Sarita es una niña de frondosos rizos rubios que su madre se niega sistemáticamente a desenredar desde que cumplió los dos años, para no alisarlos y que pierdan cuerpo, supongo yo. Por ello y sólo por ello, la pobre Sarita lleva más de once meses yendo al cole con el pelo tan cardado como Vicky Larraz en sus tiempos mozos. Hechas las presentaciones pertinentes, sólo queda comentar que esta niña de look ochentero cumplió tres años el pasado viernes, para gran solaz de sus progenitores y similar grado de pereza en los padres de sus amiguitos invitados.
La cita fue en la piscina de bolas "Gran Cañón" con capacidad para tres mil quinientas personas, en la que se celebraban diecisiete cumpleaños en la misma tarde y a la misma hora. En la puerta, la organización nos recibió con un wellcome pack que incluía un cucurucho de chocolatinas con la cara de la homenajeada para los niños y una caja de lexatines de 5 mg. para los padres, preciado detalle que no me cansaré de agradecer al comité de festejos.
Nada más entrar nos dividieron por grupos más o menos homogéneos, vistiéndonos con dorsal de diferentes colores, en función del cumpleaños al que asistieramos. Todos, padres y niños, seguíamos a Sarita por el intrincado laberinto de pasillos, sin perder de vista el rastro de su abultada cabeza. Al llegar a nuestra sala, los niños salieron corriendo y gritando hacia un desmesurado receptáculo de bolas de colores mientras los padres nos mirábamos unos a otros con una difícil pregunta escrita en la frente ¿Y ahora qué?
Despistadísima, fui imitando el comportamiento de las demás madres de la manada que andaban muy sueltas ellas gorjeando en grupos de a tres: comí un par de sandwiches de contenido incalificable, comenté el buen gusto de la decoración y las cenefas horrendas e incluso critiqué en la distancia los zapatos de dos de ellas y la sinrazón de acudir a una cita así con plataforma de veinte centímetros. Hecho esto, y con la sensación de tener los deberes socializadores hechos, corrí a sentarme junto al único padre asistente al ágape, que supuse había abusado notablemente del pack de lexatines porque era incapaz de pronunciar una sola frase de forma coherente. Al verse arropado, apoyó su cabeza en mi hombro y lloró durante quince interminables minutos. Le abracé y besé repetidas veces en la calva susurrándole Sé fuerte, esto dura sólo un par de horas.
Incapaz de entender lo que ocurría a mi alrededor me acerqué al receptáculo de bolas para ver qué hacían los niños y comprobé cómo un par de niños orangutanes empujaban a Lamayor y la tiraban por el tobogán sosteniéndola por los pies. Ella parecía divertirse en extremo pero yo no paré de gritar e insultar a los pequeños, intentando pillarles del pelo a través de la red que nos separaba, hasta que la depositaron sobre el tatami, haciéndole un hipón profesional de todas todas.
Aquello fue demasiado. Me descalcé y entré a rescatar a mi niña aunque ella no tuviera ninguna gana de ser rescatada y lo mostrara sobradamente mordiéndome las manos y pataleando con vividez. La arrastré por el brazo hasta la salida no sin antes dejar el regalo de Sarita en un contenedor rosa colocado al efecto: un precioso conjunto de tres peines y gel alisador de L'oreal profesionnel que me costó una pasta y que su madre ha debido quedarse en usufructo, porque esta mañana Sarita ha acudido a clase con la misma melena leonina del viernes.
No he podido irme del cole sin preguntar por el estado del padre politoxicómano. Me confirman que está ingresado con una crisis de ansiedad pero que espera recuperarse para el cumpleaños de Melody el próximo día dos.
Si es que no pasan más cosas porque dios no quiere...
martes, 27 de julio de 2010
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