viernes, 30 de julio de 2010

Pura solidaridad

Ayer abandoné a los polluelos durante toooodo un día para cumplir con un compromiso ineludible en Barcelona. El proceso de preparación psicológica ante la perspectiva de que no me vieran cuando se levantaran fue arduo y requirió más de una reunión de grupo, pero me fui tranquila sabiendo que sólo llorarían la primera media hora y que se les pasaría según empezara su sesión matinal de Dora la Exploradora.

Salí de casa ligera, cual anuncio de quesitos light, sólo con mi bolso al hombro y el billete de avión en la mano. Nada más dejar el coche en el parking de la terminal abrí el maletero y me asusté tremendamente. ¡¡Diosss mioooo el carritoooo!! Cuando me quise dar cuenta de que no llevaba niñas en el asiento trasero que pudieran necesitarlo ya había lanzado dos o tres expresiones malsonantes y culpabilizado a Marido por no haberlo cogido, aunque él tampoco viniera en el coche. La costumbre, que es muy mala.

Tras una hora de esperas y controles, y de ponerme y quitarme los zapatos ene veces, conseguí llegar a mi flamante asiento de ventanilla. Apoyé la cabeza relajada, abrí el Ronda Iberia, regulé el aire acondicionado que amenazaba con congelarme las fosas nasales y suspiré encantada ante la perspectiva de la pequeña siesta que me esperaba en los escasos minutos de vuelo. Craso error.

Por el pasillo vi aparecer a una mujer con moño deshecho y una mancha de chocolate en la frente (malo, pensé, el desaseo personal es signo inequívoco de falta de tiempo para una misma). Llevaba una bolsa de viaje grande, tirando a muy grande (malo también, demasiado para una sola persona a no ser que fuera vendedora ambulante de fruta y no parecía ser el caso) y avanzaba por el pasillo tropezándose constantemente, como si la gente de los asientos delanteros se divirtiera poniéndole la zancadilla. De vez en cuando miraba al suelo y gritaba, unas veces hacia delante, otras hacia atrás, se paraba, avanzaba, se agachaba, se volvía a levantar, se le caía la bolsa, la recogía del suelo, pedía perdón al asiento de la derecha, se soplaba el mechón de la cara, luego al de la izquierda....y yo ya me temía lo peor.

Antes de que ella apareciera a mi vera, asomó el flequillo de Osquitar, karateka de medio metro, seguido por su hermana, una princesa lánguida y rubia que no paraba de llorar. Prometí ser buena el resto de mis días si la providencia le daba a esa familia asientos muy muy lejos del mío pero cuando vi la sonrisa forzada de la madre, abriéndose paso entre sus inmensas ojeras, como pidiéndome perdón de antemano por el viajecito que me iban a dar sus hijos, comprendí que había empezado a rezar demasiado tarde.
Amabilísima yo, me presté a cederle mi asiento a cambio de uno de los suyos al otro lado del pasillo para que pudieran ir los tres juntos, más la barriga de siete meses de la madre que hasta el momento no se había hecho notar. El avión iba repleto así que quemé mi último cartucho al preguntarle a la azafata si no sería posible ocupar un asiento al lado del piloto. Ella se disculpó sonriente, negó con la cabeza y me dio un par de caramelos de su cestita.

En fin, un pasillo de separación no parecía mucho, pero no me quedaba otra, a no ser que quisiera ir todo el camino encerrada en el baño, sentada en la taza.

Despegamos y la princesa empezó a gritar y patalear mientras su hermano trepaba por el respaldo y escupía a una pareja de ancianos que ocupaba el asiento de atrás. Yo miraba a la madre ojerosa y notaba cómo me sobrevenía una oleada de peligrosa solidaridad que logré mantener a raya hasta que ella se echó a llorar desconsolada. Aquello me pudo. Senté a la princesa rubia en mis piernas y le hice engullir el potito haciéndole creer que crecería tanto, tanto, que podría tocar las estrellas en cuanto anocheciera. Nunca falla, oye. Envalentonada por mi primer triunfo conseguí que el karateka no siguiera lamiendo la ventanilla de emergencia pero a cambio me sacó del bolso todos mis enseres personales y los esparció por el pasillo. La azafata fue recogiéndolos como Pulgarcito y me los devolvió intactos. Yo sonreía como drogada incapaz de creer que aquello me estuviera pasando a mí.

En los escasos minutos en que la madre ojerosa y su diminuta vejiga visitaban el wc por sexta vez en media hora, la princesa rubia y sus uñas de Carmen Lomana se ocuparon de arañarme todo el cuero cabelludo y parte de la oreja, justo antes de vomitarme el potito sobre mi vestido recién estrenado. Su hermano reía sin parar, dándome en la cabeza con el globito que su madre había improvisado para entretenerle. El escenario era dantesco y la madre no aparecía. Yo estaba tranquila porque sabía que no podría huir muy lejos, a no ser que hubiera hecho la mili en los paracas y escondiera uno de emergencia en la bolsa de vendedora ambulante, pero tanta micción resultaba extrema, incluso para una embarazada, y ya me estaba empezando a mosquear.

Tengo la sensación de que tardamos seis días en llegar a Barcelona. Nada más aterrizar, salí corriendo sin rumbo fijo por temor a verme obligada a acompañar a la madre ojerosa y sus dos fieras hasta la puerta y ayudarles a coger un taxi. Me escondí en el baño y desde allí les escribo estas letras. Llámenme cobarde, pero con mis Dos ya tengo bastante, ocuparme de los ajenos sería puro vicio.

martes, 27 de julio de 2010

Y tú, ¿Vienes mucho por aquí?...

Tengo la extraña sensación de que hace más de un mes que no veo a Marido. Sospecho que sigue viviendo en casa porque noto su presencia de vez en cuando, como en Ghost, sobre todo los días en que me da por hacer jarrones de barro en el salón, pero no sé si podría demostrarlo sin la ayuda de una buena ouija.
Entre semana no nos vemos porque nos lo impiden nuestras ocupaciones respectivas y el fin de semana tampoco porque de ello se encargan nuestras hijas en común.

Nos cruzamos de vez en cuando por el pasillo de casa mientras uno lleva corriendo a Lamayor al wc antes de que sobrevenga el desastre y otro carga en brazos a Lapequeña, que patalea como un dibujo animado porque no le dejas comerse la tierra del ficus.
Otras veces coincidimos frente a la tele, a eso de las diez, cuando la casa vuelve a ser una casa y no un programa piloto de Humor Amarillo; cuando el silencio reina y sólo se oyen nuestros ronquidos acompasados. A veces noto cómo su mano temblorosa roza suavemente la mía para llevarse el mando de la tele. Intento agarrarle la manga de la camiseta y lanzarle un beso oblicuo pero los músculos del cuello me abandonan a mi suerte, soltándome la cara de golpe contra el cojín del sofá. Lo intento de nuevo pero es en vano, sólo me quedan fuerzas para recoger con cierta dignidad el hilillo húmedo que se escapa por la comisura de mis labios.

Ayer creí verle en la terraza y mi corazón se aceleró de emoción. Corrí a peinarme y echarme colonia, y cuando volví al punto en que lo dejé, ya se lo había llevado Lamayor a montar en bici.
Otro día anduve mucho más lista y le esperé ya peinada y con los pendientes puestos en la puerta de la cocina. Apoyándome sensualmente sobre la encimera, entre el frutero y la thermomix, le susurré ¿vienes mucho por aquí? para percatarme segundos despues de que un ser trepador de unos trece kilos le subía por la espalda hasta coronar sus hombros y gritar ¡saltapapasalta!. Con resignación les vi desaparecer por el pasillo, cantando a dúo El burrito Pepe, borrachos de amor paternofilial.

Los intentos de acercamiento por su parte tampoco han dado mejores resultados. Desde el día en que llegó del gimnasio y me pilló haciendome la muerta, convulsionando ritmicamente en el salón para regocijo de Lamayor, de Lapequeña y del señor del gas que había venido de inspección rutinaria, no ha vuelto a entrar sin llamar al timbre por miedo a otro amago de infarto.

Me gustaría mucho volver a verle y saber qué ha sido de su vida en los últimos tres años. Cuando me entra la nostalgia, abro la caja de galletitas danesas para volver a ver nuestras fotos. Qué bonito el viaje a Amsterdam ¿De verdad cabía yo en esos pantalones? Qué bonita la plaza de Chinchón ¿De verdad cabía yo en esos pantalones? Qué bonito aquel concierto de Miguel Bosé ¿De verdad cabía él en esos pantalones?

Mañana lo intentaré con el skype, y si no tengo éxito, le propondré una cita a ciegas vía sms para el mes próximo, a más tardar. Por si el vernos sin niñas dificulta el reconocimiento visual pactaremos previamente la indumentaria. Cualquier cosita que no sea la camiseta desteñida y sin elástico de estar en casa seguro que nos sorprende gratamente a los dos.

No sé qué tal saldrá todo, pero finalmente, si desorientados por la falta de costumbre resultamos incapaces de hacer planes de adultos, siempre podremos ir a ver Tiana y el sapo...¡pero solos!

De botellón en el parque

Llevaba un mes o dos intentando quedar con tres amigas de toda la vida y no había manera, oiga. La semana pasada, tras dos semanas de presiones, insultos y amenazas cruzadas, por fin lo conseguimos.
En lugar de vernos en La Caverna un antro rockero, carente de oxígeno y modales donde solíamos quedar antes, lo hicimos en el parque de la acera de enfrente, lugar mucho mas apropiado teniendo en cuenta que cada una de nosotras aportábamos dos nuevos miembros al grupo en forma de hijo menor de tres años.

M.E.M. 34 años, dos hijos varones y esperanzas de tener la niña algun día, llegó la primera cargada con una minimoto y un camión remolcador de dos ejes que tritura la arena que da gusto verle. Nada más llegar cogió sitio a la sombra, bajo el magnolio que antaño nos servía para apoyarnos y seguir andando en línea recta camino de casa.
A.M.M., 35 años y dos gemelos, cuatro si contamos los de las piernas. Llegó ojerosa y despeinada, lanzando bostezos al aire como si nos quisiera morder a todas.
E.G.G., 37 años, dos niñas, un embarazo incipiente y absolutamente feliz. Mi ídola. Llegó trotando detrás de las niñas con su barriga a cuestas como si no le afectase en absoluto el mal humor, el calor ni la retención de líquidos.

Una vez reunidas todas, sentadas bajo el magnolio, con los niños bípedos corriendo a sus anchas y los lactantes convenientemente parapetados en sus cochecitos, nos dimos quince minutos de tregua para el intercambio de fotos y exclamaciones tipo pero qué mayor/guapo/rico/rubio está tu hijo/a, pasados los cuales nos juramos no volver a hablar de niños. Teniendo en cuenta que estábamos rodeadas de ellos por todas partes, parecíamos condenadas a fracasar. Y lo sabíamos. Sin darnos apenas cuenta, AMM, madre de gemelos, se había quedado dormida recostada contra el tronco del árbol y nos amenizaba la conversación con un suave colchón musical a modo de sibilante ronquido.

Alguna comentó decidida...."bueno, que alguien cuente alguna novedad" ...seguido de un "no sabeis a quien vi ayer" ...e interrumpido por un "Pablitooooooo no te comas la arenaaaa"
Inasequible al desaliento, otra continuó... ¿Sabéis quien trabaja ahora con mi exjefe cuidadoconelcolumpioooooo? No! dinos! no, espera, ese es mi yogurt? No, dáselo tú, espera que la cuchara está llena de arena, sigue, cuenta, Martitaaaa suelta el pelo de ese niñoooo ¿En serio? ¿pero no se habia ido a hacer un master a Londres? Pásame las toallitas. Que va! lo dejaron hace un par de años y no se han vuelto a ver, por dios que alguien le saque la arena de la boca a Pablito. El sí se fue a Londres, o eso creo, pero ella sigue por Madrid... Espera, tu hija se está comiendo mis gafas de sol, no, si no me importa, da igual que me hayan costado 300 euros, es por ella, por si se hace daño...¿Quien se ha ido a Londres? Clarita por favooor, la caca de perro nooooo... ay, creo que le dado dos veces de merendar al mismo niño de AMM y el otro está muerto de hambre... hija haberle hecho una marca, como en la guerra...¡¡Del suelo noooo!! Pablitoooooo...

Mientras, en la acera de enfrente, un melenudo de torso bronceado empujaba palés llenos de cervezas hacia la puerta de La Caverna con una facilidad pasmosa. Estaban a punto de abrir, era viernes y habría concierto. En menos de una hora comenzaría la procesión de jóvenes recién duchados, sin preocupaciones y con toda la noche por delante. Entonces se hizo el silencio. Nos miramos y al instante comprendimos lo que dolería. Veloces cual experto top manta, metimos a hijos propios y ajenos en sus respectivos carritos y huímos del lugar como si nos persiguiese la policía. Al llegar al parking descubrimos que nos habíamos dejado a AMM bajo el árbol porque nos sobraban dos niños. A regañadientes me presté para volver a buscarla mientras el resto cuidaba de los gemelos, de Lamayor y de Lapequeña.

Bajo el árbol no había nada más que un cubo aburrido y una pala sin dueño. Ni rastro de AMM. Y de repente lo vi claro. Desde la cola que ya comenzaba a formarse delante de La Caverna, AMM me llamaba haciendo el molinillo con los brazos, totalmente eufórica tras hora y medio de sueño sin interrupciones.¡Una y nos vamos!, parecía gritarme en la lejanía. Miré hacia el parking y eché cuentas con los dedos. ¿Dos adultos cuidando de 8 niños?... ¡Suficiente! Una y nos vamos... Hu- Ha!

De uno a dos

Todo hace pensar que pasar de 1 a 2 implica sumar 1 + 1. Tururú. Esto puede que siga siendo así en aquel libro de matemáticas lleno de fotos de buenorros que teníamos en BUP pero, en lo que a descendencia común se refiere, 1 + 1 = caos absoluto (entendiendo caos como la incapacidad del ser humano de atender a todos los eventos de un espacio concreto y en un instante determinado, teniendo que asumir los conceptos de azar e incertidumbre, en oposición al sentimiento natural que empuja a toda especie animal a buscar un cierto orden). Es vergonzoso que tu ginecólogo, ese ser todopoderoso que conoce aspectos y zonas de tu cuerpo que ni tú misma sabías que existían, sea incapaz de hacerte un power point con un par de gráficos para explicarte esto convenientemente tras la revisión del primer parto. Muy poco deontológico me parece.

Cierto es que el mayor cambio llega bajo el brazo del primer hijo, junto con el pan, pero entonces todo es taaaan bonito y taaaan novedoso que la abnegación puede más que el cansancio y en el fondo disfrutas jugando a ser supermamá, hasta que te luxas la primera vértebra. A partir de ese momento piensas que quizá sea necesario traje de superheroe para semejantes menesteres y, que hasta que Zara no lo incorpore a su colecciones, no habrá donde buscar. Asumes que eres imperfecta y que no lo puedes tener todo bajo control, entonces, y sólo entonces, decides ir a por el segundo. Bendita inocencia.

En el proceso te juras a ti misma que no volverás a caer en las adictivas garras de la sobreprotección filial ni cometerás aquellas tonterías de primeriza como probar seis veces la temperatura del biberón y del agua de la bañera antes de exponerlos directamente al cachorro. Por ello es que todos los hijos segundos vienen ya de serie con esófagos de platino y aletas de buzo para evitar la quemazón.

Recuerdo que cuando a Lamayor se le caía el chupete al suelo poníamos en práctica el Protocolo B antibacteriano, acordonábamos la zona y llamábamos a los swat. Lapequeña ha crecido rodeada de tantos virus que hasta se ha echado un amigovirus imaginario. Lo lleva todo el día posado sobre el hombro, le pone su ropa y comparten juegos y risas. Da gusto verles gritar al unísono, porque los hijos segundos siempre gritan más, pero por puro instinto de supervivencia, no por molestar. Si no se hacen notar intuyen, no sin ciertas pistas previas, que les dejarás olvidados en cualquier rincón mientras le atas la zapatilla a su hermano o le sacas la galleta del orificio de la nariz.

Lo más chisposo de todo es cuando ambas criaturitas entran en resonancia y complementación mutua: si una vomita, la otra vomita más; si una llora, la otra más; que una se cae al suelo, la otra se tira...es probable que termines como Nacho Cano sin teclados, con una mano en cada hijo, intentando solucionar cada desastre de forma independiente. Entonces tus dos hemisferios cerebrales entrarán en conflicto y te pondrás bizca, por experiencia lo digo, con riesgo de quedar así permanentemente si alguien no te golpea con suavidad cinco centímetros por encima de la nuca, o seis, dependiendo de la altura a la que lleves ese moño con alma de postizo, al que no peinas convenientemente desde que saliste del hospital con el segundo en brazos.

Cumpliendo el viejo refrán "de valientes están los hospitales llenos" tengo dos amigas esperando el tercero. Desconozco de dónde les viene la fuerza, pero quiero tres cajas de lo que se tomen... y el teléfono de quien se lo pasa.

El cumpleaños de Sarita

Sarita es una niña de frondosos rizos rubios que su madre se niega sistemáticamente a desenredar desde que cumplió los dos años, para no alisarlos y que pierdan cuerpo, supongo yo. Por ello y sólo por ello, la pobre Sarita lleva más de once meses yendo al cole con el pelo tan cardado como Vicky Larraz en sus tiempos mozos. Hechas las presentaciones pertinentes, sólo queda comentar que esta niña de look ochentero cumplió tres años el pasado viernes, para gran solaz de sus progenitores y similar grado de pereza en los padres de sus amiguitos invitados.

La cita fue en la piscina de bolas "Gran Cañón" con capacidad para tres mil quinientas personas, en la que se celebraban diecisiete cumpleaños en la misma tarde y a la misma hora. En la puerta, la organización nos recibió con un wellcome pack que incluía un cucurucho de chocolatinas con la cara de la homenajeada para los niños y una caja de lexatines de 5 mg. para los padres, preciado detalle que no me cansaré de agradecer al comité de festejos.

Nada más entrar nos dividieron por grupos más o menos homogéneos, vistiéndonos con dorsal de diferentes colores, en función del cumpleaños al que asistieramos. Todos, padres y niños, seguíamos a Sarita por el intrincado laberinto de pasillos, sin perder de vista el rastro de su abultada cabeza. Al llegar a nuestra sala, los niños salieron corriendo y gritando hacia un desmesurado receptáculo de bolas de colores mientras los padres nos mirábamos unos a otros con una difícil pregunta escrita en la frente ¿Y ahora qué?
Despistadísima, fui imitando el comportamiento de las demás madres de la manada que andaban muy sueltas ellas gorjeando en grupos de a tres: comí un par de sandwiches de contenido incalificable, comenté el buen gusto de la decoración y las cenefas horrendas e incluso critiqué en la distancia los zapatos de dos de ellas y la sinrazón de acudir a una cita así con plataforma de veinte centímetros. Hecho esto, y con la sensación de tener los deberes socializadores hechos, corrí a sentarme junto al único padre asistente al ágape, que supuse había abusado notablemente del pack de lexatines porque era incapaz de pronunciar una sola frase de forma coherente. Al verse arropado, apoyó su cabeza en mi hombro y lloró durante quince interminables minutos. Le abracé y besé repetidas veces en la calva susurrándole Sé fuerte, esto dura sólo un par de horas.

Incapaz de entender lo que ocurría a mi alrededor me acerqué al receptáculo de bolas para ver qué hacían los niños y comprobé cómo un par de niños orangutanes empujaban a Lamayor y la tiraban por el tobogán sosteniéndola por los pies. Ella parecía divertirse en extremo pero yo no paré de gritar e insultar a los pequeños, intentando pillarles del pelo a través de la red que nos separaba, hasta que la depositaron sobre el tatami, haciéndole un hipón profesional de todas todas.
Aquello fue demasiado. Me descalcé y entré a rescatar a mi niña aunque ella no tuviera ninguna gana de ser rescatada y lo mostrara sobradamente mordiéndome las manos y pataleando con vividez. La arrastré por el brazo hasta la salida no sin antes dejar el regalo de Sarita en un contenedor rosa colocado al efecto: un precioso conjunto de tres peines y gel alisador de L'oreal profesionnel que me costó una pasta y que su madre ha debido quedarse en usufructo, porque esta mañana Sarita ha acudido a clase con la misma melena leonina del viernes.
No he podido irme del cole sin preguntar por el estado del padre politoxicómano. Me confirman que está ingresado con una crisis de ansiedad pero que espera recuperarse para el cumpleaños de Melody el próximo día dos.
Si es que no pasan más cosas porque dios no quiere...

Fase de entrenamiento II: El Hospital

Para adquirir el carnet de madre imperfecta y psicótica es indispensable haber sobrevivido a una jornada en urgencias del hospital más cercano al domicilio habitual con uno o varios vástagos accidentados.
Desde que pones un pie en Admisiones con un bebé incisocontuso llorando en brazos sientes como si un alguien invisible colgara de tu espalda el cartel identificativo de mala madre , tipo muñeco de los inocentes, de esos que no hacen ni puñeterita gracia a quien lo carga.

Desde el minuto uno te separan de la gente de bien que espera su turno apostada en sillas de ruedas: borrachos con brechas, el señor amarillo de la sonda, la señora gorda del esguince, el deportista de rodillas disparejas... para conducirte a una sala aparte llena de malas madres como tú, con sus respectivos damnificados en brazos: el niño electrocutado, el que se ha tragado el boli, el adicto a la ingesta de desinfectantes, el del gusanito en la nariz y el acróbata, en este caso la acróbata, la mía, Lapequeña.
Cansada de tanto explorar el suelo del salón y las pelusas que en él habitan, Lapequeña decidió ayer experimentar en carne propia el subidón de adrenalina que produce el vuelo acrobático. Su salto desde el sofá con doble bucle invertido y caída en tirabuzón hizo que Marido y yo sacásemos el cartoncito de puntuación 10 y aplaudiéramos en cerrada ovación. Minuto y medio después salimos corriendo a urgencias para comprobar que la protuberancia azul marino que se estaba haciendo dueña de la frente de la niña era de la familia del chichón común y no de otra especie desconocida.

Apenas tuvimos que esperar en la sala. Cuando dijeron su nombre, corrí veloz hacia el box1, esquivando la zancadilla de la madre de un niño con seis brechas que estaba acampada allí desde hacía dos días. Nada más sentarme frente al médico sentí unas ganas locas de agarrarle por la bata y gritarle soooy bueeena madreeee se lo juroooo, pero me contuve porque pensé que me perderían las formas. Amabilísimo, apagó y encendió varias veces la linterna frente a la cara de la niña como si fuese un boy scout emocionado en su primeras convivencias. Todo bien, pero haremos unas placas. Fue oír placas y notar cómo mi cuerpo entero se descomponía en canicas de colores que rebotaban nerviosas contra el suelo haciendo clac clac clac clac. No quiero. No me gustan las placas, ni las canicas, ni los clac clac clac, ni las frases para estar seguros ni para descartar.

Finalmente las placas salieron bien pero aún así, derivaron el caso al grupo de pediatría para su valoración y juicio oportuno. Allí tuve que enfrentarme a un tribunal compuesto por tres doctoras adolescentes con el MIR más reciente que la manicura que hasta me regañaron por no haberle cortado las puntas a la niña en los últimos tres meses. Tras un interrogatorio tipo pediatra bueno-pediatra malo me dejaron volver a casa con la niña, más un casco que me llevé de regalo.

Me niego a pasar por ello otra vez así que he decidido acolchar el suelo y las paredes de mi casa, estilo frenopático pero en tono blanco roto, que me va más con las cortinas. Es posible que también yo haga uso de ese espacio mullido para uno o dos golpeteos craneales diarios, cuando escribir estas historietas sanadoras ya no me sirva como terapia

Sicilia, 1920

Recuerdo que yo era una moza bien parecida, esbelta y pinturera, que atraía las miradas de muchachos de muy diferentes gremios manufactureros, ya fuere en el baile, de paseo o en las terrazas de los cafés. Tres años y dos embarazos después, me hallo en condiciones de afirmar que lo único que me queda en su sitio son los globos oculares.

Cuando los libros me hablaban de los cambios físicos que conlleva la maternidad siempre pensé que se referían a la necesidad de mudarte a una casa más grande. Jamás imaginé la tendencia de músculos y diferentes capas de la dermis por acercarse cada vez más al suelo, como si te estuvieses derritiendo. Cuando un día al agitar el biberón notas cómo la cara interna de tu brazo se independiza del resto de tu cuerpo y pendula como un trapecista nervioso, sientes que el tema se te ha ido de las manos.

Pero todo empieza mucho antes.

Durante el segundo trimestre de embarazo, justo cuando guardas tus vaqueros bajo llave susurrándoles, volveré , te pones como loca de contenta porque aquella barriguita incipiente se nota cada vez más. Los pantalones de cintura elástica te parecen lo más e incluso te planteas porqué no empezaste a utilizarlos ya en el instituto, por dios, con lo cómodos que son!

Lo malo llega después. Un día te levantas de la cama y antes de entrar en la ducha saludas a la mujer esa que te mira desde el espejo con un educado Buenos días, maja, ¿qué haces ahí metida? pero sólo porque tu madre te enseñó a ser cortés incluso con los desconocidos. Cuando te das cuenta de que lleva tu camisón y tu mismo tinte de pelo, sospechas. ¿Quien eres? ¿Y porqué te me has comido a mí misma? Es tu misma imagen pero por triplicado, como si fueseis las hermanas Goyanes. Sopesas montar en cólera y romper botes de colonia contra el espejo como en las pelis de sobremesa, pero sabes que eso no cambiará nada; así que ya que está ahí, hazte su amiga y pídele que te seque la espalda, que no estás tú para estiramientos ni contorsiones.

Siempre hay alguna amiga que te dice, pues yo salí del hospital con mi ropa de antes del embarazo, pero no le hagas caso, porque seguro que se refiere al chándal. Y así no vale.
Yo esperaba desinflarme como un globo de chicle nada más llegar a casa con el bebé, pero creo que la convalecencia incluso me hizo engordar algún gramito. Todos me pedían paciencia. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquellas lorzas seguían encaramadas a mis costillas como cabras montesas, saltando por encima de la cinturilla del pantalón a la mínima y sin previo aviso.

Entonces te vuelves observadora compulsiva de barrigas ajenas. Carrito que ves por la calle, mirada fija a la madre para calcular en décimas de segundo a) tiempo pasado aproximado desde que dio a luz y b) comparación de su barriga de perfil versus la tuya. Si esta última variable sale a su favor, agudizas aún más la vista para encontrar la línea de la faja a través de su ropa. Y eso quita puntos. Si ella es delgada en extremo, el niño es adoptado. No te castigues más.

Y de repente un lunes cualquiera, tras un año y un día de calvario y ensaladas, y justo cuando empezabas a perder tu fe en el efecto reductor del alga marina, tu cuerpo vuelve a su ser, pero ha tardado tanto tiempo que cuando por fin vuelve a casa, ya no le reconoces.

La primera vez

Da igual que tengas o no cuidado, que te prepares física y psicológicamente, que lo habléis, que no lo habléis, da igual. La primera vez duele. Y duele tan profundamente que parece que te vayas a partir en dos. Y no es para menos, la primera salida nocturna postparto implica dejar un pedacito de ti con una señora que hasta hacía dos meses ni siquiera conocías. Podría ser una bruja, un militar eslovaco retirado o la madre de Batman y tú ni siquiera lo sabrías.

Cuando nació Lamayor, Marido y yo tardamos más de cuatro meses en salir solos una noche. Teniendo en cuenta que yo solía hiperventilar si la niña estaba en una habitación diferente a la mía, por muy fino que fuese el tabique que nos separara, ni se me pasaba por la cabeza salir a cenar sin ella.

Sucedió de pronto, un día nos invitaron al cumpleaños de unos amigos y aceptamos sin sopesar bien los efectos secundarios. Hasta que llegó el día D, todo fue jolgorio y planes chulos. Por fin me quitaría la coleta del pelo y me vestiría como los seres humanos que salen a socializar. Hablábamos sobre lo que haríamos, sobre qué comeríamos y sobré qué cantidad de alcohol seríamos capaces de ingerir sin desnucarnos brutalmente contra el plato por la falta de costumbre. Esa noche me despedí de la niña como si yo fuese a ingresar en prisión y no fuera a verla en años. Come bien, duerme mucho, acuerdate de mí...

Antes de llegar al portal ya había llamado a la niñera para preguntarle si nuestra salida había sido muy traumática para la niña a pesar de que ya estaba dormida cuando cerramos la puerta. Desde el taxi volví a llamar para recordarle de nuevo las ultimas tres cosas que le había recordado antes de salir de casa y un par más que se me habían ocurrido por el camino. Me fui pensando todo tipo combinaciones y permutaciones entre barbaridades: que cuando llegáramos a casa no estarían ninguna de las dos, que sólo estaría la niña rodeada de tijeras y catanas o que estarían ambas delante de la tele vestidas con la camiseta del Barça. Dios no lo quisiera o quisiese.

De camino lloré como si se hubiera muerto Chanquete. Marido trataba de consolarme mientras el taxista opinaba y sonreía absurdamente incapaz de entender mi desazón. Pude reponerme justo antes de llegar al restaurante y hasta fui capaz de saludar a todos y de hacer dos bromas. En los entrantes volví a llamar a casa y noté cierto tono de fastidio en la voz de la niñera que hasta entonces se había mostrado muy comprensiva con mi psicosis. Intuí que no me cogería el teléfono si volvía a llamar desde mi móvil así que pedí prestado el suyo a un par de amigos y, cuando el resto se negó a dármelo como para ayudarme a superar una adicción, le supliqué de rodillas al maitre.

Durante el transcurso normal de la cena fui capaz de olvidarme de la niña y las catanas al menos en tres ocasiones, para, acto seguido, sentirme muy culpable ante tamaña despreocupación. No pedí postre, ni copa, ni puro y en cuanto pude salí escopetada hacia la calle gritando ¡me ha encantado veroooos!

Incapaz de comprender la tendencia del gremio madrileño del taxi a desaparecer los sábados por la noche, decidí quitarme los tacones y volver corriendo a casa. Atravesé Castellana con Marido arrojándome agua y gritos de ánimo desde el primer taxi libre que había abordado para seguirme en mi huída. Tardamos 2 horas y 45 minutos, pero llegamos, yo ciertamente maltrecha, justo para el biberón de las 3. La casa estaba en silencio y olía profundamente a bebé. Ni rastro de la catana ni de la camiseta del Barça, por suerte.

Al acercarme a la cuna descubrí a Lamayor, más conocida por aquel entonces como Laúnica, completamente despierta tratando de ingerir uno de sus dedos. Le susurré algo incomprensible y me devolvió una enorme sonrisa que hizo que desapareciera de inmediato el dolor de las llagas de mis pies. Entonces empecé a disfrutar de la noche.

Vamos a la playa guo hoho hohó

Qué lejos quedaron aquellos días en que bajar a la playa significaba coger la toalla y el Woman y tumbarte al sol hasta estar bien hecha por ambos lados. Amigas y conocidas colocaban su toalla junto a la tuya y ahí echábais las horas, recordando la noche anterior, las que tenían la suerte de recordarla, claro.
El sábado, Marido y la que suscribe nos decidimos, algo envalentonados por las cuatro horas de sueño sin interrupciones, a planificar una excursión como si esperásemos coronar el Anapurna. Empezamos llenando un par de mochilas pero pronto nos dimos cuenta de la estupidez de nuestros actos y lo limitado de nuestras miras. Con buen criterio optamos por una Samsonite Aeris Comfort Spinner de 82cm con ruedas, que terminó quedando algo justita despues de verter el contenido de ambas mochilas y algún aparejo más que pasaba por allí. Los manguitos y el churro para Lamayor, la minipiscina para Lapequeña, pañales, gorros, bañadores de repuesto para dos, ropa de repuesto para dos, el set de cubo y pala, cremas, un bibe de agua y dos algo se me olvida seguro.

Bajamos al garaje como caballos de carga, cada uno con una niña en brazos llorando porque dejaba algo imprescindible en casa. La Samsonite bajó sola porque ninguno de los dos podíamos con ella. Al llegar al coche, y despues de subir a cada una a su sillita y cargar la maleta, detecto ¡oh, cielos! que no llevamos nada de comer para media mañana. Subo a por un par de piezas de fruta pero me lío y termino llenando tres bolsas de plastico con bocadillos, latas de refrescos, medio kilo de naranjas de zumo y una barra de fuet. Por si acaso.
Sopeso también la opción de llevarme el melón pero la desecho nada más mirarle porque él no tiene asa ni yo más manos. Como aún queda algo de espacio en el maletero decido llevar con nosotros una bolsa de basura llena de pañales radioactivos para tirarla de camino.

Por fin en el coche, con todos los miembros del asiento trasero llorando y los del delantero a punto de discutir por cualquier nimiedad, arrancamos y nos vamos, olvidando en nuestra huída una de las bolsas de comida, los gorros y el flotador de Pooh.

Doce minutos despues desembarcamos en la playa como aquellos que tomaron Omaha, pero más cargados. Uno empuja el carrito de Lapequeña, otro se encarga de Lamayor y las bolsas de comida de media mañana; mientras, la Samsonite, nos sigue expectante a una distancia prudencial.

Nada más pisar la arena nos damos cuenta de que hemos olvidado la bolsa de pañales agazapada en el maletero, más concretamente, en el maletero de un coche que estará al sol las próximas tres horas. La sola imagen de lo que nos encontraremos a la vuelta no es suficiente para hacernos retroceder así que seguimos nuestra senda como sherpas hasta llegar a las tumbonas. Mientras Lamayor brinca como si estuviese en una cama elástica gritando ¡¡arena quema, mamá!! Lapequeña bendice y besa el suelo que pisa con gesto papal y luego nos sonríe con las encías llenas de arena.

Mi conciencia ecológica y mi olfato hacen que me arrepienta y decida volver al coche corriendo y gritando ¡¡arena quema, mamá!! para rescatar la bolsa del maletero. En el camino de vuelta no encuentro contenedor alguno habilitado para recoger semejante conjunto de celulosa contaminante así que opto por dejarla camuflada junto a cuatro toallas ahora vacías, un Woman, un Cosmopolitan, un Telva y un par de cocacolas light.
De vuelta a las tumbonas que más gritan de toda la playa, sonrío sin mirar atrás.

Gracias, madre

Creo que lo que más me preocupaba durante la adolescencia, aparte de que se acabara en el mundo el cuarentaytresconcocacola, cuadrar las fichas de tetris que me taladraban la mente y el progresivo envejecimiento de David Summers, era no parecerme nunca a mi madre. Y lo repetía ante todo aquel que quisiera oirme: amigos, viandantes y cualquier tipo de concordancia aleatoria entre ambos grupos.

Nunca haré, nunca seré, nunca diré. ¡¡Cuantos nuncas desperdiciados!! con la cantidad de palabras que podría haber formado en su lugar : sunca, cusna, acun… un sinfín y un no parar….

Estaba convencida de que mi madre no acertaba en nada, que todo lo que hacía y decía estaba mal, que poco tenía que enseñarme... y hoy resulta que repito sus mismas palabras como si fuese un conjuro heredado, una cábala de algún libro de Dan Brown, o algo aún peor, si cabe.

Supongo que todos en casa deberíamos haber sospechado algo cuando empecé a ponerme sus tacones en los pies y sus mascarillas faciales en el pelo. Años después su ropa, su laca, su colorete, sus hombreras... De ahí a gritar con el dedo en alto porque lo digo yo han pasado sólo treinta años. Ahora entiendo sus miedos, sus desvelos, sus prohibiciones poco lógicas y hasta sus purés con aquel ingrediente naranja que parecía yema de huevo pero que aún no estoy en condiciones de demostrar.

Cuando hoy veo a Lamayor haciendo alquimia con mi crema antiojeras y unas migas de galleta, me atrevo a hacer de Rappel, tanga de leopardo no incluido. Dentro de unos años, estos dos miniseres que me clavaban la rodilla en las costillas un mes antes de nacer- cada una con su estilo y gracejo propios- y a los que quiero hasta hacerme daño, no querrán parecerse en nada a mí, aunque hoy por hoy me necesiten hasta para ponerse los zapatos.

Me gustaría mirar curiosa por la mirilla del tiempo y verlas escribiendo algo parecido a lo que yo hoy le digo a mi madre... Mami, no sé si tú pensarás que yo soy buena madre, yo creo que tú has sido la mejor.
Gracias madre, por todo.

Una mala noche no la tiene cualquiera

Al menos no como ésta.
Son las once de la mañana pero aún no sé de qué día. Deambulo por la casa en camisón y con zapatillas de deporte para asegurarme un calzado cómodo si en algún momento decido salir corriendo y no volver.
Desde la una menos cuarto de la madrugada, hora zulú, hasta las 8, hora de aquí, he debido apoyar y levantar los rulos de la almohada enemil veces, calculo.

Me acosté sin mucho convencimiento a eso de las doce y a las dos ya ganaba la tos de Lamayor a la de Lapequeña por 3 a 1. Al descanso se fueron, una pidiendo agua, y la otra llorando por el chupete perdido por sexta vez... que dime tú a mí cómo se puede perder un chupete con tanta frecuencia en una cuna de 1'10 x 70... Una buena amiga me recomendó hace ya tiempo comprar quince chupetes y esparcirlos por el colchón para ampliar las posibilidades de que el bebé topara con alguna unidad al perder la anterior. Mañana compraré treinta y dos, aún a riesgo de convertir la cuna en una piscina de bolas. Y sin son fluorescentes mejor, a oscuras me recordarán mis vigilias en Pachá.

A la tos de Lamayor le siguió 1 quiero agua y 3 dame más jarabe, peticiones ante las que sucumbí sin oposición ninguna, aunque no sin cierto temor a estar fomentando una adicción temprana al Romilar y otros derivados del dextrometorfano.
A las 5 de la mañana disfruté de una tregua silenciosa por espacio de una hora, pero estaba tan desvelada ya que sólo pude utilizarla para tragarme cuatro espacios de teletienda y, ya aprovechando, comprarme un Gymform Abdominator en oferta con un bañador fucsia de regalo y dos manguitos a juego.

Me habría gustado mucho poder pasar a cámara rápida esas horas incluyendo como banda de efectos la música de Benny Hill persiguiendo al calvo, eso habría reducido en algo mi penar e incluso podría haberme echado unas risas involucrando a Marido en el juego. Cuando a las ocho de la mañana las he oído gritar a las dos a la vez me he puesto como loca de contenta porque sabía que el suplicio de levantarme y acostarme como si de un ejercicio gimnástico se tratara, ya había terminado. Ahora sólo me quedan tres o cuatro cardenales por el cuerpo producidos por diferentes choques fortuitos contra las puertas que me flanqueaban el camino de una habitación a otra, como matones de discoteca. Andar corriendo con el pelo sobre la cara como si tuviese la peluca dada la vuelta siempre tuvo sus peligros.

Esta noche no me acuesto. Decidido. Me encerraré en el baño, daré al agua caliente hasta que el vaho no me deje ver y me conectaré a los cascos el directo de Sabina. Si tengo que volver a empalmar noche con día, prefiero hacerlo a la antigua usanza.

Sobre la baja de maternidad y otros embustes

Si a los veinte te dicen que el Estado va a pagarte un sueldo por quedarte en casa y no ir a trabajar, lógico que aúlles de felicidad y te revuelques por el suelo lamiendote la patas, pero para, que no es oro todo lo que reluce ni toda la multipropiedad tiene vistas a la playa.
En cuestión de días pasas de no tener sitio en la agenda para almacenar más reuniones a no tener sitio en la ropa interior para almacenar más celulosa ni algodón compacto. Aquel sujetador negro tipo básico de Woman Secret, que has logrado mantener a tu lado durante el embarazo aunque al final ya parecieras Lady Gaga, deja paso en el armario a un armazón medieval llamado sujetador de lactancia, en blanco o beige. No mires, no hay más opción cromática.

La cartilla de vacunaciones, ésa que al principio te parece un cartón de bingo, sustituye como por arte de magia a tu planning del outlook, pero ojo, que encima va sin alarmas y ni te avisa cuando se acerca una fecha importante. Prueba a vacunar a la criatura dos días despues de la fecha y verás la cara de la enfermera y su velocidad de plusmarquista al denunciarte en Asuntos sociales.

Tu día a día también varía considerablemente; cada tres o cuatro horas, dependiendo de la capacidad deglutidora del miniser y del almacenaje de su estómago, deberás pasar por casa a fichar como si estuvieses en libertad condicional y el portero temiera que escapases a las Seychelles. Otra opción es llevarle contigo -al bebé, no al portero- y arriesgarte a iniciar la maniobra B de desenganche del sostén medieval blanco, o beige, en cualquier bar o espacio público, poco o nada habilitado al efecto y mostrar al mundo uno de tus senos, o dos. Pero vamos, que esto es como todo, es empezar y no parar. Al principio te escondes pudorosa en el baño y al tercer mes estás acodada en la barra tomándote una de gambas a la gabardina con el bebé lactante sujeto por el brazo libre que te deje el palillo.

Por lo demás, dejas de ser una sola persona. Ni Una, ni Grande (en el segundo embarazo pasas a la categoría de muy grande) ni Libre. De repente eres dos... o tres, si tienes en cuenta la sillita de paseo que no entra por ninguna puerta de dintel estándar y que incluso tiene vetada la entrada en los autobuses de la EMT. Dejarás de dormir de noche para andar todo el día dando cabezadas por esquinas y portales como si fueses narcoléptica y/o borracha e incluso te plantearás seriamente qué hacer con la cama, porque ni duermes ni haces absolutamente nada más en ella, así que bien podrías quemarla en el patio para calentar al vecindario, que no notarías su ausencia. También se te caerá el pelo. Mucho. Quizá no tanto como para hacerte un jersey pero sí lo suficiente para temer las consecuencias de una alopecia temprana en tus fotos de carnet.

En definitiva, no nos engañemos, estar de baja implica relajo, solaz y rascado de barriga...y nada más lejos. Algún día te levantarás con los ojos inyectados en sangre y te irás a la oficina en bata y sin duchar, a meterte en la primera reunión que pilles. Cualquier cosa con tal de salir a la calle sola y con ropa interior de persona. Pero no hay escapatoria, según cierres la puerta de la sala, estarás deseando volver a casa.

Fin de semana del horror

Doy gracias al cielo porque haya finalizado este fin de semana sin más bajas que mi régimen, mi paciencia y un par de figuritas de Lladró de casa de la abuela. Descansen en paz todos.

Llegamos a casa tardísimo después de la última comida-cena familiar. Marido lleva a Lamayor arrastrándola de los brazos como si fuese un policía deshaciéndose de un manifestante. Mientras, yo cargo el capazo de Lapequeña, dormida, gracias al cielo y a la ingesta reciente y masiva de un biberón cargado de leche con cereales. Nada más abrir la puerta detecto, ¡oh cielos! un extraño y añorado olor a silencio. Me acerco a la cocina despavorida, con los ojos en las manos, y descubro en la encimera una hoja de papel robada de mi cuaderno favorito y decorada con unos garabatos bailongos a modo de letras. Intuyo lo que dice pero hago como que no. Respiro profundamente y leo hacia mí misma y mis adentros. Remitente, la asistenta, Elvira (Colombia 1970) diciendo que vuelve a su país y que siente no poder cumplir su compromiso con nosotros. A su lado, lánguidas y desvaídas, las llaves de casa abrazadas en el llavero.

Temo empezar a hiperventilar así que me siento suavemente en el sofá y lloro con hipo pero de forma muy digna, ojo. Todo a mi alrededor comienza a desdibujarse: sombras que me hablan, me zarandean, se agarran a mis piernas y me llenan de pan las rodillas; sombras que lloran, gritan y apagan y encienden la luz como si estuviésemos en un after. Parece una peli de terror, pero de las malas; no sé si gritar asustada o reirme y abandonarme a mi esquizofrenia. Empiezo a enfocar cuando una frase de Marido me arranca del shock: ¡Anda, y encima no hay leche fría!

Me gustaría desaparecer, esconderme en una burbuja o en un pueblo de Palencia, y evitar así que me encuentren hasta dentro de muchos meses, cuando Lamayor haya superado ya la crisis por la llegada de la hermana pequeña y Lapequeña haya superado con éxito la dentición y, si me apuras, el bachillerato. Pero no puedo porque es tarde y hay que empezar con la serie diaria de baños, cenas y cuentos con final feliz.

Por culpa de un bote de rímel

Esta mañana he descubierto algo escalofriante. Se me ha secado el bote de rímel. Ésta debería ser del tipo de frases hechas que describen grandes catástrofes, pero probablemente nadie que no haya pasado por ello podrá jamás imaginar cuánto encierran estas palabras.

Harta de no tener planes chulos para salir he decidido inventármelos, encerrarme en el baño durante una hora y salir altiva y decorada cual abeto navideño. En el armario esperaba un vestido negro de corte imperio que no veía luz solar desde la boda de Ana y Emilio y dos taconazos a juego. Decidida he mirado la lista de tudús de hoy esperando que me iluminara un rayo de sol guohóhó, pero sólo tenía dos entradas: “Ir al banco a entregar la declaración” y “Comprar toallitas”. Dado el atuendo me veía más suelta en Barclays que en el Carrefour así que para allá me fui, no sin antes revisar ante el espejo de la entrada mi moño italiano cruzado en zigzag.

Esperaba que al bajar del coche una suave brisa con olor a mar me despeinara el flequillo o que un desconocido me regalara flores, lo que sucediera antes, pero lo único que he conseguido ha sido torcerme un tobillo contra la esquinita de la acera y casi dejarme los dientes. La costumbre del zapato plano y el desuso por las alturas es lo que tienen. A pesar de todo, creo que he salido del percance con sobrada dignidad y apenas se me ha notado la cojera hasta llegar a la ventanilla dos.

Carlos Cabello y su placa reluciente de sobremesa se han quedado flipados al verme, como si la gente no fuese con pendientes de brillantes y pasmina a las diez de la mañana de un martes, hay que joderse. El trámite me ha llevado unos quince minutos en los que he podido aguantar como una garza sobre una sola pata, simulando una pose sensual a la par que sencilla, pero al encaminarme hacia la salida se me ha escapado un grito de dolor y un mediopaso tipo Chiquito. Horror: el tobillo damnificado había engordado casi tanto como Britney Spears entre tratamiento y tratamiento. Esta querencia mía a hacerme esguinces me gustaba más cuando me los hacía con tres copas encima bailando paquitoelchocolatero. Era mucho más digno. Dónde va a parar.

Tras dos intentos fallidos de posar con garbo el tobillo Spears sobre el embrague Seat, a la tercera lo conseguí sin marearme de dolor. Arranco y me digo: ahora, a echar el resto al carrefour, total, para una vez que salgo. Al llegar a la puerta del hiper me invade el desaliento. Con un boli entre los dientes y gesto contraído atravieso el control de entrada haciendo esfuerzos por andar derecha. A mi lado, cientos de siluetas similares a mí; lentejuelas y palabras de honor llenan los pasillos desde Hogar a Refrescos y bebidas. Éstas son de las mías, me digo, todas ellas de baja maternal desempolvando vestidos de fiesta. Me encuentro muy a gusto, pero es tarde y debo volver a casa. Completamente convencida de que no puedo dar un paso más, me siento sobre la acera del parking y llamo a Marido para que venga a por mí. Minutos después aparece sonriente y me sorprende tirada en la calle con el moño derretido sobre las sienes y tobillos de diferentes padres… y sin las toallitas. En ese mismo momento doy gracias a dios por no llevar rímel porque si no, los cercos negros bajo los ojos le habrían restado todo glamour a la situación.