Todo hace pensar que pasar de 1 a 2 implica sumar 1 + 1. Tururú. Esto puede que siga siendo así en aquel libro de matemáticas lleno de fotos de buenorros que teníamos en BUP pero, en lo que a descendencia común se refiere, 1 + 1 = caos absoluto (entendiendo caos como la incapacidad del ser humano de atender a todos los eventos de un espacio concreto y en un instante determinado, teniendo que asumir los conceptos de azar e incertidumbre, en oposición al sentimiento natural que empuja a toda especie animal a buscar un cierto orden). Es vergonzoso que tu ginecólogo, ese ser todopoderoso que conoce aspectos y zonas de tu cuerpo que ni tú misma sabías que existían, sea incapaz de hacerte un power point con un par de gráficos para explicarte esto convenientemente tras la revisión del primer parto. Muy poco deontológico me parece.
Cierto es que el mayor cambio llega bajo el brazo del primer hijo, junto con el pan, pero entonces todo es taaaan bonito y taaaan novedoso que la abnegación puede más que el cansancio y en el fondo disfrutas jugando a ser supermamá, hasta que te luxas la primera vértebra. A partir de ese momento piensas que quizá sea necesario traje de superheroe para semejantes menesteres y, que hasta que Zara no lo incorpore a su colecciones, no habrá donde buscar. Asumes que eres imperfecta y que no lo puedes tener todo bajo control, entonces, y sólo entonces, decides ir a por el segundo. Bendita inocencia.
En el proceso te juras a ti misma que no volverás a caer en las adictivas garras de la sobreprotección filial ni cometerás aquellas tonterías de primeriza como probar seis veces la temperatura del biberón y del agua de la bañera antes de exponerlos directamente al cachorro. Por ello es que todos los hijos segundos vienen ya de serie con esófagos de platino y aletas de buzo para evitar la quemazón.
Recuerdo que cuando a Lamayor se le caía el chupete al suelo poníamos en práctica el Protocolo B antibacteriano, acordonábamos la zona y llamábamos a los swat. Lapequeña ha crecido rodeada de tantos virus que hasta se ha echado un amigovirus imaginario. Lo lleva todo el día posado sobre el hombro, le pone su ropa y comparten juegos y risas. Da gusto verles gritar al unísono, porque los hijos segundos siempre gritan más, pero por puro instinto de supervivencia, no por molestar. Si no se hacen notar intuyen, no sin ciertas pistas previas, que les dejarás olvidados en cualquier rincón mientras le atas la zapatilla a su hermano o le sacas la galleta del orificio de la nariz.
Lo más chisposo de todo es cuando ambas criaturitas entran en resonancia y complementación mutua: si una vomita, la otra vomita más; si una llora, la otra más; que una se cae al suelo, la otra se tira...es probable que termines como Nacho Cano sin teclados, con una mano en cada hijo, intentando solucionar cada desastre de forma independiente. Entonces tus dos hemisferios cerebrales entrarán en conflicto y te pondrás bizca, por experiencia lo digo, con riesgo de quedar así permanentemente si alguien no te golpea con suavidad cinco centímetros por encima de la nuca, o seis, dependiendo de la altura a la que lleves ese moño con alma de postizo, al que no peinas convenientemente desde que saliste del hospital con el segundo en brazos.
Cumpliendo el viejo refrán "de valientes están los hospitales llenos" tengo dos amigas esperando el tercero. Desconozco de dónde les viene la fuerza, pero quiero tres cajas de lo que se tomen... y el teléfono de quien se lo pasa.
martes, 27 de julio de 2010
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