martes, 27 de julio de 2010

Sobre la baja de maternidad y otros embustes

Si a los veinte te dicen que el Estado va a pagarte un sueldo por quedarte en casa y no ir a trabajar, lógico que aúlles de felicidad y te revuelques por el suelo lamiendote la patas, pero para, que no es oro todo lo que reluce ni toda la multipropiedad tiene vistas a la playa.
En cuestión de días pasas de no tener sitio en la agenda para almacenar más reuniones a no tener sitio en la ropa interior para almacenar más celulosa ni algodón compacto. Aquel sujetador negro tipo básico de Woman Secret, que has logrado mantener a tu lado durante el embarazo aunque al final ya parecieras Lady Gaga, deja paso en el armario a un armazón medieval llamado sujetador de lactancia, en blanco o beige. No mires, no hay más opción cromática.

La cartilla de vacunaciones, ésa que al principio te parece un cartón de bingo, sustituye como por arte de magia a tu planning del outlook, pero ojo, que encima va sin alarmas y ni te avisa cuando se acerca una fecha importante. Prueba a vacunar a la criatura dos días despues de la fecha y verás la cara de la enfermera y su velocidad de plusmarquista al denunciarte en Asuntos sociales.

Tu día a día también varía considerablemente; cada tres o cuatro horas, dependiendo de la capacidad deglutidora del miniser y del almacenaje de su estómago, deberás pasar por casa a fichar como si estuvieses en libertad condicional y el portero temiera que escapases a las Seychelles. Otra opción es llevarle contigo -al bebé, no al portero- y arriesgarte a iniciar la maniobra B de desenganche del sostén medieval blanco, o beige, en cualquier bar o espacio público, poco o nada habilitado al efecto y mostrar al mundo uno de tus senos, o dos. Pero vamos, que esto es como todo, es empezar y no parar. Al principio te escondes pudorosa en el baño y al tercer mes estás acodada en la barra tomándote una de gambas a la gabardina con el bebé lactante sujeto por el brazo libre que te deje el palillo.

Por lo demás, dejas de ser una sola persona. Ni Una, ni Grande (en el segundo embarazo pasas a la categoría de muy grande) ni Libre. De repente eres dos... o tres, si tienes en cuenta la sillita de paseo que no entra por ninguna puerta de dintel estándar y que incluso tiene vetada la entrada en los autobuses de la EMT. Dejarás de dormir de noche para andar todo el día dando cabezadas por esquinas y portales como si fueses narcoléptica y/o borracha e incluso te plantearás seriamente qué hacer con la cama, porque ni duermes ni haces absolutamente nada más en ella, así que bien podrías quemarla en el patio para calentar al vecindario, que no notarías su ausencia. También se te caerá el pelo. Mucho. Quizá no tanto como para hacerte un jersey pero sí lo suficiente para temer las consecuencias de una alopecia temprana en tus fotos de carnet.

En definitiva, no nos engañemos, estar de baja implica relajo, solaz y rascado de barriga...y nada más lejos. Algún día te levantarás con los ojos inyectados en sangre y te irás a la oficina en bata y sin duchar, a meterte en la primera reunión que pilles. Cualquier cosa con tal de salir a la calle sola y con ropa interior de persona. Pero no hay escapatoria, según cierres la puerta de la sala, estarás deseando volver a casa.

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