad del enchufe… Es la frase más cortarrollos del imaginario materno.
Tráeme el chisme ese que está ahí… ¿Dónde mamá? ¡En el segundo cajón! ¿Pero de dónde mamá? En el salón, hija, en el salón, en el armario de al lado del de las copas ¿De qué copas, mami? Mira déjalo, que tardo menos yendo yo!
Ni maquinitas ni maquinitos. Que ya está bien de subirse al elefante que trota, hombre, que no te voy a dar otros cinco duros ni ahora ni nunca… Tremenda sentencia para negar o dar por concluido algo, que espero poder lanzar algún día a la cara de mi jefe. ¡Ni reunión ni reuniona!…
Como vaya, voy a ir. Frase de la familia de la zapatilla pero un poco más enrevesada en su sintaxis. Deja de hacer lo que sea que estés haciendo y sal por patas. No hay más consejo que dar.
¡¡Cuelga el teléfono de una vez!! …que os acabáis de ver y lleváis una hora... Y lo peor es que era absolutamente cierto. Contra ésta no tengo nada que objetar...pero qué duro era tener quince años sin tarifa plana!!
Ni jo, ni ja. Y dale otra vez con buscar masculinos y femeninos a todo!! Que vivan las madres adelantadas a su tiempo que ya en los ochenta defendían la bisexualidad!
Un día cojo la puerta y me voy: Cada mañana me levantaba sudorosa y angustiada temiendo que mi madre hubiera desaparecido y se hubiera llevado la puerta en su huída. Nunca lo hacía… porque nos quería mucho y porque la puerta era blindada.
No te lo vuelvo a decir. También en su versión “Es la última vez que te lo digo”. Creo que es la frase más repetida de la historia de la humanidad, que curiosamente puede darse hasta cinco y seis veces en la misma discusión aunque siempre se disfrace de orgulloso ultimátum.
Sácate el dedo de la nariz que se te va a dar de sí. Dudo que exista precedente médico alguno que lo sostenga pero yo no me saqué ni un moco en toda mi infancia por miedo a que el orificio explorado se quedara del tamaño de mi dedo. Podría haberlo solucionado en todo caso explorando el orificio parejo… cachis, qué pena no haberlo pensado antes…
¿Piensas salir así? ¿Con los riñones al aire?... Como si ambos órganos fuesen tatuados sobre la piel y no bajo capas y capas de dermis varias. Aún hoy siento respeto por las camisetas ombligueras porque creo que son responsables de la mitad de los casos de cistitis a nivel mundial.
¿Mamá me das dinero? ¡Y un jamón con chorreras! Juro que a día de hoy, aún desconozco el significado de esta expresión ¿Para qué las chorreras? ¿Y por qué en un jamón?
Tienes la habitación que parece un dormitorio de monos!!. Y es que durante la infancia se tiene una irremediable tendencia biológica a no recoger nada que previamente se haya caído al suelo. Sólo si es una chuche y está llena de arena, en cuyo caso, se puede recoger y comer con total seguridad.
Cuando tú vas yo ya he vuelto tres veces: Ésta era la frase preferida de la madre de Chenoa, pero no por ello incierta o carente de veracidad, que viene a ser lo mismo. Da igual lo que quieras esconder, una madre lo ve todo porque tiene muchos más ojos que tú. Asúmelo.
A que voy yo y lo encuentro….Y lo mejor es que iba, y lo encontraba. Años después descubres que dar a luz te concede un tremendo poder mental para encontrar cosas ocultas a ojos profanos e inexpertos.
No abras a nadie. Como resultado de esta orden, en mi casa hace siglos que nadie lee el contador del agua y he sido denunciada en innumerables ocasiones por la Comunidad. Gracias, mamá.
Como te tragues el chicle se te van a pegar las tripas. ¡Cómo se aprovechaban de nuestros escasos conocimientos en cuanto a funciones básicas estomacales y procesos digestivos se refiere! Era tragarte el chicle e imaginarte acto seguido tus tripas amalgamadas y convertidas en blandiblú. Si hay algún médico en la sala, es hora de acabar con el mito, por favor.
Cálzate, que el frio entra por los pies... Y si ya confluían en el mismo espacio/ tiempo, pies descalzos y pelo mojado, para que os voy a contar…
No te acerques tanto a la tele que te vas a quedar ciega. Si hay algún oculista en la sala, que hable ahora o calle para siempre... porque yo tengo mis reservas, la verdad.
Ya verás cuando se lo diga tu padre. A veces se lo decía, a veces no. A veces aparecía papá en la habitación con cara de Predator, a veces no. Una suerte. Una lotería. Y a ti sólo te quedaba rezar…
Para mí que esa chica no te conviene como amiga… A las dos semanas exactas de gritar y llorar en defensa de “esa chica”, aparecías en casa con su puñal clavadito en la espalda. Por supuesto, mamá estaba allí para curar heridas y dar besos sanadores.
…Y concluyo por no aburrir…
Lo mejor es que ahora, tras leer esto y hacer breve examen de conciencia, creo que he repetido el 90% de estas sentencias en mis tres años de experiencia en esto del gremio materno. Faaatal!
Debido a la edad de mis criaturitas, esperaré un rato más para atreverme con el archifamoso …. “Mieeeentras viiiivas baaajo miii teeecho…”, no sea que se me vayan en serio y se lleven la puerta.
lunes, 8 de noviembre de 2010
…Anda y tira pal colegio…
Tengo una amiga malita de los nervios. Pobre. Y eso que las cosas le iban bien: tiene su casa a medio pagar, un buen trabajo, un marido ideal y tres hijos preciosos que quedan la mar de apañaos y pintureros en las fotos de familia. La debacle familiar comenzó cuando alguien decidió bajar la banderola y dar por comenzado el curso escolar.
En la reunión previa, amables docentes bilingües repartieron entre los padres una octavilla informativa con todo tipo de especificaciones sobre vestimenta y accesorios que las criaturitas necesitarían a lo largo del año. Fue entonces cuando la maligna sombra del “unifooorme” se coló en sus vidas, acompañado de cápsulas para teletransportarse en el tiempo y microscopios de visión nocturna para las clases de ciencias, relojes sumergibles para la clase de natación, mochilas trolley de pantalla plana y wifi…A excepción de armas de fuego y zapatófono, los pequeños van más equipados que el Superagente 86.
Como le faltaban dedos en las manos, Miamiga decidió comprar un ábaco. A ver… 3 niños x 2 uniformes cada uno para los días normales + 2 chándals cada uno para la clase de gimnasia + 1 bata blanca por cabeza para las clases de alquimia… hacen un total deeee…. ¡Válgame!... Y esto no ha hecho más que empezar. En primavera llevarán polo de manga corta, en invierno polo de manga larga y en ocasiones especiales de entretiempo, camisa con chorreras, pero sólo para los actos públicos a los que vaya la prensa. Y, no olvidemos, todo ello adornado con el logo del colegio en la pechera. Los martes y jueves Sumayor y Supequeña tienen clase de psicomotricidad, así que deberán llevar chándal. Sumediano no, así que él podrá ir con el uniforme normal, con polo de manga larga, de manga corta o camisa, siempre en consonancia con el resto de superagentes de la clase y ojo con confundirte...
Precisamente para no hacerlo, confundirse digo, y evitar así tener que vestir al mismo niño tres veces antes de salir de casa, Miamiga ha colocado en la puerta de la nevera un horario con especificaciones exactas junto a la foto de cada niño, su nombre de pila y sus alergias alimenticias, por si tanta información le hace olvidar lo verdaderamente importante.
Por las noches, mientras su familia y la chica duermen, ella es incapaz de pegar los ojos. La ansiedad le roba zetas y ronquidos. Despierta toda ella, aunque algo tocada por los ansiolíticos, se levanta a hurtadillas para lavar, planchar y coordinar los uniformes correctamente. Si hay un único uniforme sucio, buscará con ahínco todo tipo de prendas de colores semejantes hasta que conformen montón suficiente para llenar una lavadora. Si no lo halla a simple vista, se colará por armarios y coquetas, lavará lo ya limpio, lavará sin descanso, así lavará así así. Si un día descubre con pavor que no tiene camisa, pero tiene polo, silueteará con precisión y escalpelo el loguito del infierno y lo pegará en la pechera correspondiente. Los días malos, tiene niños que van con dos logos; el que se queda sin, va de marca blanca y sabe que ese día todos le mirarán como a un bicho raro y le confinarán al ostracismo del patio. Cosa mala donde las haya. Para evitar tamaño trauma, no hay como amenazar al niño con no darle más azúcar hasta que cumpla los 18 si se le ocurre quitarse el jersey en clase. Así se superen los 30 grados y el crío sude como un pollo. Ella firme como una roca.
Después de mucho debatir, ayer logré convencerla para ir al médico de los nervios o, en su defecto, matricular a los niños en un cole público; ese sitio mágico donde puedes ir con unas deportivas Yumas sin llamar la atención y reutilizar la ropa de tu hermano mayor, aunque la extensión de las mangas te impida coger el boli y la única marca de reconocimiento que lleves sobre la ropa sea la Triple Codera.
En la reunión previa, amables docentes bilingües repartieron entre los padres una octavilla informativa con todo tipo de especificaciones sobre vestimenta y accesorios que las criaturitas necesitarían a lo largo del año. Fue entonces cuando la maligna sombra del “unifooorme” se coló en sus vidas, acompañado de cápsulas para teletransportarse en el tiempo y microscopios de visión nocturna para las clases de ciencias, relojes sumergibles para la clase de natación, mochilas trolley de pantalla plana y wifi…A excepción de armas de fuego y zapatófono, los pequeños van más equipados que el Superagente 86.
Como le faltaban dedos en las manos, Miamiga decidió comprar un ábaco. A ver… 3 niños x 2 uniformes cada uno para los días normales + 2 chándals cada uno para la clase de gimnasia + 1 bata blanca por cabeza para las clases de alquimia… hacen un total deeee…. ¡Válgame!... Y esto no ha hecho más que empezar. En primavera llevarán polo de manga corta, en invierno polo de manga larga y en ocasiones especiales de entretiempo, camisa con chorreras, pero sólo para los actos públicos a los que vaya la prensa. Y, no olvidemos, todo ello adornado con el logo del colegio en la pechera. Los martes y jueves Sumayor y Supequeña tienen clase de psicomotricidad, así que deberán llevar chándal. Sumediano no, así que él podrá ir con el uniforme normal, con polo de manga larga, de manga corta o camisa, siempre en consonancia con el resto de superagentes de la clase y ojo con confundirte...
Precisamente para no hacerlo, confundirse digo, y evitar así tener que vestir al mismo niño tres veces antes de salir de casa, Miamiga ha colocado en la puerta de la nevera un horario con especificaciones exactas junto a la foto de cada niño, su nombre de pila y sus alergias alimenticias, por si tanta información le hace olvidar lo verdaderamente importante.
Por las noches, mientras su familia y la chica duermen, ella es incapaz de pegar los ojos. La ansiedad le roba zetas y ronquidos. Despierta toda ella, aunque algo tocada por los ansiolíticos, se levanta a hurtadillas para lavar, planchar y coordinar los uniformes correctamente. Si hay un único uniforme sucio, buscará con ahínco todo tipo de prendas de colores semejantes hasta que conformen montón suficiente para llenar una lavadora. Si no lo halla a simple vista, se colará por armarios y coquetas, lavará lo ya limpio, lavará sin descanso, así lavará así así. Si un día descubre con pavor que no tiene camisa, pero tiene polo, silueteará con precisión y escalpelo el loguito del infierno y lo pegará en la pechera correspondiente. Los días malos, tiene niños que van con dos logos; el que se queda sin, va de marca blanca y sabe que ese día todos le mirarán como a un bicho raro y le confinarán al ostracismo del patio. Cosa mala donde las haya. Para evitar tamaño trauma, no hay como amenazar al niño con no darle más azúcar hasta que cumpla los 18 si se le ocurre quitarse el jersey en clase. Así se superen los 30 grados y el crío sude como un pollo. Ella firme como una roca.
Después de mucho debatir, ayer logré convencerla para ir al médico de los nervios o, en su defecto, matricular a los niños en un cole público; ese sitio mágico donde puedes ir con unas deportivas Yumas sin llamar la atención y reutilizar la ropa de tu hermano mayor, aunque la extensión de las mangas te impida coger el boli y la única marca de reconocimiento que lleves sobre la ropa sea la Triple Codera.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Un, dos, tres, probando…
Son las ocho de la noche y estoy absolutamente agotada. El día no ha sido ni mejor ni peor que los que le precedieron pero no sé por qué tengo el espíritu y las piernas de capa caída hoy, será que han cambiado la hora y me ha sentado como si me vendaran los ojos y me dieran tres vueltas.
Miro el reloj una y otra vez con la esperanza de que en el último vistazo sean ya las diez de la noche y hayamos dado por concluido el proceso infernal de realización de cenas y persecuciones en pareja para ver quien pilla a la niña y la mete en la trona. Como Lapequeña es pequeña, aún no se le ha despertado este gusto por el jaleíllo nocturno que parece perseguir a mi familia desde tiempos inmemoriales. A las nueve cero cero, duerme como una bendita. Yupiyupi jei.
Acostar a Lamayor es otra cosa, mariposa. Pertrechados con corazas anti chantaje emocional y demás truquillos de infantes, Marido y la que suscribe nos preparamos para pasar la siguiente media hora pintando flores o jugando al parchís de los pitufos, dependiendo de lo que la jefa tenga a bien disfrutar. Pasados unos minutos, damos por finalizado el tiempo de expresión lúdicofestiva y, después de tres avisos sin soniquete taurino por no molestar al vecino relajao, conseguimos que Lamayor suba a su habitación, se lave los dientes e introduzca su cuerpontero bajo las sábanas (aypordios, quien pudiera!). Entonces comienza el calvario.
Papiiiiiiiiii subeeeeeeeeee. Hoy tú me lees cuento.
¿Los tres cerditos otra vez, hija? Papá relee el cuento por decimoséptima vez en lo que va de semana, repasando modelos de tabicaje y materiales de construcción con la precisión de un experto jefe de obra. Beso y a dormir. Apenas ha llegado al salón cuando se oye…
Mamiiiiiiiiii subeeeeeeeeee. Hoy tú me cantas.
Y ahí me tienen, con los deseos al sol sobre una hamaca playera remojados en daiquiri y el cuerpo preparándose presuroso para arrancar a cantar La abeja Maya, entonando lo que una puede, que es poco, para que nos vamos a engañar. Lo intento, juro que lo intento, pero no puedo parar de bostezar. La luz tenue que sale del plátano colgado de la pared tampoco es que ayude mucho a mantenerme despierta, algo que sólo logran las palmaditas de Lamayor delante de mi cara. Bien, mami, bien! Ahora una nueva, que no se conozca nunca. Deduzco que quiere una canción inédita así que me arranco con el primer bis, que no sale mucho mejor de tono, la verdad. Noten cómo la cosa empeora por momentos, por favor, y tengan en cuenta que ahora me toca hacer de cantautora de rima rápida, sin posibilidad de recurso a discografía ajena. Busco entre la masa informe de vocabulario que me queda despierto en el cerebro, busco y rimo, busco y rimo, hasta que la afasia me puede y me deja muerta. Entonces pego un grito de cierre que me permita salir del lance con cierta dignidad. Yastabien! A dormir y no lo digo más!!
Tiene gracia que con este nivel de entonación y garbo canturero soñara de pequeña con ser india o estrella del rock. Lo de india no tiene explicación alguna, lo sé, quizá sólo fuese un gusto temprano por los penachos de plumas y el look village people …pero lo de estrella del rock, me van a perdonar… Todas las noches me metía en la cama imaginándome subida a un escenario, deleitando a cientos de personas con mis gorgoritos, mi ritmo de baile vertiginoso y mi look ochentero imposible, que para eso era la década natal de las ensoñaciones.
Por la sabiduría que da la edad, hoy sé a ciencia cierta que jamás podría hacerlo… y no por vergüenza o falta de oído, ojo, que peores cosas se han visto; simplemente porque los conciertos empiezan ya dadas las diez y a esa hora, me van a perdonar, pero una ya no está pa ná.
Miro el reloj una y otra vez con la esperanza de que en el último vistazo sean ya las diez de la noche y hayamos dado por concluido el proceso infernal de realización de cenas y persecuciones en pareja para ver quien pilla a la niña y la mete en la trona. Como Lapequeña es pequeña, aún no se le ha despertado este gusto por el jaleíllo nocturno que parece perseguir a mi familia desde tiempos inmemoriales. A las nueve cero cero, duerme como una bendita. Yupiyupi jei.
Acostar a Lamayor es otra cosa, mariposa. Pertrechados con corazas anti chantaje emocional y demás truquillos de infantes, Marido y la que suscribe nos preparamos para pasar la siguiente media hora pintando flores o jugando al parchís de los pitufos, dependiendo de lo que la jefa tenga a bien disfrutar. Pasados unos minutos, damos por finalizado el tiempo de expresión lúdicofestiva y, después de tres avisos sin soniquete taurino por no molestar al vecino relajao, conseguimos que Lamayor suba a su habitación, se lave los dientes e introduzca su cuerpontero bajo las sábanas (aypordios, quien pudiera!). Entonces comienza el calvario.
Papiiiiiiiiii subeeeeeeeeee. Hoy tú me lees cuento.
¿Los tres cerditos otra vez, hija? Papá relee el cuento por decimoséptima vez en lo que va de semana, repasando modelos de tabicaje y materiales de construcción con la precisión de un experto jefe de obra. Beso y a dormir. Apenas ha llegado al salón cuando se oye…
Mamiiiiiiiiii subeeeeeeeeee. Hoy tú me cantas.
Y ahí me tienen, con los deseos al sol sobre una hamaca playera remojados en daiquiri y el cuerpo preparándose presuroso para arrancar a cantar La abeja Maya, entonando lo que una puede, que es poco, para que nos vamos a engañar. Lo intento, juro que lo intento, pero no puedo parar de bostezar. La luz tenue que sale del plátano colgado de la pared tampoco es que ayude mucho a mantenerme despierta, algo que sólo logran las palmaditas de Lamayor delante de mi cara. Bien, mami, bien! Ahora una nueva, que no se conozca nunca. Deduzco que quiere una canción inédita así que me arranco con el primer bis, que no sale mucho mejor de tono, la verdad. Noten cómo la cosa empeora por momentos, por favor, y tengan en cuenta que ahora me toca hacer de cantautora de rima rápida, sin posibilidad de recurso a discografía ajena. Busco entre la masa informe de vocabulario que me queda despierto en el cerebro, busco y rimo, busco y rimo, hasta que la afasia me puede y me deja muerta. Entonces pego un grito de cierre que me permita salir del lance con cierta dignidad. Yastabien! A dormir y no lo digo más!!
Tiene gracia que con este nivel de entonación y garbo canturero soñara de pequeña con ser india o estrella del rock. Lo de india no tiene explicación alguna, lo sé, quizá sólo fuese un gusto temprano por los penachos de plumas y el look village people …pero lo de estrella del rock, me van a perdonar… Todas las noches me metía en la cama imaginándome subida a un escenario, deleitando a cientos de personas con mis gorgoritos, mi ritmo de baile vertiginoso y mi look ochentero imposible, que para eso era la década natal de las ensoñaciones.
Por la sabiduría que da la edad, hoy sé a ciencia cierta que jamás podría hacerlo… y no por vergüenza o falta de oído, ojo, que peores cosas se han visto; simplemente porque los conciertos empiezan ya dadas las diez y a esa hora, me van a perdonar, pero una ya no está pa ná.
lunes, 25 de octubre de 2010
Sobre el desenganche emocional y otros difíciles quehaceres…
Decidido, esta tarde voy a recoger a Lamayor al cole merienda en mano, y nos organizamos plan madre-hija en su versión I Jornada de Adecuación Estética Conjunta. Que me voy a cortarle el pelo, vamos, y ya que mis pies entran en una peluquería por primera vez en siglos, aprovecharé para igualarme y sanear la peluca.
Nada más entrar, una inquietante señorita de pelo asimétrico y uñas bicolores nos quita los abrigos y los condena a descansar manga con manga sobre un perchero de diseño incierto, regalándonos una sonrisa de través que me hace estremecer y recordar los teaser de las pelis de miedo. Nunca me gustaron las peluquerías y mi tensión cervical desde que atravesamos el umbral lo demuestra sobradamente.
Mientras recorremos interminables pasillos llenos de cabinas futuristas y fotos de cabezas, millones de olores dulzones amenazan con colapsarnos las respectivas pituitarias. Lamayor apenas se percata de ello, acostumbrada como está a meter la nariz en todos los botes de plastilina que pilla durante su horario lectivo.
Precedidas por dos señoritas de estrecha bata blanca por donde asoman ambas dos generosidades genéticas y/o quirúrgicas, llegamos a una sala repleta de sillas que sujetan sobre los hombros de sus víctimas unos extraños cascos, cuya misión es lobotomizar al tiempo que te fijan las mechas. No lo advierten en ninguna etiqueta, pero yo lo sé.
- Estáis de suerte - me dice alegremente un Ángel de Charlie de cintura imposible y botas mosquetero hasta medio muslo. A esta hora apenas hay clientes así que podremos atenderos a las dos a la vez.
- ¿Estás de coña?, ¿Separarme YO de MINIÑA y dejarla en vuestras garras para que la tuneéis a vuestro antojo? - pienso mientras digo - ¡Uy, qué bien, así tardaremos menos! Siempre he sido una cochina cobarde cuando la bata de una peluquera me mira directamente a los ojos, quizá eso explique los incomprensibles looks que llevé durante mi adolescencia.
Siento del verbo sentar a Lamayor en uno de los silloncitos alineados frente a un espejo descomunal que ya lo querría para sí Mocedades, mientras siento del verbo sentir una punzada dolorosísima cuando desliza su mano por el hueco de la mía y la aleja para acomodarse la capita que acaban de ponerle sobre los hombros. Ella se mira en el espejo y sonríe. Se siente taaaan mayorrrr.
Con suaves pero insistentes tironcitos, la terrorista con tijeras que el destino me adjudica en suerte me arrastra hasta otro sillón a miles de kilómetros de miniña. Mientras coloco el pelucón sobre el túnel de lavado observo con pavor que la única vista que la postura me permite son unos horrendos focos de discoteca que algún desalmado decorador, confiado en haber dado esquinazo por fin a su daltonismo, ha colocado alegremente en el techo. Contorsiono espalda y cuello hasta que consigo divisar en la lejanía el sillón de Lamayor, de espaldas, con su diminuta cabecita asomando por la capa como si fuese una bola de helado. Ella no gira la cabeza, no se mueve, atenta al espejo que le devuelve su reflejo de persona independiente haciendo cosas de mayores. Me dan ganas de llamarla y hacerle una mueca cómplice, no sé muy bien si para evitar que se asuste o para recordarle que me tiene a su espalda, vigilante y protectora, asegurándome de que nada malo le pase. Jamás.
Qué mal rato estoy pasando pordiosss, y no sólo porque esta mujer no para de friccionarme el cuero cabelludo con todo tipo de sustancias gelatinosas, también porque acabo de ser consciente de que Lamayor no me necesita tanto como yo a ella. Trato desesperadamente de que mi poder mental haga voltear aquella pequeña bolita de helado para que me mire, mientras ella contesta a las preguntas de la mosquetera sobre su cole y sus amigos, en un tono desesperadamente bajo, inaudible para una madre desesperada y sicótica que teme estar siendo apartada de tan crucial rito de iniciación.
La siguiente media hora tarda días en transcurrir. A mi espalda…¿Sólo las puntas o capeamos algo más? ¿Te hidrato? ¿Te acondiciono? ¿Te tiño de verde? Y yo a todo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja y la boca seca como un tronco de leña.
Un momento, que parece que la capita con bola de helado se está moviendo. ¿Ves que guapa? - oigo que grita la mosquetera como para dar por finalizada la sesión. Sin apenas mirarse para comprobar el resultado, Lamayor sale corriendo hasta donde yo sufro mi destierro y me regala una enorme y gratificante petición de aprobación que hace que casi me derrita ¿Te gusta mamá? ¿Aquestoyguapa? Beso y requetebeso su cabeza recién pelada mientras exagero a voz en grito lo maravilloso del resultado.
Salimos de allí por fin, con las manos entrelazadas, ella con una nueva experiencia en su haber y yo con un corte de pelo cuanto menos inquietante. De camino a casa la noto más alta, más viva, más risueña e infinitamente más charlatana mientras me explica que su hermanita Lapequeña no puede cortarse el pelo porque casi no tiene dientes, incomprensible asociación que hace que me ría a carcajadas y casi mate de un susto al pobre transeúnte que pasaba por allí. Nunca fui muy discretita en mi forma de reír pero esta vez reconozco que me sirve para descargar nervio acumulado.
Nada más cerrar la puerta de casa oigo cómo va a contarle la experiencia a Lapequeña y a Lanana, cuidadora oficial de la familia que en este momento está tirada en el suelo recogiendo cientos de macarrones esparcidos por el salón. Por salud mental, jamás pregunto qué sucede en el suelo del salón durante mi ausencia así que me disculparán si no desentraño el misterio...
Mientras subo a cambiarme de ropa y a gritar delante del espejo por el corte de pelo que la brujamala ha perpetrado durante mi breve ausencia de consciencia, cachis cuánta aliteración en apenas dos palabras, oigo cómo Lamayor grita y llora escandalosamente. Bajo corriendo, saltando los escalones de seis en seis y aterrizo en el salón con los pies juntos, la espalda recta y los brazos en cruz, justo a tiempo para sacarle un macarrón de la nariz que se ha colado allí nosesabecomo y que en su camino ha conseguido hacerle alguna que otra dolorosa heridita. Beso sanador en cada lágrima más uno de propina en la nariz maltrecha, acurrucamiento en el regazo materno y leve sonrisa que se dibuja en la boca de una mamá aliviada porque vuelve a saberse necesitada.
…Espero sepan disculparme el egoísmo…
Nada más entrar, una inquietante señorita de pelo asimétrico y uñas bicolores nos quita los abrigos y los condena a descansar manga con manga sobre un perchero de diseño incierto, regalándonos una sonrisa de través que me hace estremecer y recordar los teaser de las pelis de miedo. Nunca me gustaron las peluquerías y mi tensión cervical desde que atravesamos el umbral lo demuestra sobradamente.
Mientras recorremos interminables pasillos llenos de cabinas futuristas y fotos de cabezas, millones de olores dulzones amenazan con colapsarnos las respectivas pituitarias. Lamayor apenas se percata de ello, acostumbrada como está a meter la nariz en todos los botes de plastilina que pilla durante su horario lectivo.
Precedidas por dos señoritas de estrecha bata blanca por donde asoman ambas dos generosidades genéticas y/o quirúrgicas, llegamos a una sala repleta de sillas que sujetan sobre los hombros de sus víctimas unos extraños cascos, cuya misión es lobotomizar al tiempo que te fijan las mechas. No lo advierten en ninguna etiqueta, pero yo lo sé.
- Estáis de suerte - me dice alegremente un Ángel de Charlie de cintura imposible y botas mosquetero hasta medio muslo. A esta hora apenas hay clientes así que podremos atenderos a las dos a la vez.
- ¿Estás de coña?, ¿Separarme YO de MINIÑA y dejarla en vuestras garras para que la tuneéis a vuestro antojo? - pienso mientras digo - ¡Uy, qué bien, así tardaremos menos! Siempre he sido una cochina cobarde cuando la bata de una peluquera me mira directamente a los ojos, quizá eso explique los incomprensibles looks que llevé durante mi adolescencia.
Siento del verbo sentar a Lamayor en uno de los silloncitos alineados frente a un espejo descomunal que ya lo querría para sí Mocedades, mientras siento del verbo sentir una punzada dolorosísima cuando desliza su mano por el hueco de la mía y la aleja para acomodarse la capita que acaban de ponerle sobre los hombros. Ella se mira en el espejo y sonríe. Se siente taaaan mayorrrr.
Con suaves pero insistentes tironcitos, la terrorista con tijeras que el destino me adjudica en suerte me arrastra hasta otro sillón a miles de kilómetros de miniña. Mientras coloco el pelucón sobre el túnel de lavado observo con pavor que la única vista que la postura me permite son unos horrendos focos de discoteca que algún desalmado decorador, confiado en haber dado esquinazo por fin a su daltonismo, ha colocado alegremente en el techo. Contorsiono espalda y cuello hasta que consigo divisar en la lejanía el sillón de Lamayor, de espaldas, con su diminuta cabecita asomando por la capa como si fuese una bola de helado. Ella no gira la cabeza, no se mueve, atenta al espejo que le devuelve su reflejo de persona independiente haciendo cosas de mayores. Me dan ganas de llamarla y hacerle una mueca cómplice, no sé muy bien si para evitar que se asuste o para recordarle que me tiene a su espalda, vigilante y protectora, asegurándome de que nada malo le pase. Jamás.
Qué mal rato estoy pasando pordiosss, y no sólo porque esta mujer no para de friccionarme el cuero cabelludo con todo tipo de sustancias gelatinosas, también porque acabo de ser consciente de que Lamayor no me necesita tanto como yo a ella. Trato desesperadamente de que mi poder mental haga voltear aquella pequeña bolita de helado para que me mire, mientras ella contesta a las preguntas de la mosquetera sobre su cole y sus amigos, en un tono desesperadamente bajo, inaudible para una madre desesperada y sicótica que teme estar siendo apartada de tan crucial rito de iniciación.
La siguiente media hora tarda días en transcurrir. A mi espalda…¿Sólo las puntas o capeamos algo más? ¿Te hidrato? ¿Te acondiciono? ¿Te tiño de verde? Y yo a todo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja y la boca seca como un tronco de leña.
Un momento, que parece que la capita con bola de helado se está moviendo. ¿Ves que guapa? - oigo que grita la mosquetera como para dar por finalizada la sesión. Sin apenas mirarse para comprobar el resultado, Lamayor sale corriendo hasta donde yo sufro mi destierro y me regala una enorme y gratificante petición de aprobación que hace que casi me derrita ¿Te gusta mamá? ¿Aquestoyguapa? Beso y requetebeso su cabeza recién pelada mientras exagero a voz en grito lo maravilloso del resultado.
Salimos de allí por fin, con las manos entrelazadas, ella con una nueva experiencia en su haber y yo con un corte de pelo cuanto menos inquietante. De camino a casa la noto más alta, más viva, más risueña e infinitamente más charlatana mientras me explica que su hermanita Lapequeña no puede cortarse el pelo porque casi no tiene dientes, incomprensible asociación que hace que me ría a carcajadas y casi mate de un susto al pobre transeúnte que pasaba por allí. Nunca fui muy discretita en mi forma de reír pero esta vez reconozco que me sirve para descargar nervio acumulado.
Nada más cerrar la puerta de casa oigo cómo va a contarle la experiencia a Lapequeña y a Lanana, cuidadora oficial de la familia que en este momento está tirada en el suelo recogiendo cientos de macarrones esparcidos por el salón. Por salud mental, jamás pregunto qué sucede en el suelo del salón durante mi ausencia así que me disculparán si no desentraño el misterio...
Mientras subo a cambiarme de ropa y a gritar delante del espejo por el corte de pelo que la brujamala ha perpetrado durante mi breve ausencia de consciencia, cachis cuánta aliteración en apenas dos palabras, oigo cómo Lamayor grita y llora escandalosamente. Bajo corriendo, saltando los escalones de seis en seis y aterrizo en el salón con los pies juntos, la espalda recta y los brazos en cruz, justo a tiempo para sacarle un macarrón de la nariz que se ha colado allí nosesabecomo y que en su camino ha conseguido hacerle alguna que otra dolorosa heridita. Beso sanador en cada lágrima más uno de propina en la nariz maltrecha, acurrucamiento en el regazo materno y leve sonrisa que se dibuja en la boca de una mamá aliviada porque vuelve a saberse necesitada.
…Espero sepan disculparme el egoísmo…
martes, 19 de octubre de 2010
Labuela
A lo largo de la historia, desde Caperucita a Iker Casillas, se ha demostrado con suficiente firmeza lo importante que es tener presente en la vida de uno a Labuela, ese ser amoroso que da besos en metralleta, lleva caramelos en el bolso y siempre huele a jabón.
En las familias normalmente hay dos ejemplares, por lo que este caudal de amor incondicional y permisividad total viene casi siempre por duplicado.
En realidad tienen tantas ganas de malcriar reservadas desde que sus niños eran pequeños y se veían obligadas a cumplir su función de educadoras firmes, que cuando su hijo o hija les obsequia con un nieto o nieta, se desatan el corsé y empiezan a regalar tolerancias por doquier.
Cuando llegas a su casa, le entregas una niña con coletas que se esconde tímidamente entre tus piernas y cuando te vas de allí, lo haces acompañada de una especie de Gormiti de la lava, tamaño infante, que grita y corre como un endemoniado, sucio, exhausto y despeinado, pero inmmmmensamente feliz.
Y no es para menos porque en casa de Labuela reina la libre expresión. Para empezar, no existen los cuadernos; se puede pintar en el suelo, en el techo o sobre el parquet. Eso va en gustos. Estoy convencida de que las famosas pinturas de Altamira no son más que el resultado de la visita de un retoño que desplegaba toda su sensibilidad artística cuando iba a Santander a pasar los veranos en la cueva de los abuelos. En un momento dado, Labuela tendría algo que hacer - despedazar algún animal o algo - y cuando quiso darse cuenta, zas, ya había cogido el niño los pigmentos minerales y el carbón vegetal. Lejos de castigarle, ella le dedicaría algún gesto de cariño a modo de mamporrazo en la cabeza con el as de bastos, acompañado de un gruñido grave y sonoro que traducido vendría a significar algo así como “Verás cuando vengan tus padres”. Pero poco más.
Del mismo modo que Labuela no conoce los cuadernos, desconoce las contraindicaciones alimenticias. Un niño en casa de Labuela come todo lo que se le antoje y cuando se le antoje. Y yastá!. Lo ingerido puede estar contemplado dentro de la pirámide del dietista perfecto …o no. Se puede comer a las dos…o no. Se puede merendar a las tres y luego a las cuatro y también a las cinco. Se puede comer chorizo con chocolate o pan mojado en coca cola. Se puede comer en la mesa, en la alfombra o de pie en la encimera de la cocina mientras se baila con la música de los anuncios de la tele y se chapotea en el agua del fregadero. Para un niño la casa de Labuela es como para un adulto trabajar en Google.
Y es que para Labuela, sus criaturitas jamás hacen nada mal y nada es suficiente con tal de verles sonreír. Recuerdo que en casa de mi propio ejemplar de Labuela había dos coches de época que vivían expectantes sobre una repisa en el salón y con los que mi padre jamás pudo jugar de niño porque eran reliquias antiquísimas y como tal debían ser tratadas. Yo bajaba al parque con esos dos coches en la mochila para triturarles los ejes contra la arena y después desencajar las ruedas para hacerme unos pendientes, todo ello ante la mirada embelesada de Labuela que sonreía ante mi desmesurado torrente creativo. Y si mi padre se quejaba por la injusticia, ella le mandaba callar y me defendía...como debe ser!
Y todo esto si hablamos de un niño sano… pero si el nieto enferma, a ojos de Labuela gana un montón de puntos extra, porque cuidarle le dará oportunidad de decir hasta la saciedad su frase favorita “...pero cómo van a dar asco, hooombre, si son mocos de ángel”… ¿Ven cuánto derroche de amor y cuánta distorsión de la realidad? Si en lugar de en las vías respiratorias el virus infantil se instala en la función estomacal, el apelativo “de ángel” podrá seguir siendo aplicado a toda sustancia que el mamífero convaleciente expulse de sí al exterior, sin importar textura, cuantía, ni olor. Infinito es el amor de Labuela.
Por todo ello y mucho más, Abuelas, un millón de gracias por existir. Sin vosotras, la infancia sería infinitamente más aburrida …y nadie nos vería guapos.
En las familias normalmente hay dos ejemplares, por lo que este caudal de amor incondicional y permisividad total viene casi siempre por duplicado.
En realidad tienen tantas ganas de malcriar reservadas desde que sus niños eran pequeños y se veían obligadas a cumplir su función de educadoras firmes, que cuando su hijo o hija les obsequia con un nieto o nieta, se desatan el corsé y empiezan a regalar tolerancias por doquier.
Cuando llegas a su casa, le entregas una niña con coletas que se esconde tímidamente entre tus piernas y cuando te vas de allí, lo haces acompañada de una especie de Gormiti de la lava, tamaño infante, que grita y corre como un endemoniado, sucio, exhausto y despeinado, pero inmmmmensamente feliz.
Y no es para menos porque en casa de Labuela reina la libre expresión. Para empezar, no existen los cuadernos; se puede pintar en el suelo, en el techo o sobre el parquet. Eso va en gustos. Estoy convencida de que las famosas pinturas de Altamira no son más que el resultado de la visita de un retoño que desplegaba toda su sensibilidad artística cuando iba a Santander a pasar los veranos en la cueva de los abuelos. En un momento dado, Labuela tendría algo que hacer - despedazar algún animal o algo - y cuando quiso darse cuenta, zas, ya había cogido el niño los pigmentos minerales y el carbón vegetal. Lejos de castigarle, ella le dedicaría algún gesto de cariño a modo de mamporrazo en la cabeza con el as de bastos, acompañado de un gruñido grave y sonoro que traducido vendría a significar algo así como “Verás cuando vengan tus padres”. Pero poco más.
Del mismo modo que Labuela no conoce los cuadernos, desconoce las contraindicaciones alimenticias. Un niño en casa de Labuela come todo lo que se le antoje y cuando se le antoje. Y yastá!. Lo ingerido puede estar contemplado dentro de la pirámide del dietista perfecto …o no. Se puede comer a las dos…o no. Se puede merendar a las tres y luego a las cuatro y también a las cinco. Se puede comer chorizo con chocolate o pan mojado en coca cola. Se puede comer en la mesa, en la alfombra o de pie en la encimera de la cocina mientras se baila con la música de los anuncios de la tele y se chapotea en el agua del fregadero. Para un niño la casa de Labuela es como para un adulto trabajar en Google.
Y es que para Labuela, sus criaturitas jamás hacen nada mal y nada es suficiente con tal de verles sonreír. Recuerdo que en casa de mi propio ejemplar de Labuela había dos coches de época que vivían expectantes sobre una repisa en el salón y con los que mi padre jamás pudo jugar de niño porque eran reliquias antiquísimas y como tal debían ser tratadas. Yo bajaba al parque con esos dos coches en la mochila para triturarles los ejes contra la arena y después desencajar las ruedas para hacerme unos pendientes, todo ello ante la mirada embelesada de Labuela que sonreía ante mi desmesurado torrente creativo. Y si mi padre se quejaba por la injusticia, ella le mandaba callar y me defendía...como debe ser!
Y todo esto si hablamos de un niño sano… pero si el nieto enferma, a ojos de Labuela gana un montón de puntos extra, porque cuidarle le dará oportunidad de decir hasta la saciedad su frase favorita “...pero cómo van a dar asco, hooombre, si son mocos de ángel”… ¿Ven cuánto derroche de amor y cuánta distorsión de la realidad? Si en lugar de en las vías respiratorias el virus infantil se instala en la función estomacal, el apelativo “de ángel” podrá seguir siendo aplicado a toda sustancia que el mamífero convaleciente expulse de sí al exterior, sin importar textura, cuantía, ni olor. Infinito es el amor de Labuela.
Por todo ello y mucho más, Abuelas, un millón de gracias por existir. Sin vosotras, la infancia sería infinitamente más aburrida …y nadie nos vería guapos.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Bolso de Madre
A las madres se las diferencia con facilidad entre la multitud, por muy homogénea y compacta que ésta sea. Hagan la prueba. Si van bizcas y asfixiadas empujando un carrito que incluye bebéquellora, la tarea resultará de una facilidad próxima a la vagancia; en caso de inexistencia de carrito, simplemente hay que poner atención a un detalle la mar de revelador.
Una madre siempre, siempre, camina oblicua, en perfecto ángulo de cincuenta grados con respecto al suelo que pisa. Esta contorsión lateral viene provocada por la inclinación del hombro sobre el que descansa el famoso sacobolso, una especie de petate que ella carga a modo de divina cruz y que jamás combina con lo que lleva puesto, por la pereza tremebunda que da hacer el trasvase de enseres de uno a otro ejemplar. Junto a la cartera o monedero tamaño baño cohabitan toallitas, kleenex, galletas desmenuzadas, un chupete con pelos, pastidecor de tres colores, horquillas, gomas, un minibrik de zumo de uva, la cámara de fotos, las llaves que abren casas y coches y las de plástico que tienen música; el móvil que recibe llamadas y otro por el que salen pompas de jabón, un mañanito lamido con anterioridad y devuelto al envoltorio, un globo que espera ser inflado, un calcetín sin pareja, crema de manos, la funda de las gafas de sol sin las gafas de sol, papeles y tickets de compra de todas las tiendas legales conocidas y dos huevos duros.
Cualquier cosa que un mamífero necesite a largo del día y si me apuran, de su vidantera, cabe en un bolso de madre. Sin duda alguna.
Es posible que esta sherpa de espalda curva utilizara antes alguno de los clásicos diseños de moda; quizá uno de esos bolsos pequeños que duermen como pollitos bajo la axila, en los que si metes el cacao ya no hay sitio para más y tienes que salir de casa sin llaves. Pero eso era antes, cuando no sentía necesidad ninguna de garabatear el abecedario, en su versión mayúsculas y minúsculas y por colores, sobre el mantelito del restaurante antes de que trajesen la comida o cuando ni se le pasaba por la cabeza lanzar pelotitas de colores y desperdigarlas por toda la consulta del médico en los momentos de espera.
Un día comí con una madre a la que no le gustaba el menú que había pedido y sacó del bolso un tupper con croquetas de pollo y una macedonia que llevaba por si acaso. Riquísimo todo, oye. Otro día sentí frío y me obsequió con una mantita estilo patchwork que había hecho con los papeles de las chuches que tenía almacenados en el doble fondo del bolso. Ella era apañada, de eso no cabe duda, el resto me temo que nos resignamos a almacenar porquería con la esperanza de que algún día tenga su minuto de uso y gloria.
Adicionalmente, un bolsodemadre puede albergar una muda limpia por si al retoño se le olvida por un instante que hace meses que no lleva pañal y decide gritar mamapís en algún sitio público lo suficientemente concurrido para dificultar toda carrera. Espera cariño, espera, que buscamos un baño bonito - dirá ella nerviosa. No mamá, ya pis - dirá el retoño contorsionándose hacia el suelo para señalar el charquito. Es en ese momento cuando mamácguiver sacará de su bolso todo tipo de artefactos que logren subsanar el desastre. Toallitas, la muda limpia y una fregona con palo incluido que deja olor a lavanda si la fuga tiene lugar en casa de alguna amiga a la que se tenga cierto cariño. Si no, nada.
Algunos bolsosdemadre esconden también un libro, ¿Recuerdas? Ese conjunto de hojas cosidas a un lomo de extensión variable, que tiende a reposar y coger polvo sobre la mesilla de noche. Las madres más audaces llevan uno siempre consigo por si pueden echarse un parrafito o dos en el atasco mañanero o en lo que dura un paso de cebra que coincida en espacio y tiempo con la salida de una boca de metro.
Teniendo en cuenta su volumen y contenido, entenderán que la prueba más difícil para un bolsodemadre sean los aeropuertos. El momento de pasar tamaño ejemplar por la cinta que todo lo ve es en extremo vergonzoso, si tenemos en cuenta que el gordo que hay apostado frente a la tele va a descubrir toda la gente que vive dentro. Es una suerte que los terroristas internacionales no lleven bolsosdemadre, porque entre tanta porquería dime tú a mí quien es el guapo que iba a descubrir la bomba.
Una madre siempre, siempre, camina oblicua, en perfecto ángulo de cincuenta grados con respecto al suelo que pisa. Esta contorsión lateral viene provocada por la inclinación del hombro sobre el que descansa el famoso sacobolso, una especie de petate que ella carga a modo de divina cruz y que jamás combina con lo que lleva puesto, por la pereza tremebunda que da hacer el trasvase de enseres de uno a otro ejemplar. Junto a la cartera o monedero tamaño baño cohabitan toallitas, kleenex, galletas desmenuzadas, un chupete con pelos, pastidecor de tres colores, horquillas, gomas, un minibrik de zumo de uva, la cámara de fotos, las llaves que abren casas y coches y las de plástico que tienen música; el móvil que recibe llamadas y otro por el que salen pompas de jabón, un mañanito lamido con anterioridad y devuelto al envoltorio, un globo que espera ser inflado, un calcetín sin pareja, crema de manos, la funda de las gafas de sol sin las gafas de sol, papeles y tickets de compra de todas las tiendas legales conocidas y dos huevos duros.
Cualquier cosa que un mamífero necesite a largo del día y si me apuran, de su vidantera, cabe en un bolso de madre. Sin duda alguna.
Es posible que esta sherpa de espalda curva utilizara antes alguno de los clásicos diseños de moda; quizá uno de esos bolsos pequeños que duermen como pollitos bajo la axila, en los que si metes el cacao ya no hay sitio para más y tienes que salir de casa sin llaves. Pero eso era antes, cuando no sentía necesidad ninguna de garabatear el abecedario, en su versión mayúsculas y minúsculas y por colores, sobre el mantelito del restaurante antes de que trajesen la comida o cuando ni se le pasaba por la cabeza lanzar pelotitas de colores y desperdigarlas por toda la consulta del médico en los momentos de espera.
Un día comí con una madre a la que no le gustaba el menú que había pedido y sacó del bolso un tupper con croquetas de pollo y una macedonia que llevaba por si acaso. Riquísimo todo, oye. Otro día sentí frío y me obsequió con una mantita estilo patchwork que había hecho con los papeles de las chuches que tenía almacenados en el doble fondo del bolso. Ella era apañada, de eso no cabe duda, el resto me temo que nos resignamos a almacenar porquería con la esperanza de que algún día tenga su minuto de uso y gloria.
Adicionalmente, un bolsodemadre puede albergar una muda limpia por si al retoño se le olvida por un instante que hace meses que no lleva pañal y decide gritar mamapís en algún sitio público lo suficientemente concurrido para dificultar toda carrera. Espera cariño, espera, que buscamos un baño bonito - dirá ella nerviosa. No mamá, ya pis - dirá el retoño contorsionándose hacia el suelo para señalar el charquito. Es en ese momento cuando mamácguiver sacará de su bolso todo tipo de artefactos que logren subsanar el desastre. Toallitas, la muda limpia y una fregona con palo incluido que deja olor a lavanda si la fuga tiene lugar en casa de alguna amiga a la que se tenga cierto cariño. Si no, nada.
Algunos bolsosdemadre esconden también un libro, ¿Recuerdas? Ese conjunto de hojas cosidas a un lomo de extensión variable, que tiende a reposar y coger polvo sobre la mesilla de noche. Las madres más audaces llevan uno siempre consigo por si pueden echarse un parrafito o dos en el atasco mañanero o en lo que dura un paso de cebra que coincida en espacio y tiempo con la salida de una boca de metro.
Teniendo en cuenta su volumen y contenido, entenderán que la prueba más difícil para un bolsodemadre sean los aeropuertos. El momento de pasar tamaño ejemplar por la cinta que todo lo ve es en extremo vergonzoso, si tenemos en cuenta que el gordo que hay apostado frente a la tele va a descubrir toda la gente que vive dentro. Es una suerte que los terroristas internacionales no lleven bolsosdemadre, porque entre tanta porquería dime tú a mí quien es el guapo que iba a descubrir la bomba.
lunes, 4 de octubre de 2010
Estornudos, reuniones y demás incompatibilidades
Si es que debería habérmelo imaginado. ¡Seré tooonta! Los mocos llevan días rondando amenazantes por casa y no he sido capaz de ponerles freno a tiempo. Pensé que los anticuerpos infantiles cumplirían la función propia de su rango y condición, pero va a ser que no.
A las cinco de la mañana un extraño vozarrón me despierta de mis ensoñaciones, naturales y normales dada la hora que era. “Donde está jarabe que tengo la voz muy rara” , oigo que alguien dice desde la puerta de nuestra habitación. Asustada despierto a Marido para preguntarle si había traído a algún amigo a dormir a casa sin consultármelo pero no, es Lamayor, con voz de barítono ruso y treinta y nueve de fiebre.
Como un resorte corro al armario buscando la cofia de enfermera mientras Marido trae el pack de Apiretal + termómetro + pinzas para que no se te cierren los ojos en mitad de los cuidados paliativos. Ducha con agua fresquita para bajar la fiebre, pijama limpio y vuelta a su camita. Me instalo junto a ella, convertida ahora en una pequeña estufa con desordenado flequillo sobre la frente y le canto alguna canción, incomprensible entre bostezo y bostezo.
Dormir, lo que se dice dormir, poco, como podrán imaginar. A las ocho me sobresalta la llamada de la mujer todopoderosa que nos ayuda en casa. Entre toses me dice que está en similar situación febril pero en otra cama a dos autobuses de aquí. Imposible ir a cuidarte, le digo, esta tarde te llamo para ver como estás.
Respiro hondo, ooommmm, no pasa nada, todo se arregla. Me meto en la ducha para ver si me despejo y logro deshacerme de los nervios a base de esponja y espuma y cuando salgo encuentro a Marido dando su dosis de jarabe a Lapequeña, que sufre la misma fiebre que Lamayor por pura imitación simpática hacia su hermana.
Sentados en torno a la mesa, los adultos sin mocos de la casa desarrollamos Plan de Acción. Tú llevas a una a casa de tus padres, yo a otra a casa de los míos. Listo.
A las ocho treinta horas suena el móvil de Marido. Nosequé fuego en la oficina me obliga a salir escopetado. Stop. ¿Llevas tú a las niñas? Gracias!… ¿Y mi reunión? - pregunto súper súper retóricamente mientras oigo la puerta cerrarse.
Respiro hondo, oooommmmm, no pasa nada, todos se arregla. Monto a las dos en el coche mientras aviso a mi madre de que le llevo doble regalo. Ella encantada, así son las madres. Aún así me siento un poco culpable por abandonar a Lasniñas en semejante estado y por el palizón que supondrá para Labuela luchar con doble ración de mocos y estados febriles así que mientras atravieso la barrera de la urbanización miro con ojos candorosos a Juan Carlos, el guarda de seguridad, por si existiera o existiese la posibilidad de que me cuide a Lasniñas durante la hora y pico que dure mi reunión. Sin siquiera bajarme del coche compruebo que tras los cristales de la garita tres niños lloran y revuelven los papeles. Maldición, pienso, alguna otra madre de la urba, en similares y extremas condiciones, se me ha adelantado.
Llego a casa de mis padres, dejo a Lasniñas dándoles mil besos y nueva dosis de Apiretal. Algo más tranquila pero igual de culpable por no quedarme a repartir besos sanadores conduzco hasta la oficina, me siento en la sala de reuniones y sin apenas abrir la boca lanzo un tremendo estornudo que riega por aspersión a los convocados de las primeras filas. Mmmm tienes muy mala cara, ¿Pero por qué has venido, mujer? Haber llamado para avisar… Una sonrisa interminable se me dibuja en la cara como si hubiese muerto por congelación instantánea, crionizada tipo Walt Disney pero con traje sastre y tacón. No, hombre, noooo, ¡Cómo me voy a perder esto! Con lo que me gustan a mí las gimkanas y llegar asfixiada a todas partes…
Notejode.
A las cinco de la mañana un extraño vozarrón me despierta de mis ensoñaciones, naturales y normales dada la hora que era. “Donde está jarabe que tengo la voz muy rara” , oigo que alguien dice desde la puerta de nuestra habitación. Asustada despierto a Marido para preguntarle si había traído a algún amigo a dormir a casa sin consultármelo pero no, es Lamayor, con voz de barítono ruso y treinta y nueve de fiebre.
Como un resorte corro al armario buscando la cofia de enfermera mientras Marido trae el pack de Apiretal + termómetro + pinzas para que no se te cierren los ojos en mitad de los cuidados paliativos. Ducha con agua fresquita para bajar la fiebre, pijama limpio y vuelta a su camita. Me instalo junto a ella, convertida ahora en una pequeña estufa con desordenado flequillo sobre la frente y le canto alguna canción, incomprensible entre bostezo y bostezo.
Dormir, lo que se dice dormir, poco, como podrán imaginar. A las ocho me sobresalta la llamada de la mujer todopoderosa que nos ayuda en casa. Entre toses me dice que está en similar situación febril pero en otra cama a dos autobuses de aquí. Imposible ir a cuidarte, le digo, esta tarde te llamo para ver como estás.
Respiro hondo, ooommmm, no pasa nada, todo se arregla. Me meto en la ducha para ver si me despejo y logro deshacerme de los nervios a base de esponja y espuma y cuando salgo encuentro a Marido dando su dosis de jarabe a Lapequeña, que sufre la misma fiebre que Lamayor por pura imitación simpática hacia su hermana.
Sentados en torno a la mesa, los adultos sin mocos de la casa desarrollamos Plan de Acción. Tú llevas a una a casa de tus padres, yo a otra a casa de los míos. Listo.
A las ocho treinta horas suena el móvil de Marido. Nosequé fuego en la oficina me obliga a salir escopetado. Stop. ¿Llevas tú a las niñas? Gracias!… ¿Y mi reunión? - pregunto súper súper retóricamente mientras oigo la puerta cerrarse.
Respiro hondo, oooommmmm, no pasa nada, todos se arregla. Monto a las dos en el coche mientras aviso a mi madre de que le llevo doble regalo. Ella encantada, así son las madres. Aún así me siento un poco culpable por abandonar a Lasniñas en semejante estado y por el palizón que supondrá para Labuela luchar con doble ración de mocos y estados febriles así que mientras atravieso la barrera de la urbanización miro con ojos candorosos a Juan Carlos, el guarda de seguridad, por si existiera o existiese la posibilidad de que me cuide a Lasniñas durante la hora y pico que dure mi reunión. Sin siquiera bajarme del coche compruebo que tras los cristales de la garita tres niños lloran y revuelven los papeles. Maldición, pienso, alguna otra madre de la urba, en similares y extremas condiciones, se me ha adelantado.
Llego a casa de mis padres, dejo a Lasniñas dándoles mil besos y nueva dosis de Apiretal. Algo más tranquila pero igual de culpable por no quedarme a repartir besos sanadores conduzco hasta la oficina, me siento en la sala de reuniones y sin apenas abrir la boca lanzo un tremendo estornudo que riega por aspersión a los convocados de las primeras filas. Mmmm tienes muy mala cara, ¿Pero por qué has venido, mujer? Haber llamado para avisar… Una sonrisa interminable se me dibuja en la cara como si hubiese muerto por congelación instantánea, crionizada tipo Walt Disney pero con traje sastre y tacón. No, hombre, noooo, ¡Cómo me voy a perder esto! Con lo que me gustan a mí las gimkanas y llegar asfixiada a todas partes…
Notejode.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Sin noticias de Pú
En uno de nuestros devenires turísticos veraniegos, concretamente en el último, justo antes de llegar a casa por fin y gritar aquello de “De aquí no me mueven ni los geooos“ mientras caes sobre el sofá como si te hubieras soltado de la pértiga y tomas inmediata posesión del mando a distancia, algo horrible sucedió.
Abandonamos el hotel con vistas, haciendo exhaustivo recuento de hijas, maletas y chupetes, pero nos olvidamos de pedir a todos los muñecos, en sus versiones de felpa y goma, que manifestaran su presencia entre nosotros numerándose a gritos. Enquehora. Al llegar a casa comprobamos con estupor que Winnie The Pooh no venía con nosotros.
Despacito, como el que busca desactivar una bomba, y procurando que el pánico no hiciera mella en nuestros músculos faciales, revisamos maleta por maleta, las doscientas del tirón, sin éxito alguno. Allí estaban Elena - con sus shorts excesivos y su bicicleta con cesta - la panda de enanos mineros, el nenuco grande, el nenuco mediano, el nenuco pequeño, pero ni rastro de ese oso tiñoso y despeluchado sin el que Lamayor es incapaz de dormir desde que cumplió el año.
… Y de repente llegó la noche con su fea costumbre de mandarnos a todos a la cama… “Mami, chupete, mantita y pú que hay que dormir” Tomayá - me exclamé a mí misma con decisión. Todos los días hay que tirar de cloroformo para llevarla a la cama y hoy lo pide voluntariamente y sin coacción.
“Cariño, Pooh ha decidido quedarse un par de días más en la playa, pero como no le hemos dejado mucho dinero, seguro que pronto vuelve”
Nosotros, partidarios siempre de no mentir jamás a Lasniñas, caímos en las garras del engaño más vil por temor a oír llantos y más llantos hasta altas horas de la madrugada. Tenemos recias convicciones, cierto, pero también mucho sueño acumulado.
Una vez superada la prueba de la primera noche, pasé días llamando a familiares, amigos, hoteles, puestos de socorro, hospitales y casas de acogida por si alguien había visto a Pooh y tenía a bien devolvérnoslo de forma voluntaria. Incluso reservé algún dinerito de la compra diaria para un más que improbable pago de rescate, pero nadie llamó.
Las noches siguientes resultaron auténticas pruebas de fuego. Después de trece cuentos, seis canciones y cuatro adivinanzas conseguíamos que Lamayor aceptara dormir sin berrinche de por medio. En el mismo instante en que veíamos cómo sus ojos se entornaban lo más mínimo, salíamos de la habitación haciendo el moonwalker, sigilosos como cacos, hasta que una pregunta nos paraba bajo el dintel “Mami, papi, ¿anone está hoy pú?"
Como esto de mentir es un negro pozo sin fondo que te succiona por la cabeza y te deja los pies colgando, cada día nos vemos obligados a superar nuestra propia mentira haciendo al joven Pooh protagonista de las más descabelladas aventuras. Desde el pasado 1 de septiembre el dichoso oso ha sido piloto de cazas, banderillero, pintor de nubes, cowboy, adiestrador de guacamayos, cantante de tangos, mariscador, jugador del Racing …vamos que si un día llama al timbre y le veo aparecer con los ojos llenos de experiencias y las maletas llenas de pegatinas no me iba a extrañar lo más mínimo, tal es mi convicción de que nos ha abandonado por una vida mejor.
No es la opción más chupi, lo sé… ¿Pero quien no se ha creído alguna vez alguna de sus propias mentiras para ser feliz? ...¿Eh?
Abandonamos el hotel con vistas, haciendo exhaustivo recuento de hijas, maletas y chupetes, pero nos olvidamos de pedir a todos los muñecos, en sus versiones de felpa y goma, que manifestaran su presencia entre nosotros numerándose a gritos. Enquehora. Al llegar a casa comprobamos con estupor que Winnie The Pooh no venía con nosotros.
Despacito, como el que busca desactivar una bomba, y procurando que el pánico no hiciera mella en nuestros músculos faciales, revisamos maleta por maleta, las doscientas del tirón, sin éxito alguno. Allí estaban Elena - con sus shorts excesivos y su bicicleta con cesta - la panda de enanos mineros, el nenuco grande, el nenuco mediano, el nenuco pequeño, pero ni rastro de ese oso tiñoso y despeluchado sin el que Lamayor es incapaz de dormir desde que cumplió el año.
… Y de repente llegó la noche con su fea costumbre de mandarnos a todos a la cama… “Mami, chupete, mantita y pú que hay que dormir” Tomayá - me exclamé a mí misma con decisión. Todos los días hay que tirar de cloroformo para llevarla a la cama y hoy lo pide voluntariamente y sin coacción.
“Cariño, Pooh ha decidido quedarse un par de días más en la playa, pero como no le hemos dejado mucho dinero, seguro que pronto vuelve”
Nosotros, partidarios siempre de no mentir jamás a Lasniñas, caímos en las garras del engaño más vil por temor a oír llantos y más llantos hasta altas horas de la madrugada. Tenemos recias convicciones, cierto, pero también mucho sueño acumulado.
Una vez superada la prueba de la primera noche, pasé días llamando a familiares, amigos, hoteles, puestos de socorro, hospitales y casas de acogida por si alguien había visto a Pooh y tenía a bien devolvérnoslo de forma voluntaria. Incluso reservé algún dinerito de la compra diaria para un más que improbable pago de rescate, pero nadie llamó.
Las noches siguientes resultaron auténticas pruebas de fuego. Después de trece cuentos, seis canciones y cuatro adivinanzas conseguíamos que Lamayor aceptara dormir sin berrinche de por medio. En el mismo instante en que veíamos cómo sus ojos se entornaban lo más mínimo, salíamos de la habitación haciendo el moonwalker, sigilosos como cacos, hasta que una pregunta nos paraba bajo el dintel “Mami, papi, ¿anone está hoy pú?"
Como esto de mentir es un negro pozo sin fondo que te succiona por la cabeza y te deja los pies colgando, cada día nos vemos obligados a superar nuestra propia mentira haciendo al joven Pooh protagonista de las más descabelladas aventuras. Desde el pasado 1 de septiembre el dichoso oso ha sido piloto de cazas, banderillero, pintor de nubes, cowboy, adiestrador de guacamayos, cantante de tangos, mariscador, jugador del Racing …vamos que si un día llama al timbre y le veo aparecer con los ojos llenos de experiencias y las maletas llenas de pegatinas no me iba a extrañar lo más mínimo, tal es mi convicción de que nos ha abandonado por una vida mejor.
No es la opción más chupi, lo sé… ¿Pero quien no se ha creído alguna vez alguna de sus propias mentiras para ser feliz? ...¿Eh?
lunes, 20 de septiembre de 2010
Merendola en Cibeles
Autoetiquetarte a ti misma como abnegada madre, carente total de un correcto corte de pelo, bolso de temporada y demás vida social, tiene su aspecto positivo, he descubierto. Tus amigas más solidarias desarrollan entonces ante ti una especie de fiebre por adoptarte y hacerte partícipe de sus planes más chulos. Desde que ésta mi nueva condición se hizo pública y notoria, he ido a los mejores estrenos, me he colado en las mejores exposiciones y hasta conseguí in extremis un autógrafo del exnovio de Falete tras correr sólo tres calles detrás de su furgoneta.
Ayer domingo le tocó el turno a mi amiga Marina y a la Cibeles Madrid Fashion Week, cuánto apellido pordios, con todo su glamour, su autobronceador, su botox, sus flashes deslumbrantes y sus famosos de mediopelo.
El qué me pongo para el evento no fue tarea fácil dado que en el armario dispongo de varios cientos de miles de departamentos estancos divididos en: ropa de embarazada de verano, ropa de embarazada de invierno, ropa de antes de los embarazados (jajajajajajaja quemeparto), chandals, camisones y un disfraz de enfermera de la última fiesta a la que fuimos, allá por el 2002. Visto el panorama, aguanté estoicamente la respiración pinzándome la nariz, me enfudé los vaqueros de batalla, me subí a unos zancos y recé por llegar a la cita sin esguinzarme de forma salvaje.
Jesusito de mi vida pero cómo quieren que nos pongamos eeeso y salgamos de casa sin pudor alguno, me pregunté y me pregunté y me pregunté…. Faldas tubo con tela de saco, camisas de corchopán con insignias militares, zapatos de plexiglás, flores con rayas, rayas con cuadros, cuadros con flores...¿Y qué ha sido de todas las normas sobre combinación y permutación de elementos que nos enseñaron el superpop y nuestras hermanas mayores? ¿Eh?…¡Cuánta desazón!
La fiesta post desfile fue de lo más chic. Cava y más cava ¿Pero dónde habrán puestos estos hombres el grifo de Mahou y las aceitunas rellenas? Un señor muy amable nos ofreció una bandeja con minibarritas energéticas y eso fue lo único con que pudimos rellenarnos el hueco de las muelas hasta que localicé en el maxibolso que llevaba al hombro, un paquete de Chiquilín que guardo en el compartimento secreto por si la hora de la merienda de Lasniñas me sorprende fuera del hogar.
Venciendo toda vergüenza saqué las galletas del bolso y con ellas bajo el brazo nos apostamos las dos tras una columna temiendo ser vistas e invitadas a abandonar el recinto de forma amistosa. Nada más lejos. Como si del vídeo de Thriller se tratara, el crujir de las galletas y su rastro de migas sobre nuestra pechera atrajo a más de veinte tops que nos rodearon en tiempo record, mirándonos como quien teme sufrir una hipoglucemia inminente. Repartimos las vituallas generosamente, como buenas hermanas pero siempre de puntillas, eso sí, para tratar de igualarnos en tronío y apostura; y luego las vimos desaparecer con sus cinturitas imposibles y sus clavículas al aire, corriendo presurosas a confesarse al baño por los pecados cometidos.
Hartas de cava y empachadas de glamour, conseguimos salir finalmente de aquel mar de audis y descapotables y nos dirigimos con ansia al Cañas&Tapas mas cercano a brindar por nosotras, por el tobillo ancho, la arruga, la cana venidera y la cadera de rápido crecimiento. Tanrícamente.
Ayer domingo le tocó el turno a mi amiga Marina y a la Cibeles Madrid Fashion Week, cuánto apellido pordios, con todo su glamour, su autobronceador, su botox, sus flashes deslumbrantes y sus famosos de mediopelo.
El qué me pongo para el evento no fue tarea fácil dado que en el armario dispongo de varios cientos de miles de departamentos estancos divididos en: ropa de embarazada de verano, ropa de embarazada de invierno, ropa de antes de los embarazados (jajajajajajaja quemeparto), chandals, camisones y un disfraz de enfermera de la última fiesta a la que fuimos, allá por el 2002. Visto el panorama, aguanté estoicamente la respiración pinzándome la nariz, me enfudé los vaqueros de batalla, me subí a unos zancos y recé por llegar a la cita sin esguinzarme de forma salvaje.
Jesusito de mi vida pero cómo quieren que nos pongamos eeeso y salgamos de casa sin pudor alguno, me pregunté y me pregunté y me pregunté…. Faldas tubo con tela de saco, camisas de corchopán con insignias militares, zapatos de plexiglás, flores con rayas, rayas con cuadros, cuadros con flores...¿Y qué ha sido de todas las normas sobre combinación y permutación de elementos que nos enseñaron el superpop y nuestras hermanas mayores? ¿Eh?…¡Cuánta desazón!
La fiesta post desfile fue de lo más chic. Cava y más cava ¿Pero dónde habrán puestos estos hombres el grifo de Mahou y las aceitunas rellenas? Un señor muy amable nos ofreció una bandeja con minibarritas energéticas y eso fue lo único con que pudimos rellenarnos el hueco de las muelas hasta que localicé en el maxibolso que llevaba al hombro, un paquete de Chiquilín que guardo en el compartimento secreto por si la hora de la merienda de Lasniñas me sorprende fuera del hogar.
Venciendo toda vergüenza saqué las galletas del bolso y con ellas bajo el brazo nos apostamos las dos tras una columna temiendo ser vistas e invitadas a abandonar el recinto de forma amistosa. Nada más lejos. Como si del vídeo de Thriller se tratara, el crujir de las galletas y su rastro de migas sobre nuestra pechera atrajo a más de veinte tops que nos rodearon en tiempo record, mirándonos como quien teme sufrir una hipoglucemia inminente. Repartimos las vituallas generosamente, como buenas hermanas pero siempre de puntillas, eso sí, para tratar de igualarnos en tronío y apostura; y luego las vimos desaparecer con sus cinturitas imposibles y sus clavículas al aire, corriendo presurosas a confesarse al baño por los pecados cometidos.
Hartas de cava y empachadas de glamour, conseguimos salir finalmente de aquel mar de audis y descapotables y nos dirigimos con ansia al Cañas&Tapas mas cercano a brindar por nosotras, por el tobillo ancho, la arruga, la cana venidera y la cadera de rápido crecimiento. Tanrícamente.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
El perro del hortelano
De todos los perros famosos, cosmopolitas y salaos de la historia: Milú, Snoopy, Idefix, Rex Eldeantena3, Pancho Eldelalotería…yo tuve que elegir ser el más rancio de todos, el del hortelano, el pesao, el que no se contenta con nada, el incapaz de disfrutar con su propia comida ni dejar en paz la sobremesa de los demás.
El pasado viernes, harta de amenazar con hacerlo y no hacerlo nunca, huí de casa en busca de paz espiritual y cerveza Mahou, a revivir mis veinte años bailando el Sufremamón de la orquesta Armonía en la plaza del pueblo.
Cerré la puerta de casa con mi mochila al hombro dejando a Lasniñas convenientemente cuidadas hasta el día siguiente pero llorando al unísono vetetuasaberporqué. La sensación de liberación me duró exactamente dos rellanos de escalera, momento en el que me planteé seriamente anular los planes, rehacerme el moño y engancharme de nuevo al DVD de Tarta de fresa. A fuerza de amenazas y empujones me obligué a mí misma a salir del portal, meterme en el coche y recoger a Lasamigas que esperaban ya requeteguapas en el sitio acordado.
La noche no pudo empezar mejor: charla a cuatro voces hablando todas a la vez, repaso de vidas y planes futuros, y demás temas vitales como zapatos vs sandalias con calcetines, la incompatibilidad congénita del rosa y el rojo o la geolocalización de las nuevas tiendas Sephora.
Superé el bache de las nueve de la noche de forma bastante digna y sin que apenas nadie notara mis ganas de hacer pucheros, porque no paré de imaginármelas recién bañadas, oliendo a gominola y encaramadas a sus tronas como implacables jueces de silla que esperan sus cenas gritando y lamiéndose el dedo gordo del pie.
El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Reencuentros con viejos amigos, abrazos y achuchones a miles, ocho años sin verte son muchos años sin verte, qué guapa estás, pues anda que tú, si sigo bailando no se qué será de mi prótesis de cadera… y así hasta que vimos salir el sol, nos quedamos tranquilas y nos fuimos a dormir sabiendo que la tierra seguiría rotando a la mañana siguiente con total normalidad.
El momento de meter mi maltrecho cuerpo dentro de las sábanas fue de lo más laborioso si tenemos en cuenta que me dejé la coordinación y el enfoque sobre el adoquinado de la plaza y las calles colindantes. Al despegarme los vaqueros del cuerpo y tratar de colocarlos plegaditos sobre el respaldo de la silla algo hizo clin clin en vertiginosa caída y posterior choque contra el suelo. Me agaché a recogerlo y descubrí una mini horquilla rosa de hellokitty que me miraba desde el suelo con gesto de reprobación… ¿Qué leches haces aquí y por qué no estás cantando canciones de Loslunis sentada frente a la tele? ¿Eh?… Como un barreño de agua helada sobre mi despeinada cabellera aquella sensación de descoloque terminó de rematarme. No podía contestar, y no sólo porque no sabía qué decir sino porque me vería obligada a decírselo ¡a una horquilla! Deseé con todas mis fuerzas poder teletransportarme a casa a devolver la horquilla quehabla a su legítima dueña, respirar el olor del pan recién tostado y recibir besos untados de mermelada pero sabía que debía esperar y aguantarme, como pago por unas horas de más que merecida libertad.
El pasado viernes, harta de amenazar con hacerlo y no hacerlo nunca, huí de casa en busca de paz espiritual y cerveza Mahou, a revivir mis veinte años bailando el Sufremamón de la orquesta Armonía en la plaza del pueblo.
Cerré la puerta de casa con mi mochila al hombro dejando a Lasniñas convenientemente cuidadas hasta el día siguiente pero llorando al unísono vetetuasaberporqué. La sensación de liberación me duró exactamente dos rellanos de escalera, momento en el que me planteé seriamente anular los planes, rehacerme el moño y engancharme de nuevo al DVD de Tarta de fresa. A fuerza de amenazas y empujones me obligué a mí misma a salir del portal, meterme en el coche y recoger a Lasamigas que esperaban ya requeteguapas en el sitio acordado.
La noche no pudo empezar mejor: charla a cuatro voces hablando todas a la vez, repaso de vidas y planes futuros, y demás temas vitales como zapatos vs sandalias con calcetines, la incompatibilidad congénita del rosa y el rojo o la geolocalización de las nuevas tiendas Sephora.
Superé el bache de las nueve de la noche de forma bastante digna y sin que apenas nadie notara mis ganas de hacer pucheros, porque no paré de imaginármelas recién bañadas, oliendo a gominola y encaramadas a sus tronas como implacables jueces de silla que esperan sus cenas gritando y lamiéndose el dedo gordo del pie.
El resto de la noche transcurrió sin incidentes. Reencuentros con viejos amigos, abrazos y achuchones a miles, ocho años sin verte son muchos años sin verte, qué guapa estás, pues anda que tú, si sigo bailando no se qué será de mi prótesis de cadera… y así hasta que vimos salir el sol, nos quedamos tranquilas y nos fuimos a dormir sabiendo que la tierra seguiría rotando a la mañana siguiente con total normalidad.
El momento de meter mi maltrecho cuerpo dentro de las sábanas fue de lo más laborioso si tenemos en cuenta que me dejé la coordinación y el enfoque sobre el adoquinado de la plaza y las calles colindantes. Al despegarme los vaqueros del cuerpo y tratar de colocarlos plegaditos sobre el respaldo de la silla algo hizo clin clin en vertiginosa caída y posterior choque contra el suelo. Me agaché a recogerlo y descubrí una mini horquilla rosa de hellokitty que me miraba desde el suelo con gesto de reprobación… ¿Qué leches haces aquí y por qué no estás cantando canciones de Loslunis sentada frente a la tele? ¿Eh?… Como un barreño de agua helada sobre mi despeinada cabellera aquella sensación de descoloque terminó de rematarme. No podía contestar, y no sólo porque no sabía qué decir sino porque me vería obligada a decírselo ¡a una horquilla! Deseé con todas mis fuerzas poder teletransportarme a casa a devolver la horquilla quehabla a su legítima dueña, respirar el olor del pan recién tostado y recibir besos untados de mermelada pero sabía que debía esperar y aguantarme, como pago por unas horas de más que merecida libertad.
jueves, 9 de septiembre de 2010
¿Celos de Madre?
Que tener hijos es cosa de dos es biológicamente indiscutible, estarán de acuerdo conmigo. Aquello de papá pone una semillita en mamá, las abejas y las flores, la serpiente en la cueva... Excepto la inmaculada concepción y algún que otro divino desliz, todos las demás procreaciones de la historia han sido indefectiblemente en pareja, al menos en su inicio.
Durante el embarazo, la balanza que sustenta los porcentajes de participación comienza claramente a inclinarse del lado materno. Yo soy el doble de mí misma y tú continúas en el mismo botón del cinturón desde el 98, es un reproche la mar de típico, acompañado casi siempre de algún gemidito lastimero, empujón, puñetazo y demás gestos de dudoso gusto.
En el momento del parto los ratios se disparan hasta el escándalo. El ayudar a respirar de forma pausada y sujetar la mano con firmeza, si bien es amoroso y nos llena de agradecimiento, se queda algo escasito en esos picos de dolor desgarrador y sobrehumano, en los que te gustaría aullar y despedazar algo con los dientes antes de volver a tu cueva. Después llegan la convalecencia, la lactancia, el descuelgue de carnes, el desajuste hormonal, el desquicie, el caos existencial de dónde habré puesto yo mi yo… y en estos menesteres, papá casi siempre ha salido a comprar tabaco; obligado, eso sí, porque ese cuerpo no es el suyo y toda empatía tiene su límite.
Durante el resto de vida de los retoños, cada cual se las apaña como puede o le dejan. Llega el momento de los pactos y las negociaciones duras, en las que casi siempre gana uno y pierde otra, para qué engañarnos.
Y de repente un día, después de haber estado doce horas ininterrumpidas escuchando sollozos y gritos, recibiendo mordiscos y lametones, corriendo con el pelo lleno de galleta, subiendo, bajando, ahora al suelo, ahora arriba, ahora quiero andar, ahora quiero vomitarte en el vestido, ahora caerme y darte un susto de muerte, ahora atragantarme hasta ponerme color berenjena, ahora salir del probador y hacer que vengas a por mí con los pantalones por las rodillas…. de pronto escuchas un “Noooo, tú nooo, quiero que me acueste papá” …. ¿Mande? … Incapaz de sostener tu propia cara de acelga abandonas la habitación cabizbaja pero orgullosa del amor de tus criaturas hacia su Padre, con mayúsculas.
Quiero que me columpie papá, tú no, que no eres fuerte, quiero en hombros de papá, papá, papá, papáááá…. ¡¡¡Aaaaaahhhh!!! Pues ahí os quedáis con vuestro padre, que yo me voy al Casino a jugarme vuestro dinero de la universidad - se dibuja en un bocadillo sobre tu cabeza mientras oyes un portazo imaginario.
Pero no, no son celos, no confundan, yo no lo denominaría así, es la misma sensación que cuando escuchas de boca de tu jefe tu evaluación anual y ves que el variable sigue con ese síndrome Peterpan que le impide crecer y hacerse grande… y es que hay veces en que darlo todo, todo, todo, absolutamente todo, no es suficiente. O sí, pero no nos lo parece.
Durante el embarazo, la balanza que sustenta los porcentajes de participación comienza claramente a inclinarse del lado materno. Yo soy el doble de mí misma y tú continúas en el mismo botón del cinturón desde el 98, es un reproche la mar de típico, acompañado casi siempre de algún gemidito lastimero, empujón, puñetazo y demás gestos de dudoso gusto.
En el momento del parto los ratios se disparan hasta el escándalo. El ayudar a respirar de forma pausada y sujetar la mano con firmeza, si bien es amoroso y nos llena de agradecimiento, se queda algo escasito en esos picos de dolor desgarrador y sobrehumano, en los que te gustaría aullar y despedazar algo con los dientes antes de volver a tu cueva. Después llegan la convalecencia, la lactancia, el descuelgue de carnes, el desajuste hormonal, el desquicie, el caos existencial de dónde habré puesto yo mi yo… y en estos menesteres, papá casi siempre ha salido a comprar tabaco; obligado, eso sí, porque ese cuerpo no es el suyo y toda empatía tiene su límite.
Durante el resto de vida de los retoños, cada cual se las apaña como puede o le dejan. Llega el momento de los pactos y las negociaciones duras, en las que casi siempre gana uno y pierde otra, para qué engañarnos.
Y de repente un día, después de haber estado doce horas ininterrumpidas escuchando sollozos y gritos, recibiendo mordiscos y lametones, corriendo con el pelo lleno de galleta, subiendo, bajando, ahora al suelo, ahora arriba, ahora quiero andar, ahora quiero vomitarte en el vestido, ahora caerme y darte un susto de muerte, ahora atragantarme hasta ponerme color berenjena, ahora salir del probador y hacer que vengas a por mí con los pantalones por las rodillas…. de pronto escuchas un “Noooo, tú nooo, quiero que me acueste papá” …. ¿Mande? … Incapaz de sostener tu propia cara de acelga abandonas la habitación cabizbaja pero orgullosa del amor de tus criaturas hacia su Padre, con mayúsculas.
Quiero que me columpie papá, tú no, que no eres fuerte, quiero en hombros de papá, papá, papá, papáááá…. ¡¡¡Aaaaaahhhh!!! Pues ahí os quedáis con vuestro padre, que yo me voy al Casino a jugarme vuestro dinero de la universidad - se dibuja en un bocadillo sobre tu cabeza mientras oyes un portazo imaginario.
Pero no, no son celos, no confundan, yo no lo denominaría así, es la misma sensación que cuando escuchas de boca de tu jefe tu evaluación anual y ves que el variable sigue con ese síndrome Peterpan que le impide crecer y hacerse grande… y es que hay veces en que darlo todo, todo, todo, absolutamente todo, no es suficiente. O sí, pero no nos lo parece.
martes, 7 de septiembre de 2010
El mismo temor, la misma lluvia
En verano no debería llover, ni muchísimo menos tronar, y menos un domingo, que es de muy mala educación.
La versión individualista de esta historia te permitiría pasar una tarde melancólica en casa; una de esas tardes grises de manta y peli, ingiriendo helado a manos llenas y sin la menor intención de levantarte del sofá hasta que el roce del skay te produjera una alarmante quemazón local. Quizá hablarías horas con una amiga, o con dos, o con tres, leerías algo pendiente, te conectarías para ver qué anda sucediendo en el mundo...y poco más.
Pasar una tarde encerrada en casa con niños en edad de experimentar con su entorno quizá genere un pelín más de ansiedad y desazón. Si a eso añades que el verano y sus planes vacacionales tienden a alejar del hogar a familiares y amigos a quienes pedir socorro, el resultado es ciertamente devastador.
Es en estas tardes cuando a tus vecinos les da por empujar lentamente las paredes colindantes que os separan, hasta que tu casa queda reducida al mínimo habitable por ley; los techos se derriten sobre tu cabeza, el suelo se te pone de puntillas y tú, en medio y con cara de queso de sandwich, te ves obligada a pasar horas y horas y horas inventando un mundo paralelo para entretener a Lasniñas. ¡Ay, Lasniñas! Esos seres angelicales que hacen las delicias de cuantos las conocen en situaciones normales outdoor, desarrollan en las tardes de lluvia una tendencia psicótica que les hace reír, gritar y llorar, todo a un tiempo y a unos decibelios anormalmente disparatados según las ordenanzas municipales. Igual que expertos zapadores, y con una proactividad digna de elogio, se encargarán de efectuar cuantas demoliciones sean necesarias en mobiliario y decoración al tiempo que plantan a su paso minas terrestres en forma de galleta untada en saliva y colacao por todo el salón, pasillo y parte inferior de la escalera.
Temerosa por tu salud mental y harta de decir quenooooooooooo cada minuto y medio, optas por relajar los nervios y las normas educativas y aquello se vuelve Gomorra. ¡Haaala! Saltar en la cama desde el armario, comerse el jabón, cortar con los dientes los cables del teléfono y desencajar el lavabo de la pared con sus pequeñas manos de deditos angelicales, todas ellas actividades que con sol estarían absolutamente prohibidas, en días de lluvia son pasadas por alto como si en lugar de padres y educadores fuésemos concejales de urbanismo de moral algo laxa.
La reacción más sana para tu psiquis sería salir corriendo y sentarte en la acera a esperar que la lluvia te calara hasta los huesos y se llevara por el desagüe tanto kilo de tensión acumulada. Si no fuera porque dejarías abandonado dentro del receptáculo al padre de las criaturas que después estaría esperándote con los ojos llenos de rencor y un palo de golf escondido tras la espalda, sería una opción a considerar.
Por todo ello, y por más cosas que no cuento por puro pudor, Marido y yo nos sentamos atemorizados cada noche a ver Eltiempo. Abrazados en el sofá y rezando a cuantas deidades conocemos con mano en cuestiones climatológicas - de Ra a la Virgen de la Cueva - celebramos con palmitas los soles y sollozamos temblorosos ante las nubes. Si las predicciones anuncian lluvia, sabemos que no podemos venirnos abajo; es hora de ser fuertes y de encargar cantidades industriales de pizzas, DVDs de Mickey y dardos tranquilizantes.
La versión individualista de esta historia te permitiría pasar una tarde melancólica en casa; una de esas tardes grises de manta y peli, ingiriendo helado a manos llenas y sin la menor intención de levantarte del sofá hasta que el roce del skay te produjera una alarmante quemazón local. Quizá hablarías horas con una amiga, o con dos, o con tres, leerías algo pendiente, te conectarías para ver qué anda sucediendo en el mundo...y poco más.
Pasar una tarde encerrada en casa con niños en edad de experimentar con su entorno quizá genere un pelín más de ansiedad y desazón. Si a eso añades que el verano y sus planes vacacionales tienden a alejar del hogar a familiares y amigos a quienes pedir socorro, el resultado es ciertamente devastador.
Es en estas tardes cuando a tus vecinos les da por empujar lentamente las paredes colindantes que os separan, hasta que tu casa queda reducida al mínimo habitable por ley; los techos se derriten sobre tu cabeza, el suelo se te pone de puntillas y tú, en medio y con cara de queso de sandwich, te ves obligada a pasar horas y horas y horas inventando un mundo paralelo para entretener a Lasniñas. ¡Ay, Lasniñas! Esos seres angelicales que hacen las delicias de cuantos las conocen en situaciones normales outdoor, desarrollan en las tardes de lluvia una tendencia psicótica que les hace reír, gritar y llorar, todo a un tiempo y a unos decibelios anormalmente disparatados según las ordenanzas municipales. Igual que expertos zapadores, y con una proactividad digna de elogio, se encargarán de efectuar cuantas demoliciones sean necesarias en mobiliario y decoración al tiempo que plantan a su paso minas terrestres en forma de galleta untada en saliva y colacao por todo el salón, pasillo y parte inferior de la escalera.
Temerosa por tu salud mental y harta de decir quenooooooooooo cada minuto y medio, optas por relajar los nervios y las normas educativas y aquello se vuelve Gomorra. ¡Haaala! Saltar en la cama desde el armario, comerse el jabón, cortar con los dientes los cables del teléfono y desencajar el lavabo de la pared con sus pequeñas manos de deditos angelicales, todas ellas actividades que con sol estarían absolutamente prohibidas, en días de lluvia son pasadas por alto como si en lugar de padres y educadores fuésemos concejales de urbanismo de moral algo laxa.
La reacción más sana para tu psiquis sería salir corriendo y sentarte en la acera a esperar que la lluvia te calara hasta los huesos y se llevara por el desagüe tanto kilo de tensión acumulada. Si no fuera porque dejarías abandonado dentro del receptáculo al padre de las criaturas que después estaría esperándote con los ojos llenos de rencor y un palo de golf escondido tras la espalda, sería una opción a considerar.
Por todo ello, y por más cosas que no cuento por puro pudor, Marido y yo nos sentamos atemorizados cada noche a ver Eltiempo. Abrazados en el sofá y rezando a cuantas deidades conocemos con mano en cuestiones climatológicas - de Ra a la Virgen de la Cueva - celebramos con palmitas los soles y sollozamos temblorosos ante las nubes. Si las predicciones anuncian lluvia, sabemos que no podemos venirnos abajo; es hora de ser fuertes y de encargar cantidades industriales de pizzas, DVDs de Mickey y dardos tranquilizantes.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Women in Black
Estoy convencida de que tras cada uno de los embarazos y partos que una mujer sufre en su vida, algún ser inidentificado y de incógnito le dispara directamente sobre los ojos un rayo cegador que borra parte de sus recuerdos. De otra forma no se explica que sistemáticamente caigamos en las garras de la fertilidad sucesiva, una y otra vez, una y otra vez, y nos dediquemos a procrear como si no hubiera un mañana. Aún no estoy en condiciones de afirmar cuándo se produce esta anulación de la retentiva relativa al dolor pre y postparto, ni quien empuña la dichosa pistolita, pero lo averiguaré, ¡vivedios!
Sé que no es en el mismo hospital en que das a luz porque es norma de obligado cumplimiento para las parturientas bajar cada peldaño de la escalera que da a la calle repitiendo el mantra unaynomás, unaynomás, unaynomás.....Qué bonita criatura! Pero una y no más! Después te acomodas como puedes en el asiento trasero del coche y sonríes victoriosa sin pensar que en breve tendrás que ponerte de nuevo en pie y salir a la calle, a no ser que quieras vivir allí hasta que el niño empiece el colegio y tengas que acercarte a comprarle el uniforme.
En las sucesivas revisiones ginecológicas tampoco, porque la herida sigue recordándote a cada paso su presencia y la tirantez de los puntos te hace plantearte por qué demonios no vendremos con cremalleras de serie para evitar este tipo de inconvenientes. Que tampoco costaba tanto invertir en un buen diseño previo, hombre.
Podría ser en las enemil visitas al pediatra, cuando tu rollizo bebé va de báscula en báscula y de jeringa en jeringa como si estuviese en Proyecto Hombre. Eso sí podría ser, mira tú; que los pediatras, ante el temor a quedarse sin feligreses, hayan puesto en marcha una conjura sindical y silenciosa para achicharrarte las neuronas y dejarte en blanco, desprotegida ante una nueva llamada de la madre naturaleza.
Sobre el momento cronológico tampoco hay acuerdo. Calculando a ojo, me atrevería a decir que suele ser tras un año más o menos desde que el nuevo ser vive en casa. De repente un día, al empezar a empaquetar los diminutos patucos de la primera puesta, sientes una tristeza tremenda porque crees que ya no volverás a sentir el calor y el olor de una piel de bebé en el momento de nacer. ¡Zas! ¡Tampillao! Ahí es, día arriba, día abajo, cuando el láser achicharrador ha hecho su trabajo en tu cerebelo y te ha dejado patas arriba, nunca mejor dicho.
La semana pasada, Lapequeña cumplió once meses. Desde entonces me mantengo vigilante y a la defensiva ante cualquier signo externo de ataque con arma de fuego. El verano y las piscinas no son buen escenario para ello. Ayer sin ir mas lejos, lancé a mi sobrino al agua de una patada voladora cuando me apuntaba con su pistolita de agua a cuatro chorros. Mi hermana me miró atónita pero en el fondo entendió mi ansiedad, espero. El hecho de que no me coja el teléfono desde entonces no significa nada.
Seguiré con mis pesquisas, pero si dentro de un mes se me pone cara de haba y hago pucheros al ver a una embarazada intentando andar erguida y ocultar sus andares de pingüino, significará que he fracasado en mi intento de autoprotegerme. Again.
Sé que no es en el mismo hospital en que das a luz porque es norma de obligado cumplimiento para las parturientas bajar cada peldaño de la escalera que da a la calle repitiendo el mantra unaynomás, unaynomás, unaynomás.....Qué bonita criatura! Pero una y no más! Después te acomodas como puedes en el asiento trasero del coche y sonríes victoriosa sin pensar que en breve tendrás que ponerte de nuevo en pie y salir a la calle, a no ser que quieras vivir allí hasta que el niño empiece el colegio y tengas que acercarte a comprarle el uniforme.
En las sucesivas revisiones ginecológicas tampoco, porque la herida sigue recordándote a cada paso su presencia y la tirantez de los puntos te hace plantearte por qué demonios no vendremos con cremalleras de serie para evitar este tipo de inconvenientes. Que tampoco costaba tanto invertir en un buen diseño previo, hombre.
Podría ser en las enemil visitas al pediatra, cuando tu rollizo bebé va de báscula en báscula y de jeringa en jeringa como si estuviese en Proyecto Hombre. Eso sí podría ser, mira tú; que los pediatras, ante el temor a quedarse sin feligreses, hayan puesto en marcha una conjura sindical y silenciosa para achicharrarte las neuronas y dejarte en blanco, desprotegida ante una nueva llamada de la madre naturaleza.
Sobre el momento cronológico tampoco hay acuerdo. Calculando a ojo, me atrevería a decir que suele ser tras un año más o menos desde que el nuevo ser vive en casa. De repente un día, al empezar a empaquetar los diminutos patucos de la primera puesta, sientes una tristeza tremenda porque crees que ya no volverás a sentir el calor y el olor de una piel de bebé en el momento de nacer. ¡Zas! ¡Tampillao! Ahí es, día arriba, día abajo, cuando el láser achicharrador ha hecho su trabajo en tu cerebelo y te ha dejado patas arriba, nunca mejor dicho.
La semana pasada, Lapequeña cumplió once meses. Desde entonces me mantengo vigilante y a la defensiva ante cualquier signo externo de ataque con arma de fuego. El verano y las piscinas no son buen escenario para ello. Ayer sin ir mas lejos, lancé a mi sobrino al agua de una patada voladora cuando me apuntaba con su pistolita de agua a cuatro chorros. Mi hermana me miró atónita pero en el fondo entendió mi ansiedad, espero. El hecho de que no me coja el teléfono desde entonces no significa nada.
Seguiré con mis pesquisas, pero si dentro de un mes se me pone cara de haba y hago pucheros al ver a una embarazada intentando andar erguida y ocultar sus andares de pingüino, significará que he fracasado en mi intento de autoprotegerme. Again.
jueves, 26 de agosto de 2010
Lamadre y Lamultiaventura
Supongo que el hecho de que una echara los dientes entre las mesas de los bares de la Cava Alta hace más complicado que pueda disfrutar de forma espontánea de los deportes de riesgo y la multiaventura en general.
Volvimos ayer a casa después de una semana de despliegue acrobático en Asturias y aún no siento varios de los músculos considerados importantes para la vida diaria. Las agujetas me llegan al iris, señores. Llevo días sorbiendo todo tipo de alimentos líquidos en pajita porque me siento incapaz de levantar el brazo que sustenta la cuchara que debe alimentarme. Y no es que el deporte en sí mismo sea malo, ojo, simplemente creo que mi cuerpo no lo tolera del todo bien.
Llegamos a casa de Loscuñados a las cinco de la tarde y sin apenas descargar las maletas ya nos esperaba una sesión de motociclismo extremo que nos auguraba una más que probable lesión de rabadilla y varios cientos de miles de arañazos. Lasniñas miraban atónitas cómo nos disfrazabamos de geyperman guerrero y ni rechistaron cuando les explicamos pesarosos que no podríamos llevarlas con nosotros. Se quedaron con Laprima tan ricamente, mientras nosotros desempolvábamos el rosario y nos adentrábamos en la más espesa vegetación.
La mañana siguiente nos esperaba con una refrescante jornada de pesca en apnea, incluido neopreno de cuello vuelto, porque el agua estaba gélida de mortalidad. Bueno para las agujetas, me decía yo para animarme. Cuanto mas congelados tengas los músculos, menos te dolerá el cuerpontero, tonta.
Siguiente día: Jornada Mundial de la Cueva, o cómo seis cheposos en fila recorren interminables y húmedos pasadizos mientras Lamayor, erguida toda ella y linterna en mano, nos alumbra y da órdenes, orgullosa de encabezar la expedición.
Para el día siguiente me reservé un plan normal de playa tratando de que las Lasniñas no pensaran que habíamos ingresado en la Secta de la Vigorexia y la Oxigenación Muscular. Aún así, la zodiac de Elcuñado apareció por sorpresa de entre las rocas para darnos una vuelta por cada grieta y entrante de mar que salía a nuestro encuentro. Lamayor se lo pasó pipa. Lapequeña lloró y rió a partes iguales, descubriendo así los sinsabores de la bipolaridad, agarrada a mi cuello como un monkiki.
Y por fin el último día, como colofón a unos tranquilos días de vacaciones, nos entregamos a la sobredosis de adrenalina que da descender un cañón sobre el río Deva. Toboganes y divertidas pozas escondían tras sus faldas cuatro rápeles de veinticinco metros que despertaron en mí todo tipo de ansiedades y castañeteos interdentales. Disfrazada de geyperman acuático, esta vez con casco de bici porque no teníamos otro disponible, y con el pantone de temporada escondido tras los escarpines- glamour ante todo-, bajé, subí, trepé, mescurrí, me levanté, juré no volver por allí, volví a bajar, y a subir, un tobogán por dios que no haya ninguna piedra esperándome en el fondo, una poza, dos pozas, tres pozas e intenta tú nadar con botas, ooootro tobogán, quiero irme a mi casa con mi madre, ooootro tobogán . Primer rápel, qué divertido. Segundo rápel, no está mal si no fuera por la molesta cascada que ha estado dándome con fuerza en la nariz durante todo el descenso. Tercer rápel. Veinticinco metros ¿Pero esto qué es?. Cuarto rápel ¿Mayor que el otro? ¿Nos hemos vuelto todos locos?
Un saltito de diez metros cerraba el circuito de aguas bravas ¿Me tiro? ¿No me tiro? ¿Me tiro? ¿No me tiro? Me tiro. Aaaaaah... Toda mi vida en imágenes. Enrique y Ana. Las bolsas de Doritos. El instituto. Las bambas sin cordones. Las noches de verano. Las fiestas de Bustar. Don Joaquín. El mus de la Facultad. Marido. Lasniñas. Misniñas. Los cuentos. Las nanas....pero quieeen me mandaraaaaa a miiiii metermeeeeee en est bbbbbbrrrrrr... Un glorioso latigazo de agua helada me devuelve a la realidad y me descubre que sigo viva. ¡Bien por mí!
Una vez completado el descenso llega lo más divertido. Desandar todo el camino, esta vez pendiente arriba, con un neopreno empapado que hace que tu cuerpo pese siete veces más. Llegamos al coche ¡por fin! yo exhausta, contenta pero medio muerta, preguntándome la razón de tanta prueba personal hasta llevar tu mente al límite. Supongo que para aprender - me contesté a mí misma en un alarde de lucidez - y poder contarle a Lasniñas dentro de unos años qué piedra escurre más y por qué lado duele menos caer.
Volvimos ayer a casa después de una semana de despliegue acrobático en Asturias y aún no siento varios de los músculos considerados importantes para la vida diaria. Las agujetas me llegan al iris, señores. Llevo días sorbiendo todo tipo de alimentos líquidos en pajita porque me siento incapaz de levantar el brazo que sustenta la cuchara que debe alimentarme. Y no es que el deporte en sí mismo sea malo, ojo, simplemente creo que mi cuerpo no lo tolera del todo bien.
Llegamos a casa de Loscuñados a las cinco de la tarde y sin apenas descargar las maletas ya nos esperaba una sesión de motociclismo extremo que nos auguraba una más que probable lesión de rabadilla y varios cientos de miles de arañazos. Lasniñas miraban atónitas cómo nos disfrazabamos de geyperman guerrero y ni rechistaron cuando les explicamos pesarosos que no podríamos llevarlas con nosotros. Se quedaron con Laprima tan ricamente, mientras nosotros desempolvábamos el rosario y nos adentrábamos en la más espesa vegetación.
La mañana siguiente nos esperaba con una refrescante jornada de pesca en apnea, incluido neopreno de cuello vuelto, porque el agua estaba gélida de mortalidad. Bueno para las agujetas, me decía yo para animarme. Cuanto mas congelados tengas los músculos, menos te dolerá el cuerpontero, tonta.
Siguiente día: Jornada Mundial de la Cueva, o cómo seis cheposos en fila recorren interminables y húmedos pasadizos mientras Lamayor, erguida toda ella y linterna en mano, nos alumbra y da órdenes, orgullosa de encabezar la expedición.
Para el día siguiente me reservé un plan normal de playa tratando de que las Lasniñas no pensaran que habíamos ingresado en la Secta de la Vigorexia y la Oxigenación Muscular. Aún así, la zodiac de Elcuñado apareció por sorpresa de entre las rocas para darnos una vuelta por cada grieta y entrante de mar que salía a nuestro encuentro. Lamayor se lo pasó pipa. Lapequeña lloró y rió a partes iguales, descubriendo así los sinsabores de la bipolaridad, agarrada a mi cuello como un monkiki.
Y por fin el último día, como colofón a unos tranquilos días de vacaciones, nos entregamos a la sobredosis de adrenalina que da descender un cañón sobre el río Deva. Toboganes y divertidas pozas escondían tras sus faldas cuatro rápeles de veinticinco metros que despertaron en mí todo tipo de ansiedades y castañeteos interdentales. Disfrazada de geyperman acuático, esta vez con casco de bici porque no teníamos otro disponible, y con el pantone de temporada escondido tras los escarpines- glamour ante todo-, bajé, subí, trepé, mescurrí, me levanté, juré no volver por allí, volví a bajar, y a subir, un tobogán por dios que no haya ninguna piedra esperándome en el fondo, una poza, dos pozas, tres pozas e intenta tú nadar con botas, ooootro tobogán, quiero irme a mi casa con mi madre, ooootro tobogán . Primer rápel, qué divertido. Segundo rápel, no está mal si no fuera por la molesta cascada que ha estado dándome con fuerza en la nariz durante todo el descenso. Tercer rápel. Veinticinco metros ¿Pero esto qué es?. Cuarto rápel ¿Mayor que el otro? ¿Nos hemos vuelto todos locos?
Un saltito de diez metros cerraba el circuito de aguas bravas ¿Me tiro? ¿No me tiro? ¿Me tiro? ¿No me tiro? Me tiro. Aaaaaah... Toda mi vida en imágenes. Enrique y Ana. Las bolsas de Doritos. El instituto. Las bambas sin cordones. Las noches de verano. Las fiestas de Bustar. Don Joaquín. El mus de la Facultad. Marido. Lasniñas. Misniñas. Los cuentos. Las nanas....pero quieeen me mandaraaaaa a miiiii metermeeeeee en est bbbbbbrrrrrr... Un glorioso latigazo de agua helada me devuelve a la realidad y me descubre que sigo viva. ¡Bien por mí!
Una vez completado el descenso llega lo más divertido. Desandar todo el camino, esta vez pendiente arriba, con un neopreno empapado que hace que tu cuerpo pese siete veces más. Llegamos al coche ¡por fin! yo exhausta, contenta pero medio muerta, preguntándome la razón de tanta prueba personal hasta llevar tu mente al límite. Supongo que para aprender - me contesté a mí misma en un alarde de lucidez - y poder contarle a Lasniñas dentro de unos años qué piedra escurre más y por qué lado duele menos caer.
viernes, 20 de agosto de 2010
..Y le hablo de esa amante inoportuna, que se llama soledad...
A mí no me apetece mucho... ¿Puedo no ir?
¡Claro! Quédate en casita y disfruta por un día, tonta, yo me llevo a Lasniñas.
Oooouuuuyeah!!! Tooodo un día para mí, para hacer lo que YO quiera. Para disfrutar de la casa en silencio. Para leer. Para escuchar música. Para verme una temporada entera de How I met your mother. O dos. ¡O todas!
¿Por dónde empiezo?... ¿Estás de coña?... ¡¡A la bañera!! La lleno hasta los topes y me sumerjo en un impresionante baño de espuma...Y yo que pensé que la bañera ya sólo servía como escenario para el barco de los clics. ¡Ay, cuán equivocada estaba!. Exfoliante. Mascarilla. Hidratante. Nutritiva. Algún producto más y tendré que llamar al Servicio de Atención al Intoxicado. Escurro tanto que podría apuntarme a una competición de bobsleigh en línea recta y ganar por tres cuerpos, claro que cuando me quite la ropa será como desnudar un tranchete, pero no me importa porque llevo torta. Ahora que caigo, es una lástima que la láser no me permita ya disfrutar de un buen tarro de cera caliente, como antaño, cuando los aullidos cerraban estas placenteras sesiones de peluquería y estética.
Finalizado el baño me doy cuenta de lo gozoso que habría sido escuchar a Los Ramones en el 90 de volumen mientras hacía el anfibio. Intentando subsanar tamaño olvido conecto el CD y bailoteo delante del espejo, como cuando tenía quince años. Está bien, y veinte... ¡Y ya! El efecto estético es demasiado chocante así que opto por tirarme en plancha a la nevera, abrir una cerveza y sentarme en la terraza a leer el periódico, que para eso no hay límite de edad. Repasada la actualidad, apoyo el codo en la barandilla, enciendo un cigarro, me mareo muchísimo y simulo una despreocupada conversación de barra de bar con un amigo imaginario. Antes de que me vean los vecinos vuelvo a mi asiento y ojeo las revistas, memorizando estilismos para los próximos seis meses, por si no tengo oportunidad de abrir otra en mucho tiempo. Me pregunto qué estarán haciendo Marido y Lasniñas. Les llamo. Al colgar siento ganas de llamar de nuevo. Expulso a empujones la idea de mi cabeza y me voy corriendo a meter el bajo de unos pantalones que llevan en el armario desde el 99 porque aún no he podido arreglarlos... Me tengo que dar prisa porque tengo que disfrutar de muchas cosas aún... Dejo los pantalones a medio coser al recordar que tengo que cortarme las uñas para no parecer más un guitarrista flamenco. Feliz con mis uñas cortas, me voy a cocinar un poco, que me relaja mucho. Hago seis docenas de flanes y salmorejo para toda la urbanización. De vuelta al salón, pongo la tele y paso los capítulos de la serie a cámara rápida. ¿Habrán comido ya Lasniñas? Noto que me estoy estresando. Otra cerveza y una lata de berberechos con mucho vinagre me devuelven a la realidad. Desempolvo la discografía completa de Sabina y recuerdo viejos tiempos cantando a voz en grito. Me callo. Cuánto silencio hay en esta casa, por dios... Busco el lado positivo y me desnuco en el sofá dispuesta a echarme una siesta excesiva para un adulto sano. ¿Se habrá llevado Marido el chupete? No por él, es más por Lapequeña, que montará en cólera y no dormirá su siesta ni narcotizada si no lo mordisquea un rato.
Me despierto horas después con unas ganas de dulce que ni Winnie the Pooh. Abro un paquete de Oreo y me acuerdo de las meriendas de Lamayor, en el parque, abriendo galletitas. Una lagrimilla incipiente me chiva lo mucho que les echo de menos. No puedo más con este silencio pordiosssss....¿Es que no piensan llegar nunca? Tratando de paliar el mono corro a su baño a oler el aceite Johnson y a tirar de la cuerda de esas mariquitas de madera que les regalaron LosReyes y que esconden en sus barrigas la música más chillona y repetitiva de cuantas tenga la SGAE. Hoy sin embargo me encanta. Tiro y tiro de la cuerda hasta que me veo a mí misma desde fuera y me asusto mucho. De pronto oigo a un bebé llorar y me asusto más aún porque temo empezar a enloquecer. Es en casa de los vecinos. Ay que ver qué suerte tienen algunos...
Vago por la casa como un alma en pena hasta que oigo la puerta del garaje y grito de alegría. Lamayor entra corriendo y me pregunta ¿Nos has echado de menos, mami? Sin darme tiempo a contestar, y a derretirme, la carcajada de Marido responde por mí. Qué rabia me da que me conozca tanto, oiga.
¡Claro! Quédate en casita y disfruta por un día, tonta, yo me llevo a Lasniñas.
Oooouuuuyeah!!! Tooodo un día para mí, para hacer lo que YO quiera. Para disfrutar de la casa en silencio. Para leer. Para escuchar música. Para verme una temporada entera de How I met your mother. O dos. ¡O todas!
¿Por dónde empiezo?... ¿Estás de coña?... ¡¡A la bañera!! La lleno hasta los topes y me sumerjo en un impresionante baño de espuma...Y yo que pensé que la bañera ya sólo servía como escenario para el barco de los clics. ¡Ay, cuán equivocada estaba!. Exfoliante. Mascarilla. Hidratante. Nutritiva. Algún producto más y tendré que llamar al Servicio de Atención al Intoxicado. Escurro tanto que podría apuntarme a una competición de bobsleigh en línea recta y ganar por tres cuerpos, claro que cuando me quite la ropa será como desnudar un tranchete, pero no me importa porque llevo torta. Ahora que caigo, es una lástima que la láser no me permita ya disfrutar de un buen tarro de cera caliente, como antaño, cuando los aullidos cerraban estas placenteras sesiones de peluquería y estética.
Finalizado el baño me doy cuenta de lo gozoso que habría sido escuchar a Los Ramones en el 90 de volumen mientras hacía el anfibio. Intentando subsanar tamaño olvido conecto el CD y bailoteo delante del espejo, como cuando tenía quince años. Está bien, y veinte... ¡Y ya! El efecto estético es demasiado chocante así que opto por tirarme en plancha a la nevera, abrir una cerveza y sentarme en la terraza a leer el periódico, que para eso no hay límite de edad. Repasada la actualidad, apoyo el codo en la barandilla, enciendo un cigarro, me mareo muchísimo y simulo una despreocupada conversación de barra de bar con un amigo imaginario. Antes de que me vean los vecinos vuelvo a mi asiento y ojeo las revistas, memorizando estilismos para los próximos seis meses, por si no tengo oportunidad de abrir otra en mucho tiempo. Me pregunto qué estarán haciendo Marido y Lasniñas. Les llamo. Al colgar siento ganas de llamar de nuevo. Expulso a empujones la idea de mi cabeza y me voy corriendo a meter el bajo de unos pantalones que llevan en el armario desde el 99 porque aún no he podido arreglarlos... Me tengo que dar prisa porque tengo que disfrutar de muchas cosas aún... Dejo los pantalones a medio coser al recordar que tengo que cortarme las uñas para no parecer más un guitarrista flamenco. Feliz con mis uñas cortas, me voy a cocinar un poco, que me relaja mucho. Hago seis docenas de flanes y salmorejo para toda la urbanización. De vuelta al salón, pongo la tele y paso los capítulos de la serie a cámara rápida. ¿Habrán comido ya Lasniñas? Noto que me estoy estresando. Otra cerveza y una lata de berberechos con mucho vinagre me devuelven a la realidad. Desempolvo la discografía completa de Sabina y recuerdo viejos tiempos cantando a voz en grito. Me callo. Cuánto silencio hay en esta casa, por dios... Busco el lado positivo y me desnuco en el sofá dispuesta a echarme una siesta excesiva para un adulto sano. ¿Se habrá llevado Marido el chupete? No por él, es más por Lapequeña, que montará en cólera y no dormirá su siesta ni narcotizada si no lo mordisquea un rato.
Me despierto horas después con unas ganas de dulce que ni Winnie the Pooh. Abro un paquete de Oreo y me acuerdo de las meriendas de Lamayor, en el parque, abriendo galletitas. Una lagrimilla incipiente me chiva lo mucho que les echo de menos. No puedo más con este silencio pordiosssss....¿Es que no piensan llegar nunca? Tratando de paliar el mono corro a su baño a oler el aceite Johnson y a tirar de la cuerda de esas mariquitas de madera que les regalaron LosReyes y que esconden en sus barrigas la música más chillona y repetitiva de cuantas tenga la SGAE. Hoy sin embargo me encanta. Tiro y tiro de la cuerda hasta que me veo a mí misma desde fuera y me asusto mucho. De pronto oigo a un bebé llorar y me asusto más aún porque temo empezar a enloquecer. Es en casa de los vecinos. Ay que ver qué suerte tienen algunos...
Vago por la casa como un alma en pena hasta que oigo la puerta del garaje y grito de alegría. Lamayor entra corriendo y me pregunta ¿Nos has echado de menos, mami? Sin darme tiempo a contestar, y a derretirme, la carcajada de Marido responde por mí. Qué rabia me da que me conozca tanto, oiga.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Epicentros comerciales
Cuando te vas a vivir extramuros de repente te das cuenta de todo lo que te perdías al empecinarte en vivir en el mismito centro de Madrid. A cambio de poder bajar a la calle a pisar cacas de perro a diario y oler los efectos de una noche de copas, renunciabas a todo un universo de parques con árboles, piscinas que se bajan de las azoteas e hipermercados con cúpulas dignas de algún emirato árabe o territorio de opulencia similar. Los siempre denostados Centros Comerciales se llevan la peor parte, pobres. Y no sé muy bien porqué...¡A mí me encantan! Adentrarte en ellos es como pasear por un parque temático lleno de sucursales de Inditex por todas partes...¡El paraíso!. Pero vamos, que si hay que criticar, se critica... Faltaría.
Planta -1. El Parking, un lugar oscuro e insalubre cuya humedad te riza las puntas nada más bajarte del coche. Eso si consigues llegar a pescar una plaza libre entre tanta columna de estilo arquitectónico incalificable que únicamente busca tu ruina y tu desorientación. Para que la intención no sea tan explícita, pintan las columnatas de colores diversos, como árboles de una ruta de montaña en busca de boy scout con ganas de senderismo. No te fíes y deja sobre el capó una flecha de neón o un rosetón gótico, lo que más a mano te pille, porque luego te cambiarán el coche de sitio y resultará absolutamente imposible encontrarlo sin tener que salir a respirar varias veces.
Una vez localizada la entrada al CC, con el carrito de Lapequeña a dos ruedas y Lamayor huída y perseguida en tres ocasiones, llegas a la Planta 0 o Planta Calle, llena a rebosar de gente que la utiliza para acortar hasta casa sin tener que rodear el edificio y ya de paso comprarse un juego de cuchillos y un par de camisones. Ésta es la planta del caos. Carritos con bebés que chocan entre sí; puertas que pitan cuando entras y cuando sales; Piolines desmesurados que se te acercan por detrás para ofrecerte un globo y casi te provocan un ingreso hospitalario; escaparates setenteros, futuristas, minimalistas, politeístas, de camping, del Racing, del Sporting...gentes que te venden coches, seguros, crecepelos...tigres, cebras, bomberos toreros, mujeres barbudas...
El momento tienda pegada a tienda, hasta el infinito y más allá, tiende a ser de lo más desquiciante. Es como ir a casa de tu cuñado y descubrir que en el mismo rellano viven seis de tus mejores amigos de la facultad. ¿Cómo no te vas a pasar a verles, por dios? Diez tiendas, dos horas y doscientos euros después te vas a casa culpable, con la cabeza gacha y la sensación de haberte arruinado en el bingo.
En las versiones más avanzadas de CC's existe la posibilidad de depositar a los cachorros en una especie de corralitos con suelo de corchopán, donde pueden dibujar, leer y pegarse con gente de su misma estatura como si estuviesen en un bar de carretera. Tras la valla, los padres vigilantes no pierden de vista el ring, pensando que sus hijos son infinitamente más guapos, altos, listos y elegantes que los demás. Sin duda ninguna.
Atravesar el CC en horizontal es harto dificultoso pero hacerlo en vertical es de experimentado superhéroe. Para pasar de nivel existe la opción Aventurera, que implica adentrarse en la jungla en busca de un ascensor; o la versión Funambulista, que supone encaramar el carrito de Lapequeña al peldaño inferior de la escalera mecánica, mientras con la mano libre sujetas a Lamayor del pelo para evitar que se caiga rodando, todo ello con la misma destreza, soltura y pericia que los chinos del Circo del Sol.
Una vez en la Planta 1, especializada en Cines y Restauración, podrás elegir entre diecisiete menús hipermegacalóricos diferentes pero no te importará porque con el ejercicio físico que has tenido que realizar hasta llegar al micrófono que recoge tu pedido, sientes que te puedes dar ese capricho y seis más. Si además eliges la opción Cine, siempre podrás engullir un bucket de palomitas de similares dimensiones a la bañera Popolini, aquella gran idea que la abuela le regaló a Lamayor recien nacida porque antes era tendencia reproducir en el baño la contorsión que los bebés debían soportar dentro del útero. Suena a planazo, ¿no?
Salir a las dos de la mañana de un cine de Gran Vía, antes de que los aniquilasen a todos con pistolas láser, y sentir que llegas a casa acompañada de la más extraña fauna humana era inquietante. Hacerlo del cine de un CC y encontrarte únicamente a limpiadoras que analizan el entorno con cara de homicidas medicadas es mucho más desolador. Entre la extrema vegetación del extrarradio, sus casas de dos pisos, sus piscinas perfectas y sus vecinos con polos de colores y los hermanos Alcázar con su brick de vino frente a la puerta de Madrid Rock, dudaré siempre con quien quedarme. Quelevoyhacer...
Planta -1. El Parking, un lugar oscuro e insalubre cuya humedad te riza las puntas nada más bajarte del coche. Eso si consigues llegar a pescar una plaza libre entre tanta columna de estilo arquitectónico incalificable que únicamente busca tu ruina y tu desorientación. Para que la intención no sea tan explícita, pintan las columnatas de colores diversos, como árboles de una ruta de montaña en busca de boy scout con ganas de senderismo. No te fíes y deja sobre el capó una flecha de neón o un rosetón gótico, lo que más a mano te pille, porque luego te cambiarán el coche de sitio y resultará absolutamente imposible encontrarlo sin tener que salir a respirar varias veces.
Una vez localizada la entrada al CC, con el carrito de Lapequeña a dos ruedas y Lamayor huída y perseguida en tres ocasiones, llegas a la Planta 0 o Planta Calle, llena a rebosar de gente que la utiliza para acortar hasta casa sin tener que rodear el edificio y ya de paso comprarse un juego de cuchillos y un par de camisones. Ésta es la planta del caos. Carritos con bebés que chocan entre sí; puertas que pitan cuando entras y cuando sales; Piolines desmesurados que se te acercan por detrás para ofrecerte un globo y casi te provocan un ingreso hospitalario; escaparates setenteros, futuristas, minimalistas, politeístas, de camping, del Racing, del Sporting...gentes que te venden coches, seguros, crecepelos...tigres, cebras, bomberos toreros, mujeres barbudas...
El momento tienda pegada a tienda, hasta el infinito y más allá, tiende a ser de lo más desquiciante. Es como ir a casa de tu cuñado y descubrir que en el mismo rellano viven seis de tus mejores amigos de la facultad. ¿Cómo no te vas a pasar a verles, por dios? Diez tiendas, dos horas y doscientos euros después te vas a casa culpable, con la cabeza gacha y la sensación de haberte arruinado en el bingo.
En las versiones más avanzadas de CC's existe la posibilidad de depositar a los cachorros en una especie de corralitos con suelo de corchopán, donde pueden dibujar, leer y pegarse con gente de su misma estatura como si estuviesen en un bar de carretera. Tras la valla, los padres vigilantes no pierden de vista el ring, pensando que sus hijos son infinitamente más guapos, altos, listos y elegantes que los demás. Sin duda ninguna.
Atravesar el CC en horizontal es harto dificultoso pero hacerlo en vertical es de experimentado superhéroe. Para pasar de nivel existe la opción Aventurera, que implica adentrarse en la jungla en busca de un ascensor; o la versión Funambulista, que supone encaramar el carrito de Lapequeña al peldaño inferior de la escalera mecánica, mientras con la mano libre sujetas a Lamayor del pelo para evitar que se caiga rodando, todo ello con la misma destreza, soltura y pericia que los chinos del Circo del Sol.
Una vez en la Planta 1, especializada en Cines y Restauración, podrás elegir entre diecisiete menús hipermegacalóricos diferentes pero no te importará porque con el ejercicio físico que has tenido que realizar hasta llegar al micrófono que recoge tu pedido, sientes que te puedes dar ese capricho y seis más. Si además eliges la opción Cine, siempre podrás engullir un bucket de palomitas de similares dimensiones a la bañera Popolini, aquella gran idea que la abuela le regaló a Lamayor recien nacida porque antes era tendencia reproducir en el baño la contorsión que los bebés debían soportar dentro del útero. Suena a planazo, ¿no?
Salir a las dos de la mañana de un cine de Gran Vía, antes de que los aniquilasen a todos con pistolas láser, y sentir que llegas a casa acompañada de la más extraña fauna humana era inquietante. Hacerlo del cine de un CC y encontrarte únicamente a limpiadoras que analizan el entorno con cara de homicidas medicadas es mucho más desolador. Entre la extrema vegetación del extrarradio, sus casas de dos pisos, sus piscinas perfectas y sus vecinos con polos de colores y los hermanos Alcázar con su brick de vino frente a la puerta de Madrid Rock, dudaré siempre con quien quedarme. Quelevoyhacer...
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