Da igual que tengas o no cuidado, que te prepares física y psicológicamente, que lo habléis, que no lo habléis, da igual. La primera vez duele. Y duele tan profundamente que parece que te vayas a partir en dos. Y no es para menos, la primera salida nocturna postparto implica dejar un pedacito de ti con una señora que hasta hacía dos meses ni siquiera conocías. Podría ser una bruja, un militar eslovaco retirado o la madre de Batman y tú ni siquiera lo sabrías.
Cuando nació Lamayor, Marido y yo tardamos más de cuatro meses en salir solos una noche. Teniendo en cuenta que yo solía hiperventilar si la niña estaba en una habitación diferente a la mía, por muy fino que fuese el tabique que nos separara, ni se me pasaba por la cabeza salir a cenar sin ella.
Sucedió de pronto, un día nos invitaron al cumpleaños de unos amigos y aceptamos sin sopesar bien los efectos secundarios. Hasta que llegó el día D, todo fue jolgorio y planes chulos. Por fin me quitaría la coleta del pelo y me vestiría como los seres humanos que salen a socializar. Hablábamos sobre lo que haríamos, sobre qué comeríamos y sobré qué cantidad de alcohol seríamos capaces de ingerir sin desnucarnos brutalmente contra el plato por la falta de costumbre. Esa noche me despedí de la niña como si yo fuese a ingresar en prisión y no fuera a verla en años. Come bien, duerme mucho, acuerdate de mí...
Antes de llegar al portal ya había llamado a la niñera para preguntarle si nuestra salida había sido muy traumática para la niña a pesar de que ya estaba dormida cuando cerramos la puerta. Desde el taxi volví a llamar para recordarle de nuevo las ultimas tres cosas que le había recordado antes de salir de casa y un par más que se me habían ocurrido por el camino. Me fui pensando todo tipo combinaciones y permutaciones entre barbaridades: que cuando llegáramos a casa no estarían ninguna de las dos, que sólo estaría la niña rodeada de tijeras y catanas o que estarían ambas delante de la tele vestidas con la camiseta del Barça. Dios no lo quisiera o quisiese.
De camino lloré como si se hubiera muerto Chanquete. Marido trataba de consolarme mientras el taxista opinaba y sonreía absurdamente incapaz de entender mi desazón. Pude reponerme justo antes de llegar al restaurante y hasta fui capaz de saludar a todos y de hacer dos bromas. En los entrantes volví a llamar a casa y noté cierto tono de fastidio en la voz de la niñera que hasta entonces se había mostrado muy comprensiva con mi psicosis. Intuí que no me cogería el teléfono si volvía a llamar desde mi móvil así que pedí prestado el suyo a un par de amigos y, cuando el resto se negó a dármelo como para ayudarme a superar una adicción, le supliqué de rodillas al maitre.
Durante el transcurso normal de la cena fui capaz de olvidarme de la niña y las catanas al menos en tres ocasiones, para, acto seguido, sentirme muy culpable ante tamaña despreocupación. No pedí postre, ni copa, ni puro y en cuanto pude salí escopetada hacia la calle gritando ¡me ha encantado veroooos!
Incapaz de comprender la tendencia del gremio madrileño del taxi a desaparecer los sábados por la noche, decidí quitarme los tacones y volver corriendo a casa. Atravesé Castellana con Marido arrojándome agua y gritos de ánimo desde el primer taxi libre que había abordado para seguirme en mi huída. Tardamos 2 horas y 45 minutos, pero llegamos, yo ciertamente maltrecha, justo para el biberón de las 3. La casa estaba en silencio y olía profundamente a bebé. Ni rastro de la catana ni de la camiseta del Barça, por suerte.
Al acercarme a la cuna descubrí a Lamayor, más conocida por aquel entonces como Laúnica, completamente despierta tratando de ingerir uno de sus dedos. Le susurré algo incomprensible y me devolvió una enorme sonrisa que hizo que desapareciera de inmediato el dolor de las llagas de mis pies. Entonces empecé a disfrutar de la noche.
martes, 27 de julio de 2010
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