Qué lejos quedaron aquellos días en que bajar a la playa significaba coger la toalla y el Woman y tumbarte al sol hasta estar bien hecha por ambos lados. Amigas y conocidas colocaban su toalla junto a la tuya y ahí echábais las horas, recordando la noche anterior, las que tenían la suerte de recordarla, claro.
El sábado, Marido y la que suscribe nos decidimos, algo envalentonados por las cuatro horas de sueño sin interrupciones, a planificar una excursión como si esperásemos coronar el Anapurna. Empezamos llenando un par de mochilas pero pronto nos dimos cuenta de la estupidez de nuestros actos y lo limitado de nuestras miras. Con buen criterio optamos por una Samsonite Aeris Comfort Spinner de 82cm con ruedas, que terminó quedando algo justita despues de verter el contenido de ambas mochilas y algún aparejo más que pasaba por allí. Los manguitos y el churro para Lamayor, la minipiscina para Lapequeña, pañales, gorros, bañadores de repuesto para dos, ropa de repuesto para dos, el set de cubo y pala, cremas, un bibe de agua y dos algo se me olvida seguro.
Bajamos al garaje como caballos de carga, cada uno con una niña en brazos llorando porque dejaba algo imprescindible en casa. La Samsonite bajó sola porque ninguno de los dos podíamos con ella. Al llegar al coche, y despues de subir a cada una a su sillita y cargar la maleta, detecto ¡oh, cielos! que no llevamos nada de comer para media mañana. Subo a por un par de piezas de fruta pero me lío y termino llenando tres bolsas de plastico con bocadillos, latas de refrescos, medio kilo de naranjas de zumo y una barra de fuet. Por si acaso.
Sopeso también la opción de llevarme el melón pero la desecho nada más mirarle porque él no tiene asa ni yo más manos. Como aún queda algo de espacio en el maletero decido llevar con nosotros una bolsa de basura llena de pañales radioactivos para tirarla de camino.
Por fin en el coche, con todos los miembros del asiento trasero llorando y los del delantero a punto de discutir por cualquier nimiedad, arrancamos y nos vamos, olvidando en nuestra huída una de las bolsas de comida, los gorros y el flotador de Pooh.
Doce minutos despues desembarcamos en la playa como aquellos que tomaron Omaha, pero más cargados. Uno empuja el carrito de Lapequeña, otro se encarga de Lamayor y las bolsas de comida de media mañana; mientras, la Samsonite, nos sigue expectante a una distancia prudencial.
Nada más pisar la arena nos damos cuenta de que hemos olvidado la bolsa de pañales agazapada en el maletero, más concretamente, en el maletero de un coche que estará al sol las próximas tres horas. La sola imagen de lo que nos encontraremos a la vuelta no es suficiente para hacernos retroceder así que seguimos nuestra senda como sherpas hasta llegar a las tumbonas. Mientras Lamayor brinca como si estuviese en una cama elástica gritando ¡¡arena quema, mamá!! Lapequeña bendice y besa el suelo que pisa con gesto papal y luego nos sonríe con las encías llenas de arena.
Mi conciencia ecológica y mi olfato hacen que me arrepienta y decida volver al coche corriendo y gritando ¡¡arena quema, mamá!! para rescatar la bolsa del maletero. En el camino de vuelta no encuentro contenedor alguno habilitado para recoger semejante conjunto de celulosa contaminante así que opto por dejarla camuflada junto a cuatro toallas ahora vacías, un Woman, un Cosmopolitan, un Telva y un par de cocacolas light.
De vuelta a las tumbonas que más gritan de toda la playa, sonrío sin mirar atrás.
martes, 27 de julio de 2010
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