martes, 27 de julio de 2010

Fase de entrenamiento II: El Hospital

Para adquirir el carnet de madre imperfecta y psicótica es indispensable haber sobrevivido a una jornada en urgencias del hospital más cercano al domicilio habitual con uno o varios vástagos accidentados.
Desde que pones un pie en Admisiones con un bebé incisocontuso llorando en brazos sientes como si un alguien invisible colgara de tu espalda el cartel identificativo de mala madre , tipo muñeco de los inocentes, de esos que no hacen ni puñeterita gracia a quien lo carga.

Desde el minuto uno te separan de la gente de bien que espera su turno apostada en sillas de ruedas: borrachos con brechas, el señor amarillo de la sonda, la señora gorda del esguince, el deportista de rodillas disparejas... para conducirte a una sala aparte llena de malas madres como tú, con sus respectivos damnificados en brazos: el niño electrocutado, el que se ha tragado el boli, el adicto a la ingesta de desinfectantes, el del gusanito en la nariz y el acróbata, en este caso la acróbata, la mía, Lapequeña.
Cansada de tanto explorar el suelo del salón y las pelusas que en él habitan, Lapequeña decidió ayer experimentar en carne propia el subidón de adrenalina que produce el vuelo acrobático. Su salto desde el sofá con doble bucle invertido y caída en tirabuzón hizo que Marido y yo sacásemos el cartoncito de puntuación 10 y aplaudiéramos en cerrada ovación. Minuto y medio después salimos corriendo a urgencias para comprobar que la protuberancia azul marino que se estaba haciendo dueña de la frente de la niña era de la familia del chichón común y no de otra especie desconocida.

Apenas tuvimos que esperar en la sala. Cuando dijeron su nombre, corrí veloz hacia el box1, esquivando la zancadilla de la madre de un niño con seis brechas que estaba acampada allí desde hacía dos días. Nada más sentarme frente al médico sentí unas ganas locas de agarrarle por la bata y gritarle soooy bueeena madreeee se lo juroooo, pero me contuve porque pensé que me perderían las formas. Amabilísimo, apagó y encendió varias veces la linterna frente a la cara de la niña como si fuese un boy scout emocionado en su primeras convivencias. Todo bien, pero haremos unas placas. Fue oír placas y notar cómo mi cuerpo entero se descomponía en canicas de colores que rebotaban nerviosas contra el suelo haciendo clac clac clac clac. No quiero. No me gustan las placas, ni las canicas, ni los clac clac clac, ni las frases para estar seguros ni para descartar.

Finalmente las placas salieron bien pero aún así, derivaron el caso al grupo de pediatría para su valoración y juicio oportuno. Allí tuve que enfrentarme a un tribunal compuesto por tres doctoras adolescentes con el MIR más reciente que la manicura que hasta me regañaron por no haberle cortado las puntas a la niña en los últimos tres meses. Tras un interrogatorio tipo pediatra bueno-pediatra malo me dejaron volver a casa con la niña, más un casco que me llevé de regalo.

Me niego a pasar por ello otra vez así que he decidido acolchar el suelo y las paredes de mi casa, estilo frenopático pero en tono blanco roto, que me va más con las cortinas. Es posible que también yo haga uso de ese espacio mullido para uno o dos golpeteos craneales diarios, cuando escribir estas historietas sanadoras ya no me sirva como terapia

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